Zapatos nuevos – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

He llegado hasta aquí calzando mis habituales zapatos. Esos que se han convertido en una parte tan importante de mí como la costumbre de morderme los labios o abrir las ventanas cuando llueve y tumbarme en el suelo junto al balcón para jugar con sus gotas.

No recuerdo el día exacto en que empezaron a cubrir mis pies, pero ahora no sé qué haría sin ellos. Son de piel y de un color negro muy elegante que nunca pasa de moda. No tienen adornos brillantes ni nada que modifique su sencillez convirtiéndolos en algo que llame fácilmente la atención. Me basta deslizar los pies dentro de ellos para que se amolden con suavidad y no precisan cremalleras ni cordones para acompañar mis pasos por muy dispares que estos sean o por muy cambiante que sea su ritmo. Conservan su forma inicial y desde el primer instante hicieron de la comodidad un adjetivo que complementa perfectamente al sujeto. Son versátiles, tanto el color como la forma permiten lucir de modo desenfadado con unos vaqueros y, a la vez, dotar de seriedad a un traje de pantalón. También combinan con la elegancia de un vestido con vuelo y no le restan ni un ápice de morbo a mi vestido rojo ceñido y de generoso escote.

Adoro mover los dedos dentro de ellos. Lo hago de manera inconsciente, como ahora mismo que, al bajar la vista, me he vuelto a sorprender rozando las puntas de mis dedos con su piel. Sonrío ante mi gesto un tanto infantil y alzo la mirada para observar todo lo que ocurre a mi alrededor, aunque no necesito mirar para que el olor a palomitas recién hechas me indique que la entrada al cine está cerca. Frente a mí, una pareja de amigos desvela su amor con cada liviano roce de dedos al pasar las hojas del libro que están compartiendo. Tras ellos, un chico mira hacia los lados buscando a alguien que por su gesto de tristeza repentino parece encontrar, por fin, en su teléfono móvil. En la cafetería unas madres hablan amigablemente, mientras sus hijos juegan en el espacio habilitado para ello bajo su atenta mirada. Del interior de la cafetería sale un señor mayor que luce orgulloso su artificial sonrisa y, tras él, una mujer cuyo rostro cansado centra toda mi atención. Sigo su recorrido sin apartar la vista de cada una de sus arrugas y, al darse cuenta de que la observo, me sonríe en el preciso instante en que pasa por delante de una zapatería. Le devuelvo la sonrisa y ella sigue su camino sin la compañía de mi mirada, tan curiosa como admirada, que se queda inmóvil totalmente abducida por el escaparate del establecimiento. Son preciosos, realmente hermosos. Parecen colocados en el centro de manera estratégica solo para que mis ojos los vean, aunque no se diferencian mucho en forma ni color con los zapatos que los rodean. Me llama la atención su color rojo intenso y no puedo evitar mirar mis zapatos de un color que ahora me parece serio. Son totalmente distintos. Vuelvo la mirada al escaparate para fijarme en la altura de sus tacones. Deben sobrepasar los 12 cm y su forma cuadrada me transmite sensación de firmeza, pese a su altura. Deslizo mi mirada desde los talones de los zapatos hasta su punta de forma redondeada y, desde ella, empiezo mi recorrido por el empeine, donde unos ojetes de metal dorado hacen a la vez de cuidador y carcelero de unos cordones tan rojos como los zapatos. Pese a no gustarme los números pares, la belleza de la combinación de rojo y oro hace que no me importe en absoluto que la suma de sus dos lados dé dieciséis como resultado.

Mis dedos de los pies vuelven a acariciar la piel de mis zapatos negros y, al mirarlos, me pregunto cómo sería el tacto desde dentro de esos preciosos zapatos rojos.
¿Será suave? Esa sencilla pregunta da lugar a muchas otras en mi cabeza.
¿Esos zapatos serán cómodos? Estoy acostumbrada a caminar con mis zapatos planos y no sé si mi habitual torpeza será capaz de domar la altura de esos tacones tan seductores.
¿Harán rozaduras en mis talones? Miro mis pies y recuerdo que con mis zapatos no sufrí esa molestia y no necesité usar el conocido truco, que pasa de boca en boca, de ponerle crema hidratante antes de ponérmelos. Tampoco necesité recurrir a un alma solidaria de pie más grande que el mío para que diera de sí la rígida textura de piel ni poner algodones en los dedos para que no se irritase la punta de mis pies.
¿Será difícil combinarlos con mi ropa? Mis vaqueros son ceñidos y los zapatos enmarcan mis estilizadas piernas al juntarse con ellos un poco más arriba de mis tobillos. Los trajes negros de pantalón y chaqueta, combinados con el rojo de los zapatos, darán a mi aspecto serio un toque de atrevimiento. Los vestidos ceñidos que tanto adoro lucirán más sensuales gracias a la curva que la altura de los tacones formará entre mi espalda y mi culo.
¿Debería comprarlos? Siempre he sido conservadora a la hora de gastar dinero en cosas que no son necesarias, pero también es cierto que hace mucho tiempo que no me permito un capricho…
¿Si los compro que hago con mis zapatos viejos? Al tener zapatos nuevos quizá debería guardarlos en una caja por si algún día me hicieran falta o, tal vez, debería tirarlos y hacer del sonido de sus tacones la música de mis pasos.
¿Me acostumbraré a ellos? Siempre me ha dado miedo enfrentarme a nuevos proyectos o situaciones y me pregunto si tardaré en acostumbrarme a algo tan diferente a lo que estoy acostumbrada y si la incomodidad inicial hará que eche de menos mis antiguos zapatos. Quizá se dé la situación contraria y me acomode tan rápidamente a mis nuevas huellas que no recuerde siquiera qué calzaba antes.

De manera inconsciente, y mientras mi cabeza no deja de hacerse preguntas, me he levantado del banco en el que estaba sentada y mis viejos zapatos negros me acompañan en el que quizá sea nuestro último viaje juntos. Los miro mientras camino y descubro de nuevo la elegancia de su color oscuro. Mis pasos no suenan y eso hace que piense en cuánto valoro pasar por la vida de manera discreta y lo que ayuda a conseguirlo que incluso mis zapatos prescindan de innecesarios abalorios. Ahora, mientras me dirijo hacia la zapatería, me doy cuenta de la suave comodidad de mis zapatos y de lo bonita que me parece la curvatura desnuda de mi empeine. La absurda idea de la traición pasa por mi cabeza así de repente, como si el mero hecho de cambiar de zapatos supusiera una traición a todo lo compartido con mis zapatos negros, una absurda infidelidad a cada paso que di en su compañía.

– Por favor, ¿puede darme dinero para un bocadillo?

La voz proviene de mi lado derecho y, al mirar, me encuentro con un hombre no mucho mayor que yo que alarga su mano hacia mí para recibir lo que ha pedido y rebusco en mis bolsillos para darle la ayuda solicitada. Tras su gracias va mi de nada y después el intercambio de dos tímidas sonrisas de despedida antes de mirar de nuevo al frente y darme cuenta de que sigo sentada en el banco, que no me he movido. Me quedo desconcertada y mis ojos no encuentran la zapatería, ya que, en su lugar, las ofertas de móviles y tarifas llenan lo que antes construía mi roja fantasía. Miro hacia mis pies y ellos siguen ahí, tan negros y cómodos como siempre, haciéndome entender que solo soy una chica asustada divagando, de manera inconsciente, sobre cosas importantes de mi vida, aterrorizada dudando entre si es mejor la comodidad de unos zapatos negros o la ilusión de unos soñados zapatos de tacón rojo.

 

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