Ya no llueve como antes – @dtrejoz

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Todo empezaría con la muerte…   Me explico.

El otro día estaba en el sofá de mi casa, dejándome llevar por cierta actividad sin ningún provecho, cada vez es menos el tiempo que puedo desperdiciar así, pero de alguna forma uno siempre termina abriendo el Facebook, aunque sea por la inercia del “revisar para ver qué hay de nuevo”, por puro ocio.

Pues bien, ese día me topé con algo interesante. Ya al inicio les dije que todo empezaría con la muerte. No sé si a ustedes también les pasa como a mí, pero cuando en ocasiones me dejo llevar por los pensamientos, imaginando cómo serán mis últimos años, ese periodo de vejez, ese tiempo de la vida que llaman edad dorada, ­se supone que deben ser días de sosiego y paz, de disfrutar tiempo con los hijos y nietos, en fin, cuando pienso en esas cosas termino pensando que uno no es eterno y que tarde o temprano se tiene que morir…y no me gusta, detalles míos.

El caso es que me encontré un video que me hizo pensar en el momento de morir sin entrar en pánico, sin sentir escalofríos, una forma de vivir después de morir que contagia de esperanza, morir y seguir viviendo, no en el sentido de vivir eternamente, no, sino en el sentido de morir y seguir siendo útil para la familia, para la gente, para el planeta… permítanme contarles.

Resulta que están madurando una idea súper romántica (sin desmeritar el ingenio de sus creadores) me refiero a una máquina que hará pasar nuestros cuerpos por una serie de procesos químicos y demás, logrando convertir lo que queda de nosotros al morir en una materia que al ser sembrada, hará crecer un árbol de fuerte tronco y largas ramas, de sombra fresca y de historia antigua, un árbol con un pasado para recordar, con un futuro tránsito entre las estaciones que lo harán sentirse vivo y apreciado, sin lugar para caer en la rutina de una vida sin propósito, ni en el frío olvido y la soledad de una lápida con azulejos blancos y una cruz con algún epitafio pomposo y rebuscado, sin olvidar el florero y las flores secas.

Luego de ver el video y analizar por unos segundos la propuesta, una serie de aspectos positivos empezaron a hacerme ver la belleza de esta iniciativa, el cambio que traería para todos, la oportunidad que representaría para un planeta que está harto de soldados y de guerras, que implora por más árboles, por más ríos, por más dióxido de carbono, por más pulmones a cielo abierto, el consuelo que traería para los familiares del fallecido, porque poniéndome en ese hipotético lugar, entre lo traumático y doloroso que resulta el proceso de ir a recoger el cuerpo de un familiar a la morgue, la noche en vela recordando con los allegados cada momento e historia que tengamos en común, la agonía de la procesión iglesia-cementerio, esos pasos que nadie quiere dar porque serán los últimos que daremos a su lado.

Luego el horror de la última despedida. Se abre por unos minutos el visor de cristal del ataúd para que todos pasen a dar el adiós definitivo… ¡cuanto dolor!

Las escenas que quedan en la retina son realmente desgarradoras, madres que claman por sus hijos, hombres y mujeres que desfallecen, pidiendo entre gritos una explicación al cielo, que alguien les devuelva a sus padres, a sus hermanos, a sus maridos y esposas… miradas que claman por justicia y compasión, hasta hay quien cree que Dios lo ha abandonado.

Y luego la otra cara de esa moneda, la que propone el invento del que les hablaba. Primero hay que apartar el hecho de que igual va a doler perder a un ser querido, eso es inevitable. Pero se puede cambiar todo ese proceso traumático de dolor y recuerdos tristes que acabo de enumerar, porque en lugar de todo ese largo camino de tortura desde que recogemos el cuerpo y hasta que lo enterramos, tendríamos un sistema que se haría cargo de los cuerpos, procesándolos debidamente y convirtiéndolos en una materia lista para ser sembrada, en lugar de visitar un frío cementerio para dejar a nuestros seres queridos en soledad, haríamos una excursión al prado para sembrar un árbol, habrían bosques completos creciendo por todas partes, árboles que llenarían de vida el planeta, llenando de frescura la atmósfera y de segundas oportunidades las vidas de los que mueran. Imaginen lo bonito que sería disminuir los cementerios, esos lugares tan llenos de dolor y lágrimas, y en su lugar empezar a encontrar el nacimiento de nuevos árboles, imaginen qué bonito sería poder decir: allá donde ves aquel pequeño bosque, ahí está mi abuelito y mi abuelita, erigiéndose imponentes, quizás floreciendo en primavera, o bien, llenando de hojas, en otoño, la pradera.

Y entonces una idea me dejó completamente absorto. Imaginé mi muerte, mi hora final, considerando que llegue a tener una muerte bonita, sin accidentes violentos, morir de viejo en total armonía, apaciblemente, simplemente quedarme dormido alguna tarde de verano, de azules tendidos al viento, de ocasos heridos de luz. Entonces tendría la osadía de dejar mi último deseo escrito y firmado estando en mis cinco sentidos, porque lo mío es hacer las mismas cosas pero de forma diferente, lo mío es salirme del renglón, es no hacer cosas normales pudiendo hacer algo mejor. Así que lo decidí…quiero que al morir procesen mi cuerpo y me siembren frente a mi casa, en el pequeño espacio que tenemos de jardín, junto a las rosas que sembró mi mujer cuando mis hijos aun no caminaban, entre la baranda de pino y las orquídeas, cerca de la plantita de  berenjenas, ahí, entre el zacate chino que parece alfombra, ahí quiero que me siembren, escrito está.

Todo se hizo posible. Imaginé la sombra que podré darle a mis niños, a mis hijos y a los hijos de mis hijos, imaginé lo que será escucharlos reír mientras se mecen en una rústica hamaca que cuelgue de alguna de mis ramas, los “picnic” que podrán disfrutar junto a mi tronco, siestas de media tarde recostados en el zacate mientras el viento mueve mis ramas y la música de mis hojas fluya inundando todo el jardín, logrando un efecto tranquilizante, llenando de sueño sus ojitos, durmiendo todos juntos a mi vera, y yo imponente, sirviéndoles de refugio. Sí… quiero ser un árbol y vivir de pie, y coleccionar otoños y primaveras, disfrutar del agua cuando vengan a regar mis raíces, dejar caer mis hojas cuando jueguen a mi lado, como llenando de cariños sus cabellos. Quiero ser un árbol y apuntar al cielo, quiero ser un árbol y no alejarme de mi cielo, de ella, de la mujer que tanto amor me dio, de la madre de mis hijos, de su miradita lenta a medio suspirar, como cuando se despierta luego de la siesta y me busca desde el rincón para decirme que me ama, y que jamás en la vida pudo imaginarse tan feliz, quiero ser un árbol, y que me abraces  –mi amor– como si abrazaras un libro en mi corteza.

Y reí.

Porque justo empezaba a caer la noche sobre el tejado, cuando también se dejó caer la lluvia. Y entonces tuve que pensar como un árbol, tuve que imaginar cómo serán las noches desde afuera, las habrá de luna, las habrá de frío, las habrá de viento y las habrá de lluvia, y pensé que cuando sea árbol en una noche fría de viento, con luna llena y fuerte lluvia, veré desde afuera a mi mujer y a mis hijos felices dentro de la casa, con unas tazas humeantes en sus manos, tomando un chocolate y asomándose a la ventana para ver llover sobre mis ramas, y definitivamente tendré que recordar cuando era hombre y veía la lluvia caer desde adentro del cristal, desde el otro lado de esa ventana, como cuando llueve tan triste que parece que le han roto el corazón al cielo, y concluí que cuando sea árbol y todo eso suceda, de seguro voy a tener que pensar que ya no llueve como antes.

 

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