Ya es tarde – @dtrejoz

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El escalofriante chirrido que producen las llantas de un automóvil al deslizarse violentamente sobre el asfalto producto de un frenazo repentino, se dejó escuchar por toda la alameda cruzando el cielo de norte a sur, atravesó las celosías entreabiertas del vecindario y se instaló a modo de una sensación de miedo en el corazón de todos. Las premoniciones tienen esa forma espontánea y perversa de aparecerse, sin invitación y sin piedad, así son ellas.
En el apartamento 217 B del condominio Los Laureles, Max Peralta dio un vistazo al reloj de pared de borde gris y perillas plateadas que colgaba sobre el sofá de color caoba y bordes oscuros de madera, 12:17 pm, este es el día y se acerca la hora de la verdad.
Max hizo un repaso mental de su itinerario, el viaje al aeropuerto le tomaría treinta minutos en hora pico, así que estaba con tiempo de sobra para alcanzar el vuelo de las 2:00 pm, su vuelo.
Mientras cerraba el zipper de su maleta escuchó el timbre de su puerta, frunció el ceño medio sorprendido, porque de todas las veces que alguien hubiera podido tocar a su puerta, este era el momento menos indicado. Abrió la puerta algo incrédulo y se encontró después de 9 años con Dayana Céspedes, la morena de ojos de miel que fue su compañera de cursos universitarios aunque nunca cruzaron más de dos o tres palabras, incluyendo el “buenos días”.
—Hola! dijeron ambos, casi simultáneamente, y como si eso hubiera sido algún conjuro, comenzó a llover.
Luego de algunas impresiones iniciales, Dayana le explicó a Max que había perdido su teléfono y que necesitaba llamar un taxi para llegar a un compromiso que tenía a las 2 de la tarde en el aeropuerto, a lo que Max respondió con mucha sorpresa que ese era su rumbo y que estaba a punto de salir justo cuando ella tocó a su puerta, así que no sería problema llevarla y poder conversar un poco más en el trayecto. Eran las 12:23 pm, y una banda de hombres encapuchados tomaba por asalto el Banco Central de las garantías, tomando a casi 50 personas como rehenes y sembrando el pánico en todo el sector de la circunvalación, desde el parque de los Ángeles y hasta los quioscos de dulces de la avenida tercera, llovía ahora a raudales y el caos se apoderó de la rutina.

11:32 am, ciudadela Don Bosco, a 25 kilómetros del condominio Los Laureles. Dayana termina de alistarse y se despide con una voz chillona de su pajarito verde, le deja unas semillas para que no pase hambre y le cambia el agua al recipiente de la jaula, le promete regresar por la mañana y le besa dulcemente en el copete.
Dayana toma rumbo norte, sobre calle Iscatzu, con un sueño de tanto tiempo a punto de hacerse realidad. Dobló en la esquina del Bodegón y siguió derecho rumbo oeste por la General Cañas, eran las 12:15 cuando se encontraba haciendo el alto en el semáforo de la Giralda.
La luz verde del semáforo le abrió el camino de par en par. Dayana giró levemente a la derecha para tomar el atajo de la Ciudadela Los Laureles, pero al llegar al puente sobre el río Savegre aceleró un poco para ganar el “Ceda”, y un perro de esos que parecen chanchitos se le cruzó sin ningún aviso y sin ninguna prisa. Perros de barrio que no respetan las calles. Dayana hundió el pie en el freno y tiró violentamente del volante, dejó una marca en el pavimento de unos 25 metros y el viejo Suzuki que conducía fue a estrellarse contra el poste de tendido eléctrico que está a la entrada del puente, el cinturón de seguridad la salvó de golpearse, pero su teléfono celular voló desde el asiento y se estrelló contra el interior del auto, quebrándose la pantalla en mil pedazos multicolores. Eran las 12:17 cuando Dayana bajó del auto, observó al perro que se alejaba sin ningún rasguño y se dirigió a la primera casa de la alameda de la Ciudadela Los Laureles, luego de unos segundos la puerta se abrió y de su interior emergió un rostro conocido, era Max Peralta, un excompañero de algunos cursos de la universidad, a quien no veía desde hace unos 8 o 9 años, y con quien si acaso solo cruzaba dos o tres palabras cuando se veían, incluyendo los buenos días.
—Hola! dijeron ambos casi simultáneamente…y comenzó a llover.
12:38 pm. Max y Dayana salen de la Ciudadela Los Laureles a bordo de un Toyota Tercel del 2003, al girar a la izquierda en la intersección, Max logra visualizar el Suzuki estrellado contra el poste del tendido eléctrico y rápidamente comenta: entonces eso fue lo que sucedió… a lo que Dayana agrega: sí, fue culpa de un perro que parecía un chanchito, y Max se quedó inmerso en el comentario y no hizo más preguntas.
La lluvia era incesante. Poco a poco la calle se fue llenando de carros, todas las rutas de salida estaban colapsadas, un asalto con toma de rehenes había sacado a toda la ciudad de la rutina, sobre todo a los miembros del cuerpo de policía, que normalmente a esa hora tomaban el almuerzo en alguna sodita de la periferia. Las sirenas se oían cada vez más cerca. Bomberos y Cruz rojistas coincidían en las salidas de la circunvalación, retenes por doquier, y el tiempo en fuga.
1:33 pm. Otra corazonada agitó la tensa calma que se vivía en el interior del Tercel. Max le comentó a Dayana la importancia de llegar al aeropuerto antes de las 2, le explicó que tenía una cita de trabajo en una compañía que está al otro lado del país y que si no tomaba ese avión perdería una entrevista de trabajo que había estado esperando desde hace mucho tiempo: toda una vida, para ser exacto.
Los minutos se sucedieron, uno tras otro, tras otro, tras otro, esas cosas que tiene el tiempo. Fueron las dos de la tarde y los dos llegaron a tiempo, a tiempo para ver como el avión de LACSA subía el tren de aterrizaje mientras se alejaba en el espacio aéreo, dejando a Max en tierra, perdiendo su sueño de llegar a la entrevista que tanto había esperado, llegaron a tiempo para ver por una de las pantallas del aeropuerto el momento del desenlace del asalto bancario, a tiempo para ver a los miembros del OIJ y de la policía de choque ingresando al banco y armando un tiroteo de enormes proporciones, tres asaltantes fueron capturados en el banco y otro se dio a la fuga en una motocicleta, salió por el parqueo del sótano del edificio y también para eso llegaron a tiempo, para seguir con atención la persecución policial, mientras la televisión presentaba la premisa siguiendo desde un helicóptero al temerario encapuchado.
25 minutos duró la fuga. El motorizado se estrelló contra un Suzuki que había chocado a las 12:17 contra un poste del tendido eléctrico en la primera entrada de la Ciudadela Los Laureles, Max y Dayana se miraron extrañados y se rieron sorprendidos.
—¿Qué tenías qué hacer? Preguntó Max, con cierto aire de resignación, mientras se sentaban en la barra de uno de los lujosos bares del aeropuerto.
—Nada del otro mundo, respondió Dayana, mientras se soltaba el cabello y lo dejaba moverse libre, como tomando el control del universo, y prosiguió. Esta mañana me levanté con la convicción de que estaría esta tarde en una entrevista de trabajo, iba a tomar el mismo vuelo que ibas a tomar tú, iba a una entrevista de trabajo al mismo lugar donde ibas tú. Por esas cosas del azar o de quien sea, me estrellé con mi Suzuki justo en el puente que está frente a la entrada del residencial donde vives tú, y al intentar conseguir un teléfono para llamar un taxi, me abres la puerta tú, un excompañero de universidad con el que apenas crucé un par de palabras en nuestro tiempo de universitarios, y quien hoy sería mi rival en la búsqueda de obtener un puesto en la misma compañía al otro lado del país. ¿Cómo le podemos llamar a todo esto?
En ese momento en la televisión pasaban una entrevista con una testigo que vio el momento en que el motociclista chocó con el Suzuki… “yo lo vi todo, el motociclista venía huyendo de la policía, y al llegar al puente un perrito que parece un chanchito cruzó la calle y el tipo por querer evitar chocar con el perro se estrelló con ese carro que chocó también ahí hace unas horas y nadie sabe qué pasó con el dueño, al parecer la policía también lo anda buscando”
Ya es tarde, afirmó Dayana, pensando en lo largo que había sido el día y en todos los hechos extraordinarios que los habían llevado a estar ahora mismo frente a frente tomando un coctel en un bar del aeropuerto sin haber planeado nunca ese destino.
Max la miró con la inspiración y el brillo en los ojos de quien ve una oportunidad aparecer frente a sus ojos, con la certeza de quien ve abrirse una puerta donde antes habían cerrojos, con la sensación de que la eternidad se le estaba insinuando a quema ropa desde el brillo y el movimiento del cabello de Dayana mecido al viento, y le dijo:
Siento que siempre he llegado tarde a todos lados, he sido una colección de ausencias y destiempos, soy la viva representación de la impuntualidad, pero de algo estoy seguro, Dayana, nada de lo que ha pasado hoy es obra del azar, nada es fortuito, nada de esto puede ser casualidad, yo digo que todo esto es cosa del destino. Y si antes hemos tenido que llegar tarde a todos lados será porque ahora estamos llegando con certeza al cumplimiento de nuestro tiempo establecido, siento que estoy llegando a tiempo a esta parte de mi vida y por más que suene agresivo, es la parte de mi vida que comparto contigo.
Dayana miró fijamente a Max mientras atendía en silencio cada una de sus palabras, y en un arrebato de dulzura mitad magia y mitad truco, le sonrió sin darle tregua ni respiro, mientras le señalaba al perro que parece un chanchito, que estaba siendo presentado por el reportero de las noticias en la tv.

 

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