Y tú, ¿qué miras? – @Ordinarylives

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Sentado en la última mesa de un bar del que no recuerdo el nombre la vi entrar, de taconeo seguro, de movimientos suaves y con una media sonrisa en el rostro que me robó el alma a la primera. Ni siquiera tuvo que venir a visitarme el Diablo para que firmara un papel, supe aquel puto instante que ya estaba condenado a perder, a perderla, a perderme, a perdernos de verdad. Más de una vez, más de dos, incluso más de tres.

La cerveza apenas duró un minuto entre mis manos y tuve que pedir otra. Y otra. Y dejar que la cebada y el alcohol me quitaran la vergüenza y me incendiaran las ganas. Sin dejar de mirarla, sin poder separar la vista de ella mientras servía las copas, mientras limpiaba la barra, mientras hablaba gritando entre la música y las conversaciones de bar de mala muerte, que siempre son a gritos.

El rock del Extremo de los noventa sonando con ganas entre las paredes negras del tugurio, los ojos claros de ella brillando apenas en la penumbra de entre los vasos y las botellas de vodka y whisky a medio vaciar. Poquito a poco me voy royendo el corazón sin poder dejar de pensar en lo que haría si supiera que ella saldría del local conmigo de la mano, o mordiendo mi boca. Sin poder dejar de imaginar en cómo sería ver su cuerpo en la penumbra de mi cama, acariciar su piel con los ojos cerrados, dejar que las horas pasaran entre sus piernas como si no hubiera prisa ni alarmas en los relojes. Sin poder dejar de reprimir las ganas de levantarme y hablar con ella, sonreír como el imbécil que soy, pagar las cervezas, y observarla de cerca tambaleándome frente a su mirada.

Me mantuve allí, sentado, sin moverme de la mesa, bebiendo una cerveza tras otra como si después de aquella noche la vida fuera a importarme una mierda. Los sueños son armas peligrosas, que vuelan rápido, que no se pueden controlar, que vienen desde ese fondo desconocido que todos tenemos en nuestra cabeza.

Cuando el local se vació y sólo quedaba mi mesa ocupada se acercó a mí, y dijo lo único que se le puede decir puto borracho del fondo del local:

―Y tú, ¿qué miras?

 ―Sólo podría mirarte a ti.

Y no sé si fueron las horas, que no tenía nada que hacer o que de verdad le gustaron mis palabras, pero no nos hizo falta salir del bar para probarnos la piel y bebernos el sudor encima de una mesa, tirando los botellines de cerveza por el suelo. Y me salvó de pegarme un tiro en la sien en medio de la calle, me salvó de mirar por última vez el cielo sin estrellas de Ciutat Vella, me salvó de querer drogarme cada noche en cualquier parte, de respirar por inercia, de romperme las costillas en una pelea, de dejar pasear en bici por el Cabanyal, de no beber más dobles de cerveza por ochenta céntimos, de arañarme los puños contra una pared mal pintada.

Mirarla me salvó una vez, y doy las gracias, doy las gracias a que pasara por mi vida como una estrella fugaz, dejándolo todo en llamas para escapar después, para huir del amor, de la carne y de todas mis cicatrices descosidas.

Mirarla me salvó una vez. Ojalá, ahora, te salve a ti también.

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