¿Y si…? – @alosqueladran

Javier Esteban @alosqueladran, krakens y sirenas, Perspectivas

Lo posible duele. Sé que voy en contra de lo que te han dicho todos los gurús, coaches y buenistas de la Tierra. Sé que soy una blasfemia. Pero yo también he vivido, aunque no lo creas, aunque parezca que tan sólo tú y tu pequeña burbuja transcurren y el resto somos como el decorado estático pintado sobre una gran trasera de lona que un viejo tramoyista montado en un artefacto enorme con pedales, hace moverse entre las escenas. No, no sé como se llama exactamente. No te pongas a la defensiva. No te estoy haciendo un reproche, todo el mundo funciona así, incluido yo. No eres especial ni en eso.

Oh. Lo siento. No era un reproche personal. No me malinterpretes: nadie lo es, especial. Será que a mí me lo dejaron más claro.

Objetarás que no te conozco. En realidad, no. ¿Quién eres? ¿O quiénes? ¿Te he visto alguna vez? ¿Te veré? ¿Importa? Apenas tuvimos o tendremos un puñado de conversaciones, sólo la primera de ellas la recuerdo, recordaré, como un diálogo propiamente dicho, yo te conté mi vida, tú me contaste la tuya. El resto, la vergüenza de la imagen distorsionada de nosotros mismos. Y ya. Esta es la historia. No te conozco. Ni te conoceré. Pero me conozco a mí, conozco las historias dentro de mi cabeza.

Sobre todo es que me aburro. Voy en el metro y la gente leyendo en sus pantallas, sonriendo, escribiendo palabras y palabras y palabras que llenan el mundo hasta destruirlo, como en aquel cuento de Cortázar. ¿Lo conoces? Si todo el mundo fuera escritor al planeta lo aplastaría el stock de libros no leídos. Pero claro, eso fue escrito cuando el papel significaba la frontera. Aún hay gente que sólo te llamará escritor cuando vea tu nombre antecediendo un manojo de folios encuadernado por medios industriales y, sobre todo, sancionados por ojos y propiedad ajena a la tuya. Pero esa gente es tu familia y tus amigos, los que te conocemos. Al resto podrías engañarles hasta con un blog.

Siempre te dicen «sé amable». Pero no por amabilidad, es por si acaso. Porque la vida da muchas vueltas. Como cuando alguien te rechaza, me refiero en términos sexuales, y tú intentas mantener una relación cordial como si tal cosa porque está mal hacer lo contrario, no lo voy a discutir, pero tampoco funciona y eso se acaba enquistando y no hace falta que te diga cómo acaba porque lleva acabando así desde que tienes quince años y lo sabes.

Lo que sí que te diré es por qué: porque todo lo alienta ese puñetero «¿y si…?» que significa que a lo mejor cambian las tornas y las excusas que te han puesto, esas que no hace falta que te enumere, son reales y como biombos japoneses que se pueden rasgar con tu sonrisa y tu «sé tú mismo o misma». Y tú mismo o misma sólo estás sublimando las simples ganas de follar y no tienes el valor para decirte esto —así que lo hago yo— y darte media vuelta y desaparecer todo lo posible hasta que el calentón se pase y las posibilidades se quemen como celuloide en el viejo cine dentro de tu cabeza.

Esto es lo que va a pasar de una u otra forma. Gilipollas.

Sé que esto es lo contrario de lo que te dirán las buenas personas. Los gurús, los coach, los paridores de frases con las que adornar las tazas motivacionales. Pero las buenas personas deberían poner en práctica lo que predican en lugar de infectar con mierda la cabeza del resto. Para variar. Muchas veces uno es más feliz cuando ya todo ha salido mal.

 

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