Vivir es un regalo – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

El invierno llega a su ocaso, regalando el frío que aún le queda y sabiendo que la primavera se acerca y supondrá su sueño, hasta que el ciclo de la vida le devuelva el reinado a las noches frías y los días que apuran las horas de luz.

Me gusta la rutina, casi tanto como esos gestos y decisiones que rompen con ella. Esos pequeños o grandes cambios que hacen de un día que crees ya vivido, por repetido, una novedad. Me gusta observar. Desde que apenas levantaba un palmo del suelo aprendí que observando es como nos hacemos sabios.

Eso hago cada día. Observar en este precioso parque en mitad de la ciudad que supone, para cualquiera que sepa apreciarlo, un soplo de aire fresco, un remanso de tranquilidad y sosiego que suponen esos minutos de paz, alejado de todo el ruido y el bullicio de la ciudad. Observando he llegado a conocer a mucha gente, sin intercambiar con ellas ni una sola palabra o gesto de complicidad. Puedo decir, sin posibilidad de error, si han tenido un buen día, si algo les preocupa o si necesitan más la soledad que compañía.

Son las 11:11 y en breves instantes aparecerá por la puerta norte del parque Ana y su melena rojo fuego ondeará al viento, como si de una bandera en su atalaya se tratara. Siempre camina distraída y sus manos parecen encarceladas en los bolsillos de sus pantalones vaqueros, raídos por el tiempo que hace que los viste, el uso y el exceso de limpieza. Apenas levanta la vista del suelo y parece más concentrada en comprobar que sus pies pisan suelo firme que en controlar hacia dónde vuela su cabeza. Por su enorme bolso asoman un cuaderno y unos pinceles que, junto a su collar y sus pendientes de artesanía, me hacen pensar que estudia bellas artes y esconde sus manos para protegerlas en caso de caída prefiriendo dañar, antes que a ellas, su sentido del ridículo y sus rodillas.

Adoro la melodía de la risa de María. Tiene unos 5 años y su tez blanca y su pelo rizado hacen de su rostro algo angelical, que se contradice con sus travesuras. Siempre corriendo, riendo y saltando, mientras su madre la persigue por el parque repitiendo su nombre hasta agotarse. Los ojos verdes de Lucía siempre van acompañados del color malva de sus permanentes ojeras y su descuidado aspecto deja claro que ser madre le roba la mayor parte de su tiempo.

Salvador nunca suelta el teléfono móvil. Camina con él pegado a las manos y siempre ocupa el mismo asiento del parque, aunque esté ocupado y tenga que compartirlo con algún extraño. No levanta la vista de su iPhone, sin saber apreciar las obras de arte que la naturaleza le regala en las ondas que forma la brisa al acariciar el agua del pequeño estanque. Tal como llega se va, ajeno a todo lo que no provenga de la pantalla.

Eva y Arturo caminan cogidos de la mano, retando con su firmeza al paso de los años. Eva debió ser una mujer preciosa, aún lo es, aunque calculo que ya sobrepasa los 80 años. Camina de manera liviana, con la delicadeza de una bailarina, y sus pies parecen no tocar el suelo mientras su cabeza luce altiva, sin presencia alguna de prepotencia en sus gestos. Siempre lleva un pañuelo anudado al cuello, símbolo de su coquetería, y al pasar frente a mí lo llena todo de olor a canela y vainilla. Arturo es alto y robusto. La postura que adoptan sus manos y pies al detenerse dejan en evidencia que ha servido en el frente. Su porte señorial no precisa de medallas para desvelar su condición de general y las arrugas de su rostro le han ganado la batalla a las de las comisuras de sus labios; y me entristezco al comprobar que ha reído una vez, por cada mil llantos.

Judith y sus pequeños pasos de geisha se acercan a mí. Va cantando, como siempre, en un pésimo inglés, pero con una envidiable coreografía de sus manos. Me gusta seguir su figura hasta que abandona el parque y su lengua burlona no duda en saludar a cualquiera que pretenda hacer una mofa de sus andares de baile. Sabe que la miran, pero no le importa. Hace mucho tiempo que decidió que la vida era demasiado seria como para no tomársela a broma.

Pablo espera a Laia, como cada día y a la misma hora, sentado en el banco frente al bonito manto de margaritas, rosas y amapolas. Se conocieron de casualidad, por un tropiezo, y desde ese día han convertido en costumbre sus mágicos encuentros. Su timidez se transformó en complicidad a la tercera charla y sus dedos se rozaron por primera vez al compartir un café caliente en un vaso de cartón, nada romántico, de una conocida marca. Las tardes entre ellos parecen detener el tiempo y sus rostros entristecen cuando, al caer la tarde, ambos recuerdan que sus pasos han de caminar en direcciones diferentes. Laia hoy está especialmente hermosa. Ha trenzado su pelo y sus mejillas no han precisado de maquillaje para tener el tono rosado que combina a la perfección con el brillo de sus labios. Camina decidida, con la vista fija en los ojos de Pablo, y la manera en que la miran hace ver que no existe nada más alrededor. Un abrazo, dos besos, sus dedos cruzados y toman asiento. Las risas entre palabras parecen ser parte del juego de caricias sin necesidad de gestos, los latidos de sus corazones se van normalizando tras el encuentro y los minutos pasan lentos, envidiando a los amantes y lo mágico de su sentimiento. El silencio parece apoderarse, de repente, de ellos y Pablo me mira fijamente, mientras un pensamiento dibuja en su rostro una sonrisa pícara, similar a las de María cuando prepara sus diabluras. Le susurra algo al oído a Laia, que también me mira y, tras cogerse de la mano y ponerse en pie, dirigen sus pasos hacia mí hechizándome con la luz de sus ojos y sus sonrisas. Se detienen frente a mí y comprendo que, por fin, ha llegado su momento. Pablo saca de su bolsillo trasero una pequeña navaja y mira a Laia, que le devuelve el gesto en señal de acuerdo, a la vez que alarga su brazo para rozar mi tronco. Sus manos son suaves y sus delicados dedos pasean seguros por cada uno de los nombres que otros amantes escribieron antes que ellos. Noto el dolor, es intenso. El trazo firme de Pablo ha grabado en mi corteza su nombre y el de ella, rodeados de un corazón y acompañados de una fecha, 2-3-2016, como promesa eterna. Me gustan sus rostros tan felices y, mirándoles, recuerdo que, una vez más, mi larga edad y el paso de los años me han hecho cómplice y testigo de la existencia de personas que me demuestran que vivir es un regalo, aunque algunas no sepan apreciarlo. Sus dedos, esta vez unidos, rozan el corazón que el filo de la navaja ha esculpido y calman, así, el dolor de una herida que ellos no saben que en mí han producido.

Se besan, y aferrados de la mano se alejan, y yo, un anciano roble centenario, les veo marchar enamorados y me quedo allí, en ese parque, acompañado de la música que compone el viento acariciando mis hojas, con la felicidad de ser un sabio lienzo que atesora historias.

 

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