Vicios compartidos – @reinaamora

Reinamora @reinaamora, krakens y sirenas, Perspectivas 0 Comments

A estas alturas de la vida no quedan ningún suelo en el que caerse. Demasiados golpes han hecho el cuerpo una cicatriz andante, esperando la próxima herida que se acumule o que mate. Divierte ver cada nuevo amanecer sabiendo que puede ser el último. 

Y en vez de un golpe los dioses le envían un nombre de mujer.

Su nombre.

Ya no recuerdo la última vez que su recuerdo dejó paso al tacto, llenando el ambiente con su perfume en vez de una nostalgia que nunca se apagó. ¿Por qué aparece cuando sólo esperaba un nuevo corte en el alma? Tal vez era el corte que necesitaba. ¿Por qué no? Más daño no podía hacer.

La terraza estaba al sol, pero hacía frío.
El frío, ayuda a pensar. Son demasiados años sin saber dónde caer. Caer, porque andar es un concepto extraño para los lobos solitarios. Hace mucho que dejó de odiarse. La mirada perdida ayuda en la espera, no sabía quién estaría delante ¿La niña caprichosa y asustadiza? ¿La mujer segura? ¿La chica que robó promesas, besos y el corazón?
Su mirada.

Todas ellas junto a unos ojos clavados en las letras de una canción triste. La que siempre llena la memoria con las manos en cuanto suena. Un idiota. Un idiota que quiere cerrar un capítulo y aún quedan demasiados horizontes en los que perderse.

—Hola, Amor.

Su voz seguía siendo dulce y profunda, llega dentro y agita sin pedir permiso.

La odiaba por hacerme eso.

—Hola, Amor —me sonó infantil hasta a mí—. Me alegra verte.

Sonrió. De nuevo fue una niña.

—A mí me alegra más.

Se lanzó a mis brazos, sin decir nada. Noté su cara en mi pecho, buscando mi colonia. Sé que le encantaba estar ahí, como había estado hacía ya tiempo. No necesitaba mis brazos ni los de nadie y ella sabía que la abrazaría. Sí, me conocía demasiado bien. Mucha ternura en poco tiempo. No soy así. ¿Por qué me saca eso?

—Te he echado de menos —dijo antes de sentarse.

Quería hablar, que la escuchara. Había algo que quería sacar, lo notaba. Me puse cómodo, ella lo necesitaba y yo quería verla más tranquila.

Demasiado tiempo sin verla da para muchas historias. En alguna de ellas aparecía mi nombre en forma de “aquel día me acordé de ti” o “me acuerdo de lo que me dijiste”. Cómo decirle que cualquier mirada que he conocido la teñía con sus pupilas. La silueta de las mujeres que he conocido no iba más allá de sus curvas. Tantas veces imaginé sus manos junto a las mías mientras recorría su cuerpo desnudo. ¿Un sueño? ¿Un recuerdo?

Con ella no estaba seguro de nada. Pero ya no me ponía nervioso como antes por mucho que intentara avivar mi incertidumbre. Nada crea tanta inseguridad en un hombre como una mujer segura. Y yo ya soy demasiado viejo, demasiado curtido. La escuché y la observé. Puede que pasara una hora o una vida, pero seguía siendo la que una vez me robó el corazón. Y sólo quería preguntarle por qué.

“¿Por qué te fuiste aquella tarde? ¿Por qué no fui bastante para ti? ¿Por qué vuelves cuando de mí no te has ido?”. Pienso demasiado. Hace demasiado que no me creo nada. Cerca de ese mar que una vez nos vio, ahora frío y vacío. ¿Tanto tiempo había pasado? Era una oportunidad de cerrar muchas cosas.

La conversación tuvo melancolía, de momentos ilegales que compartimos. ¿aún tenía algo de mí dentro de sus venas? Me daba igual.

Yo sí lo tenía.

Iba a darle algo para recordar.

Que me echara a patadas, que me odiase, que rabiase. Sería una forma de que ella pasara página y me olvidara. Yo me llevaría su nombre conmigo. Un nombre que no volvería a oír, que nadie podría ocupar en mi alma. Prefiero llevarme esa parte de ella, intacta. Y que ella comience a vivir sin mí, sin mis recuerdos.

Hasta ese punto la quiero.

Su portal se cerró con un chirrido detrás de mí. No podía dejar de mirar su cuerpo, sus curvas. Me incitaba el mero hecho de que viviera en el mismo planeta que yo. Iba a acabar con eso de una vez. El ascensor llegó. Entramos. Pulsó el botón de subida. No esperé a que se cerrara la puerta para levantarla en el aire y lanzarla contra la pared.

Busqué su cuello con avidez, perdiendo tiempo en morderlo. Hambriento, como el animal que era. Cogí su pelo y tiré hacia atrás. Iba a ser mía hasta que me echara, simple.

No fue simple.

Se revolvió buscando mi lengua con la suya. Mordió mis labios, ansiosa, su respiración entrecortada me decía que lo esperaba.

—¿Por qué has tardado tanto? —dijo entre jadeos.

Más de lo que estaba dispuesto a soportar. Busqué sus líneas dentro de su ropa mientras me quitaba la cazadora. Su mano me quitaba los botones de los vaqueros. Su deseo aumentaba, el mío no había dejado de hacerlo desde que había aparecido en aquella terraza.

—Quiero que me folles, ahora —dijo cuando empezaba a arrancarle el deseo de un mordisco.

—Pensaba hacerlo.

Caí en su boca. Noté cómo se quedaba sin aliento cuando entré en ella. Demasiado tiempo, demasiado. No iba a dárselo todo. Aún no. Cogí sus manos por las muñecas y las sujeté por encima de su cabeza mientras con la otra mano la levantaba a ella. Sus piernas se cerraron en torno a mi cintura. Quería romper ese puto ascensor, quería partirlo por la mitad.

Y a ella también.

Noté su placer apareciendo, calcinando su sexo, llenando mis sentidos. Jadeaba sobre mí y yo le correspondía mirando sus ojos, perdiéndome de nuevo. Demasiado había tardado. Su lengua se encontró con la mía. Una buena idea para ahogar los gritos que estaba dando. Gritó dentro de mí. Era imposible no excitarse. Tanto vicio en su boca, vicios compartidos en una sola vida. Tanto en tan poco tiempo. Puede que así sea yo, puede que así sea ella.

El ascensor había llegado hacía un buen rato. Le costó recomponerse, agitada como estaba. Me dio la mano y me sacó fuera. Casi olvido la cazadora y abrocharme. Llegamos a su piso. Honré el suelo tirando mi cazadora y su jersey.

No necesitó enseñarme nada, tampoco le habría dado tiempo. Llegamos a lo que debía ser el salón. Las senté sobre la mesa para poder quitarle la camiseta mejor. Ella hizo lo mismo, consumida por un deseo casi tan grande como el mío. Sus besos seguían ardiendo, así como la conjunción de sus piernas. Las notaba tentadoras, llamándome. Me incitaban con cada centímetro. No iba a llegar tarde a mi cita con esa fascinación. Los pantalones habían desaparecido hacía siglos.

Me puse de rodillas. Deslicé mi lengua desde su tobillo y ascendí, en busca de esa deuda que tenía conmigo. Sus rodillas se estremecieron cuando mi barba de varios días rozó sus muslos. La otra pierna no iba a ser menos. Cogí sus rodillas y las aparté. Su mano cogió mi nuca y me atrajo hacia ella. Gimió al sentirme de nuevo. Sus dedos se cerraron con fuerza. Y me aferraron con más fuerza cuando mis dedos la buscaron. Si verla sabía que echaba la cabeza hacia atrás el tiempo suficiente para girarse y verme.

—No pares. No pares. Me excita.

No quería que hablara. Sólo que sintiera lo que se había perdido todo este tiempo. Gritó por enésima vez. Creo que era bastante. Me puse de pie, lentamente. Me vio a través de la niebla que su placer había dibujado, el tiempo suficiente para querer devorarme son sus besos. Me miró fijamente, en una eternidad de placer, de deseo, de cariño.

—Te quiero —susurró con sus labios rozando los míos.

Bajó de la mesa y me bajó los vaqueros de un tirón. Su boca me buscó. Quería verla así. Me perdí varias veces dentro de ella antes de que me mirara a los ojos.

—Quiero que me mires.

—Nunca he dejado de hacerlo.

Sonrió antes de volver a llenarse de mí. Jugaba, se excitaba. Quería verla, no quería dejar de verla. Crecía dentro de ella. Sabía que eso le gustaba.

Se puso de pie y se sentó en la mesa, llamándome. Recorrí el mapa trazado desde su ombligo hasta el cuello, en un camino lleno de lujuria. Llegué a la frontera de su barbilla antes de abandonarme en su interior. Noté su humedad, fruto de su excitación.

—¿Has visto cómo me tienes?

—¿Es de ahora? —dije divertido.

—Es de siempre.

Me abrazó el cuello. Apreté fuerte contra mí. Esa noche era mía, como lo debía haber sido todas las noches desde entonces. Puta vida. Iba a hacerle extrañarme más que nunca. Que lamentase el momento en que decidió dejarme ir.

Sus jadeos aumentaban. Era la música que quería oír de ella, respirar el aliento que me daba, enloquecer la fuente de toda tentación que prometía. Comenzó a gritar de nuevo hasta que no pudo más.

Hasta que tampoco pude yo.

Salí. Y la giré, apoyó las manos en la mesa y cogí su cara para girarla hacia mí. Le besaba apoyando mi pecho en su espalda. Cogía su cuello y mis dedos se perdían en su boca. Notaba su aliento a golpes, atacando mi rostro. Sus pechos en punta querían más de mí. Acariciaba su sexo para confirmarle que no había acabado, ni mucho menos. No le dio tiempo a replicar antes de recibirme de nuevo.

Su gesto se agolpaba en mi mano. Golpe a golpe.

—Todo. Quiero todo.

Se deslizó hasta apoyar la cara en la mesa. Cogía con fuerza el borde y notaba sus dedos blancos. Cogí su pelo mientras con la otra mano me agarraba a su cintura. Tiré hacia atrás con un jadeo de placer.

Gimió en aumento, llamando a cada instante irrespirable que no me había dado. Cada segundo irresponsable que era de mi propiedad y guardaba en sus labios. Yo también los quería, todos, de golpe. Ahora. Siempre.

La rabia por el tiempo perdido empezó a inundarme. Quería que pagase por lo que me había hecho. Odio y amor en torno al sexo necesitado e insaciable. Hice más fuerza. Quería que sintiera el odio que sentía por mí mimo por dejarla ir. No fue culpa mía, sólo la culpabilidad de su anuencia, la misma que quería borrar con mujeres, alcohol y soledad.

Quería que lo sintiera dentro de ella.

Sentía sus gritos aumentado. La llevé hacía mí. De nuevo ahogo sus gritos en mi boca. En ese momento, su boca ahogó los míos también. Fundidos en el punto que se cruzan un siglo y un segundo.

La noche duró lo que tardó en llegar la mañana. Terminaba de atarme las zapatillas para irme.

—¿Te marchas? —dijo a mi espalda, sin salir de la cama.

—Tengo que hacerlo.

Sentía sus lágrimas pidiendo paso. Me había perdido una vez y ahora veía como era yo el que se iba. Pero tenía que hacerlo.

—Ha estado bien.

—También a mí me ha gustado.

—¿Volverás?

Miré por la ventana. El mar golpeaba a lo lejos. El oleaje de su cuerpo es lo único que amansaba mis pecados. Curioso. Pecado para todos menos para aquello que éramos el uno para el otro.

—¿Quieres que vuelva?

—Tengo recuerdos quebrados, rotos.

Sonreí. Sabía lo que debía hacer.

Y no lo hice.

—Eso se arregla a abrazos.

La dejé con un beso rápido y una lágrima flotando en su alma. Complicarse sin motivo y con toda la razón. Que sea mi remedio y mi enfermedad en ese mismo mar.

Nadie lo entiende. Salvo tú.

Anclado en tu mirada.

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