Vestirse por los pies – @kike_vasallo

Enrique Vasallo @kike_vasallo, krakens y sirenas, Perspectivas

Me había acostado a las tantas de la madrugada.
Eran las siete y media de la mañana y ya había abierto los ojos sin necesidad de despertador. Todos los días igual, no era necesario ese timbrazo incesante para despertarme, el reloj interno ya está programado desde hacía años, sin importar el día o la hora a la que me hubiera dormido.

Salí de la cama con el cuerpo entumecido por el frío de la noche anterior. Aun no había sido capaz de entrar en calor.
Abrí la nevera y me puse un vaso de leche mientras la cafetera calentaba el circuito. Cuando terminé el vaso lo enjuagué y me puse el café en él. Lo bebí de un trago y me fui a la ducha con la esperanza de que el agua caliente me reconfortase.

Al salir me froté la cabeza, secando el pelo y la barba, con la toalla y dejaba secar el cuerpo al aire mientras que me cepillaba los dientes.
Ya no sentía el frío de la noche anterior.

Comencé a vestirme.
Calzoncillos de esos que promueven la libertad, calcetines con dibujos de pizzas, unos pantalones vaqueros llenos de recuerdos desgastados y una camisa a cuadros.
Me senté en la cama y miré los zapatos fijamente.

¡¿Qué tendrán los zapatos para que cada mañana me quede con la mirada perdida y el cerebro enredado con pensamientos inconexos?!

Comencé a recordar la noche anterior.


Había salido con el telescopio al lugar habitual, era un sitio que cumplía bien el cociente entre buena calidad del cielo y distancia a casa. La vuelta en coche de madrugada se podía hacer mortal de ser demasiado larga.
El frío, en ocasiones, hacía que el espejo del telescopio se congelara siendo la excusa perfecta para batirse en retirada en busca del cobijo de la cama, como pasó ayer a las cuatro de la madrugada.

Ayer fui solo. Suelo ir acompañado para poder charlar o por si hubiera algún problema, pero ayer me apetecía disfrutar de la compañía de la soledad y poder pensar tranquilamente.

Después de montar el equipo y la diversa parafernalia astronómica empecé con el plan de la noche. No era noche de hacer fotos con el telescopio, la noche iba de galaxias. Tenía un listado de unas veinte galaxias que quería ver, y de entre esas veinte había unas cuantas que eran especiales. Esas galaxias, en cuanto a tamaño y forma eran como nuestra galaxia, La Vía Láctea.

Aquí estamos nosotros girando tranquilamente en nuestra Tierra alrededor del Sol que a su vez gira, junto con otros miles de millones de estrellas, planetas y muchas cosas más, en torno del centro de la galaxia. Y sí, yo con mi telescopio de aficionado puedo ver otras galaxias como la nuestra que están a muchos millones de años luz y que se parecen a la nuestra… y eso da que pensar ¿verdad?, da que pensar mientras estás observándolas con el ojo pegado al ocular del telescopio.

Como dice un buen amigo mío:

La astronomía es el mayor ejercicio de humildad que tiene el ser humano.

El hecho de mirar con un telescopio desde un punto azul pálido hacia los confines del universo y no dejar de ver, a cualquier sitio donde apuntes, galaxias, estrellas, nebulosas, supernovas, sistemas estelares binarios y múltiples, cúmulos de millones de estrellas, estrellas que gracias a nuestra imaginación vemos con forma de percha en medio del cielo o como un trapecio justo en el centro de la nebulosa de Orión, grupos de galaxias que bailan entre sí al son de la gravedad… todo eso es fascinantemente aterrador y hermoso al mismo tiempo.

Ver todo esto te hace pequeño y a la vez te hace inmensamente grande pues te ayuda a darte cuenta de que apenas importas algo en el discurrir del universo; y eso, a la vez que asusta, es liberador. La escala de medida es demasiado grande como para que representemos algo en el discurrir de la historia del universo.

Curiosamente, mirar por un telescopio es la única manera que tenemos de (viajar, perdón) ver el pasado y dejar el nuestro a un lado por un momento.  Cuando miramos a una galaxia estamos viendo lo que ocurrió en ella hace millones de años, todo el tiempo que ha tardado la luz que emanaba de ella hasta que ha llegado al espejo de nuestro instrumento, se ha reflejado y se ha metido por nuestro ojo y se ha formado una imagen en nuestro cerebro.

Si nosotros estamos aquí… ¿por qué no va a haber otros seres inteligentes (no voy a decir «inteligentes» como nosotros…) en una de esas galaxias, o en la nuestra mismamente?.
Quizá ahora ellos miren hacia nosotros y estén viendo la luz que emitió nuestra galaxia cuando en este punto azul pálido vivían los dinosaurios…

Estas, y otras muchas, son las cosas que se piensan cuando uno está solo frente al telescopio muerto de frío mirando al universo y sintiéndote nimio y sin importancia. Estas son las cosas que hacen que dejes de pensar en los problemas del día a día. Esto es tener la cabeza en las estrellas (nada de «en las nubes» que las nubes tapan las estrellas).


Parpadeé un par de veces.
Me había vuelto a pasar.

Me había quedado hipnotizado con los secretos cósmicos que guardan mis zapatos.
Los cogí.
Y me los puse, para terminar de vestirme por los pies.

 

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