Versos y veneno – @alasenvuelo

Yamile Vaena @alasenvuelo, krakens y sirenas, Perspectivas

— ¿Cuál es tu veneno? —me dijo indiferente mientras secaba un vaso desde la barra.

El aire viciado de la taberna no permitía ver bien, pero tampoco importaba. Ningún rostro allí significaba nada. Eran almas en pena como yo. En un rincón, la puta, royendo impaciente sus uñas falsas, buscaba con ansia algún  desesperado que quisiera comprar un poco de calidez humana. La idea me hizo bufar. El alma nunca es lo suficientemente fría como para sentir caliente un cuerpo que te recibe por dinero. Los olores generalmente son los primeros que rechazan la oferta como algo apetecible. La misma reacción tendría si entrara a ese asqueroso baño y me diera gusto mirando alguna foto en el celular.  Bufé de nuevo. Al lado de la puta del vestido rojo, fuma un largo puro un hombre de chamarra negra de piel, mirada vidriosa y unos cincuenta años mal disimulados. Tiene barba y está hundido en la meditación de la botella. Para él, estoy seguro, ni la puta, ni el cantinero ni este estúpido escritor fracasado, existimos en ese momento. El hombre de la botella parece mantener una conversación delirante con el reflejo del aguardiente de más de 50 grados que lo mira desde el fondo de su vaso.

— Entonces, ¿vienes a mirar o a beber? —interrumpe mi balbuceo mental el cantinero, colocando un tequilero frente a mí y empezando a vertir un alcohol de dudosa denominación. ¡Doble! Le digo asintiendo con la cabeza, en un lenguaje que el hombre entiende y atiende a la perfección. Me sirve un trago doble y yo le doy fondo como si no ardiera en la garganta, como si el paso al estómago no quemara las entrañas recordándome que las llamas del infierno existen más dentro de mí que afuera. Golpeo el tequilero en la mesa, y asiento de nuevo, el cantinero obedece, y vuelvo a abrir garganta como si no hubiera mañana. Porque no hay nada que perder, porque la vida es una mierda, porque no tengo un duro, y porque soy un pobre diablo sin talento, ni historia que contar. Mira de nuevo a la puta, y al hombretón de la botella. Si fuera un verdadero escritor podría contarte su historia sin chistar. La pestilencia del lugar, o el amargo sabor que queda al final de cada copa se disimularía si yo mirara a la puta y al fulano y pudiera narrarles una historia interesante. Pero nada, estoy seco. Por eso valgo una mierda como escritor. Porque aunque una historia me coja por la garganta y me exija que la cuente, yo no sabré reconocerla. Esas eran mis reflexiones mientras apuraba la tercera copa, cuando la puta se levantó furiosa de su lugar y le clavó un cuchillo en la mano al hombre de la botella.

El tipo grita de dolor, se lleva la mano bajo el brazo tratando de parar un poco el sangrado y le suelta un bofetón a la puta que la tira al otro lado del tugurio.

Yo los miro y me digo: ¿es una historia? No debe serlo…

Agarro una servilleta entonces y comienzo un verso… lo tachoneo. Volteo la servilleta y en el trasero del papel arrugado alcanzo a leer «Betty Boop», leo, y sospecho que esta historia, ya alguien la ha contado antes.

 

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