Verano del 98 – @LaBernhardt

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Mi amigo Rafa me dijo un día de julio, en el verano del 98, que seríamos felices cuando llegara el invierno, pero ese año, el invierno no vino a vernos; el mundo se volvió loco de verdad y perdimos el frío como quien pierde las llaves en un bolso gigante. Así fue como el verano del 98 se quedó hasta julio del 99.
Y así fue como Rafa se equivocó.

En ese verano que duró un año pasaron muchas cosas y no todas buenas. Por ejemplo, mi hermano empezó a engordar porque se sentía vacío. Mi madre, dejó a mi padre porque se sentía vacía,o al revés, que no me quiero acordar. Y yo… yo andaba tan llena de amor que no pude ver la hostia que se avecinaba. Y es que el amor no te deja ciego, no; lo que realmente sucede es que toda la sangre la tienes en el corazón o en el coño, en la polla o en donde más lírico os parezca y es así como se te nubla la vista. Eso me pasó a mí y una noche de verano, mientras a los habitantes de mi mundo se les iba el idem a la mierda, yo acabé donde ellos sin apenas tiempo de reaccionar: mi chico me dejó porque se había enamorado de otra, que como frase suena a refrito pero que como epitafio no tiene precio. Y, puta literatura, el verano no se hizo invierno de repente, ni llegó un disparo de nieve, maestro Silvio: no.
Aquella noche de verano del 98 volví a mi casa muerta de calor y de pena. Pero no podía llorar porque allí, todos se habían pedido la vez para el llanto quedo y yo, era una recién llegada a la tristeza.
De lo que sucedió en los siguientes días,sólo me queda el sabor salado del mar, que no de las lágrimas, amigos, que esto es un cuento verídico y no me caben metáforas.
Vivía en la playa desde las 11 de la mañana hasta las 10 de la noche porque volver a casa era despertar en la pesadilla de no tener un castillo, o de tenerlo de cartón en plena tormenta de verano. Estar en la orilla me salvó de morir ahogada porque me escuchaba todas las historias de todos los veraneantes que se sentaban cerca de mi toalla de Ron Brugal.
Cuando me asfixiaba la pena y el calor, llegaba la señora de Vallecas con sus tres hijos y me contaba que como San Juan, ninguna playa, dónde iba a parar. Y yo me perdía en sus festivales, sus broncas, sus besos en el ascensor con el compañero de contabilidad, pero no te vayas a creer, niña, que yo a mi Juan lo adoro. Sólo es aburrimiento, que ya lo verás, que eso es el matrimonio. Pero tú de esto, chitón y no se te ocurra hacerlo nunca, y yo le daba las gracias, no por la confianza, sino porque en sus cuitas me podía perder para no pensar.
Pasaba parte del día con mi gente, en el chiringuito de Paco, pero como al pez que pescan, comenzaba a boquear de calor y de dolor si veía aparecer a mi ex novio por allí, así que volvía a la brisa de la orilla, al abrigo de los madrileños que me querían contar sus meses de invierno y sus alegrías de verano. Y todavía me pregunta la gente que porqué adoro Madrid; pues ya te digo, que sus gentes con sus cuentos me salvaron de morir de pena el verano en que se me rompió el mundo.
Una noche de mucho calor de aquellas vacaciones, mi amigo Rafa me dijo: » ya ves, todo el mundo tiene problemas, hadita, a nosotros se nos ha jodido el cuento en verano, que suena peor todavía, pero tú no te preocupes, que todo se va a solucionar en invierno, sólo tenemos que aguantar»
Y yo, Rafa, esa noche dormí en tus palabras y de madrugada, hasta tuve frío y me tapé,porque yo siempre he sido muy de Efecto Placebo y porque también quería que terminara ese puto verano del 98.
No terminó, no; se nos fue el calor, los madrileños, la playa y el chirin de Paco, pero no la pena. Y de aquello aprendí que la vida es la bruja más puta de todas las brujas de los cuentos, que si ella decide que no llega el invierno, seguimos en verano. Y que si la pena te quema la garganta, te jodes y tragas.
Pero como en casi todos los cuentos, al menos en los mejores, siempre hay una puerta por la que salir huyendo, un camino llenito de piedras relucientes, esperando verte caer y levantarte. Y un año después, en pleno julio, por fin se terminó mi verano malo, y aunque después de aquel verano del 98, llegaron otros, todos fueron distintos y, a veces, iguales.

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