El vaso medio roto – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

—Ya está casi está todo recogido, así seguro que cuando llegue no puede reprocharme nada — piensa ella —, pero antes de terminar voy a ponerme un café que la tarde se me ha hecho larga y me encuentro cansada. Mientras sale aprovecho para secar este último vaso…

Un poco de lado, apoyada sobre un solo pie y dejando reposar la cadera en el banco de la cocina, Clara repasa con la mirada la encimera impoluta, para asegurarse que todo está en su sitio, coge el trapo para secar ese vaso que había quedado de la comida de medio día y mientras realiza la tarea de forma mecánica, distraída, se sorprende al sentir como una lágrima rueda, lentamente, por su mejilla y en ese instante…

El vaso se le escurre

y cae, muy lentamente,

sin que ella haga nada por atraparlo.

Clara siente en ese momento que, todo a su alrededor se ha quedado parado, mientras ella observa, a cámara lenta, el vaso caer. Su cuerpo no se mueve, sin embargo, sus ojos son capaces de mirar por la ventana y fijarse en el movimiento de la ropa en el tendedero, que está desde ayer por recoger, mecida con la ligera brisa de la tarde. También ve cómo el trapo baja flotando lentamente hacia el suelo, hasta se fija en la trayectoria del vaso que, en ese instante, choca con el canto del tostador y sin hacer casi ruido, se rompe por arriba, dejando en su boca una arista de cristal fina, brillante, afilada y muy peligrosa. Toda una tentación…

Clara se asombra de la lucidez y la velocidad con la que funciona su cabeza, mientras su cuerpo permanece inmóvil ella es capaz de pensar a toda velocidad y darse cuenta de que el vaso ha chocado de culo contra la encimera de la cocina y rebota subiendo…

Rebotar, subir… ya le gustaría a ella poder hacer como el vaso y elevar su ánimo que lleva una temporada por los suelos. Todas sus amigas la envidian. Una gran casa, un buen trabajo, un marido atento y muy amante de sus hijos, a los que cuida con gran celo, pero a ella le quema la piel esa lágrima resbalando por su mejilla

—Chica, no puedes tener queja de Paul — le dicen, con ojos envidiosos sus amigas — es un verdadero encanto…

—Sí, claro. — Piensa ella, mientras las escucha, para sus adentros — Paul es pura fachada, el marido perfecto para adornar para la galería, pero en casa no pega un palo al agua. Mientras ella, se tiene que ocupar de todo en aras de una aparente convivencia perfecta que, sin embargo, hace mucho que a ella ya no le proporciona ninguna alegría. Para poder estar siempre atenta a la casa había renunciado a la jornada completa, trabajando sólo media y eso significó olvidarse de ascender; encima tenía que soportar sus reproches, porque Paul pensaba que tenía mucho tiempo libre para ella; hasta había llegado a confesarle que la prefería rellenita, porque así pensaba que nadie por la calle se fijaría en ella, nadie la consideraría atractiva y así estaría disponible sólo para él… porque la quería mucho y a él, le gustaba más ella así. Rellenita.

Nunca le había gritado muy alto y jamás le había puesto la mano encima, cierto, pero ella sólo quedaba con sus amigas dos o tres veces al año y eso con suerte de poder coincidir todas… Él, en cambio, no renunciaba a las salidas a esquiar con sus amigos, ni a sus dos partidas de paddle semanales. Ni siquiera sabía ni qué día, ni a qué hora debía recoger a sus propios hijos de las actividades extra escolares. Siempre tenía una reunión muy importante a la que acudir…

En esos segundos interminables, Clara es consciente de que, en lo más profundo de su pecho hay un hueco frío y oscuro que está consumiéndola por dentro. No es feliz, pero no sabe explicar por qué no es feliz.

Siempre fue una mujer inquieta, que todavía guarda en una caja en el altillo los cuadernos de cuando escribía poesía, pero ahora la casa se le cae encima. Lleva unos meses sin acertar a saber qué es exactamente lo que le sucede, pero quizá la muerte por cáncer de su mejor amiga, tenga algo de culpa. No puede olvidar la frase que le escribió en la tarjeta de felicitación del último año que pudieron celebrarlo juntas: “Todos tenemos dos vidas. La segunda comienza cuando te das cuenta de que sólo tienes una”

El sonido del cristal roto rebotando contra la encimera despierta a Clara de sus ensoñaciones. Se da cuenta de que ya no tiene tiempo, si extiende la mano para coger el vaso es muy probable que se corte con el borde afilado y sabe que esa no sería otra herida más en su alma. Esta ya no se cerraría tan fácil… a menos que…

Palabras caídas

Se me han caído las palabras de la boca.
Me han besado lento en su caída,
del precipicio de las comisuras
de unos labios que no te besan,
bajando por mi cuello cruzando
el perfume que no quiero se te olvide.

Se me han caído las palabras de la boca.
Esas que guardaba para transformarlas
en caricias de un verano que se acabó
a destiempo, a contratiempo, sin tiempo.

Al caminar he ido pisando el desastre,
el naufragio de una voz callada y distante.
Y me he ido clavando en la planta
de mi corazón andante
todas las tildes, las comas,
las aristas de mis tes cortadas al aire…

Alfileres de silencio,
chuzos de vacío
reguero de palabras caídas

Casi se había olvidado de ellas, pensaba Clara sonriendo por fin, mientras volvía a doblar la hoja y cerraba el congelador. Del fondo del cajón de los hielos había sacado una bolsa zip donde hace unos años decidió guardar sus últimos poemas… quiso así, de una forma tal vez demasiado romántica (recordaba que de eso se había burlado Paul), preservar la pasión que siempre le había ayudado en los malos momentos: la escritura.

A veces cortante y peligrosa, como el borde de ese vaso que hacía un segundo estaba medio roto, pero fiel compañera que siempre le ayudo a llenar los huecos de su alma y a la cual nunca debió renunciar.

Al moverse Clara escucha su pisada sobre los añicos del vaso, ahora ya totalmente roto e inofensivo, al haberse estrellado contra el suelo. Se separa de la encimera con cuidado y dejando pasar el primer impulso de usar la escoba y limpiarlo, sonríe, coge la bolsa con sus poemas congelados y rompiendo un trocito de papel de la lista de la compra escribe un nombre. Son sólo cuatro letras que luego dobla hasta hacer un pequeño cuadrado. Levantando la bolsa de las espinacas congeladas lo deja, con cuidado, debajo de una lubina, cerrando con decisión la puerta, enterrando ese mal sueño en la más absoluta y fría oscuridad.

Antes de salir, escribe una nota para que Paul la lea al llegar de su partidita de los martes: “He salido a comprar tinta para la pluma y una libreta nueva. En la nevera tienes cosas para hacerte la cena. Volveré en un rato. Por cierto, el vaso se ha roto y el tendedero está por recoger ” y sale de la cocina silbando bajito “City of Stars”

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Gracias a @anitaideas por sus ideas, que una vez descongeladas, saben a auténtico cariño y a @laraenrem por sus maravillosas palabras que no nos dejan caer.

Y una mención personal a una película que me ha recordado que todos los sueños tienen un precio, pero qué demonios… algunos se pagan y bien a gusto, porque: “Todos tenemos dos vidas y la segunda comienza cuando te das cuenta de que sólo tienes una”

 

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