Hay que ser muy valiente para rendirse – @DonCorleoneLaws

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Quizás no nos demos cuenta del todo, pero vivimos constantemente influenciados por los estereotipos que se nos imponen a diario. Nos llegan etiquetados los comportamientos y las actitudes desde casi cualquier fuente de influencia: prensa, cinematografía, literatura, arte, música, redes sociales…

El “héroe” siempre es el que da el paso adelante y salva a su país de la inminente guerra nuclear que cualquier malvado amenazaba con desatar. La “princesa” es siempre delicada, nostálgica, ocurrente y divertida, traviesa pero reconducible y, en el fondo, siempre está aguardando a un principesco héroe porque no quiere estar sola. Todo lo contrario que un “bohemio”, que debe estar siempre enfrascado en sus pensamientos anacoretas y extravagantes, fuera de todo tiempo y raciocinio, deseando alejarse del mundanal ruido para vivir ajeno a la modernidad. Y al “moderno” no debe gustarle lo ancestral, lo tradicional o lo heredado. Forzosamente tiene que ir al compás del tiempo que le ha tocado respirar porque justo por eso es un “moderno”: porque alguien dice que así tiene que ser.

Pero, ¿quién lo dice? ¿Quién nos dice cómo debemos actuar, quiénes debemos ser o cómo debemos desarrollar nuestra personalidad? ¿Por qué nos dejamos influenciar por un tontopollas del Youtube o por qué escuchamos todos aborregadamente la misma música en cualquier emisora de radio fórmula? ¿Por qué vestimos la misma ropa que el petardo de moda o qué nos lleva a adquirir el último volumen de una trilogía cuyos dos ejemplares anteriores ya fueron demostradamente una mierda?

Aunque no lo queramos estamos universalmente influenciados por la globalización, y lo que pasa en Japón afecta en Estados Unidos, y lo que vemos en televisión nos orienta a actuar de una determinada manera, y lo que aterroriza a las gentes de Francia nos encoge el estómago a mil seiscientos kilómetros en el mismo instante de suceder.

Esto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Y aunque la inmediatez tecnológica, la solidaridad con las desgracias ajenas o el enriquecimiento sentimental con las vivencias de los demás podrían contar en este caso como atenuantes benévolos, yo hoy, para variar un poco, me voy a quedar con lo malo.

Hay muchas ocasiones en las que, después de ver actuar a la gente por puro borreguismo, yo querría ser parte de la resistencia. Esa resistencia escasa de medios, ilegal y perseguida, romántica y casi artesana, que debe hacerlo todo ella misma para que salgan las cosas adelante, luchando gota a gota por cada paso avanzado.

Hay veces que me gustaría ser el contraespionaje de los espías, el que cree en el amor en los tiempos de la guerra, el que aún huele los libros cuando los abre, el que camina descalzo por los parques junto a los letreros de “no pisar” el césped, el que trasnocha para ver la lluvia de Perseidas en verano, el que suelta el primer puñetazo al malo cuando ha ofendido al desvalido, el que se quita la chaqueta para abrigar la espalda de una chica camino de casa, el que apaga el despertador tres veces para quedarse dormido y llegar tarde…

Y reconozco en mí trazas de ese adoctrinamiento mesiánico que nos llega de todas partes obligándonos a creer lo que es bueno o es malo, lo que es aconsejable o debemos evitar. Sin embargo, la resistencia que hay en mí, sabe muy en el fondo que “Hacienda no somos todos”, que la justicia depende de las clases y no es igualitaria, que es mucho más importante un amigo influyente que el prestigio propio acumulado por el trabajo, que hay personas que te mienten descaradamente mirándote a los ojos creyendo que eres tonto, que los “amigos” suelen salir por la ventana al par que la prosperidad o la alegría, que se folla poco, mal y por quitarse el compromiso y, que lo más preciado que podemos regalar –que es el tiempo- lo solemos desperdiciar en nimiedades.

Lo sé porque lo he visto todo, porque justamente para eso sirve la madurez: para acumular experiencias habiendo aprendido a levantarte cada vez que te caes, que te empujan o que te pisan. Lo sé porque si algo tenemos los que estamos habituados a perder, es memoria: memoria y resaca, tanto de haber intentado olvidar los fracasos como de haber querido celebrar por todo lo alto las inesperadas victorias que te brindan las circunstancias.

Y yo no creo en los destinos preconcebidos, ni tampoco creo en los héroes de Marvel, ni en las princesas de Disney, ni en los bohemios de estudiada rebeldía y barba recortada, ni en los modernos clonados robóticamente sin personalidad. Mis héroes son anónimos y duermen en oncología o luchan a diario contra el Párkinson. Mis princesas friegan muchos platos y han llorado al divorciarse. Mis bohemios tallaban madera de cedro para policromarla después a la luz de las velas y, mis modernos, son individuos sencillos con los que me sonrío a diario estando vinculados a un pajarillo azul.

Tengo los pies en la tierra y las manos llenas de cicatrices. Tengo los labios resecos de sufrir y los ojos cansados de extrañar. Y, sin embargo, no pierdo la sonrisa. Tengo los santos cojones de no perder el optimismo al abrir los ojos cada mañana. ¿Saben por qué?: porque soy muy consciente de que hay otras muchas realidades peores que la mía y ya he aprendido –a base de golpes- que ni es oro todo lo que reluce, ni todo lo que nos venden es un dogma de fe. Me río de los bandos ganadores, de los héroes de pacotilla y de la estéril verborrea del “mucho lirili y poco lerele”.

Hay que ser muy valiente para echar la pata alante y plantarle cara a los problemas, sí, pero también tiene un mérito extraordinario el saber comprender hasta dónde han de llegar las cosas y en qué momento hay que dejar de inmolarse, aborregarse o influenciarse. En esta vida tan puta, tan hermosa pero tan complicada, también hay que ser muy valiente para rendirse.

 

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