Una y nos vamos – @kike_vasallo

Enrique Vasallo @kike_vasallo, krakens y sirenas, Perspectivas

Aquella mañana el teléfono sonó con un desgarrador timbrazo. Una voz rota, ya cansada y conocida, le dijo -distorsionada- a través del auricular y ahogada en lágrimas: ya está, han vuelto a ganar las negras, la dama lo ha acorralado en una esquina y un peón ha dado jaque mate al rey.

Me senté en mi sillón favorito mientras pensaba en cómo digerir aquella frase. Era el último.

Después de todo, de los nueve amigos que nos alistamos, hace ya una vida entera para combatir en aquella estúpida guerra, otra cualquiera, la misma que todas, cuatro habían muerto, junto a otros muchos camaradas, sangrando su vida sobre el tablero, enrocados.

Otro, tras la guerra perdió el norte, abrió mal un gambito y la vida le hizo en dos movimientos el mate del loco; esa decisión fue su negra ruina.

Uno sacrificó a su reina en una jugada secreta pero la vida muerte ya conoce todas las variantes en este juego de escaques.

Un jaque a la descubierta que pretendía distraer de la precaria salud del rey y de sus debilitadas defensas fue superado por un ataque relámpago de alfil que acabó con cada uno de los órganos vitales, en cada movimiento de la vida, de ese cerebro prodigio que murió solo en su cama.

Y hoy le había llegado el momento a él. Su fiel dama había aguantado hasta el final pero las negras son siempre implacables y ríen últimas. Mi fiel compañero había muerto a manos de un no tan insignificante peón en este juego de guerra que vivimos.

Todos, los nueve, compartíamos afición y amor: el ajedrez. Las partidas entre nosotros formaron lazos indestructibles, pues es en esos momentos, en cada lance, donde de verdad entras en la mente de tu contrincante, de tu enemigo, de tu amigo.

Los que íbamos quedando llorábamos sus muertes con silenciosas partidas en las que el deslizar quedo de las figuras susurraba, por nosotros, lo que queríamos recordar de ellos.

Y al fin, sólo yo. Sin compañero de partida. Analizando jugadas en la cabeza para dar jaque mate a la vida. Saqué el tablero, muy usado y viejo, y las piezas blancas y negras, sobadas y llenas de historias acariciadas con los dedos. Llené un vaso, como en los viejos tiempos, y ordené las figuras en sus posiciones con la sonrisa natural del que se sabe muerto pero quiere disfrutar de la fortaleza de sus torres y el saltar de los caballos en sus dedos. Me volví a sentar en mi sillón favorito. Jugaba con blancas. Frente a mí, nada. Una silla vacía.

La última y nos vamos, muerte.
Bebí.
Abrí.

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