A una pestaña de distancia – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

La he seguido de cerca desde que ha entrado en el museo. Las señales ya convenidas, eran claras: llevaba un vestido color rosa palo confeccionado en seda abierto por delante con unos delicados botones y adornado con un estampado de flores, típico del verano; lo que me ha sorprendido es el volumen de la falda, su corte desbocado que le confería un fuerte atractivo al sensual movimiento de sus caderas, muy alejado del aspecto modosito que podría suponer una primera y rápida impresión.

Sus tacones han resonado por los pasillos del museo, sin prisa, pero sin pausa, camino de nuestra cita a ciegas. Tal y como habíamos acordado, al llegar delante del Jardín de las Delicias se ha parado a contemplar la borrachera de formas y color que El Bosco imaginó para deleitarnos.

Entonces ha sido mi turno y me he acercado por detrás. Al principio ni se ha dado cuenta, ha sido mi perfume lo que me ha delatado:

– Llegas tarde – me ha reprochado, sin girarse. Como si quisiera castigarme con su indiferencia.
– Llego justo a tiempo. Contemplar tus andares en algo que me gusta hacer despacio, querida. – le contesto, poniendo una mano sobre su hombro desnudo. El escote “palabra de honor” le favorece y desde mi posición puedo disfrutar de la perspectiva de un encaje negro debajo de la seda rosa.
– Ahora me toca hacerte sufrir – me recrimina ella mientras, zafándose del abrazo que empezaba a rodear su cintura, sale de la sala del maestro en busca de los clásicos españoles.

Y yo la dejo ir. Jugando con las miradas y algunos roces casuales, sorteando grupos de visitantes asiáticos y algunos rusos, vamos acercándonos cada vez más el uno al otro como dos planetas en rumbo de colisión hasta entrar en la sala del maestro Velázquez y coincidir delante de Las Meninas que, como siempre, tienen muchos admiradores.

En esa sala tan grande rodeados de pinturas majestuosas me sitúo delante de ella y la dejo acercarse. Puedo escuchar su respiración y oler su perfume. De forma inocente pongo mis manos a mi espalda y con el dedo índice le hago la señal de que se acerque. Y cuento…

A los tres segundos sus tacones revelan un paso, a los diez su pecho ya está pegado a mi espalda y su aliento en mi nuca. Ella sabe lo que eso significa y mis dedos, juguetones empiezan a descifrar el secreto que esconden esos bonitos botones, tan fáciles de desabrochar. Justo cuando se va un grupo de Rusos para dejar paso a unos Japoneses, mis dedos están rozando la goma de sus braguitas y escuchando la charla que una maestra jubilada está dando a sus amigas sobre las posibles perspectivas en las meninas.

Pero nosotros no estamos para escuchar nada, mi inquieto dedo ya ha llegado a probar la humedad de su sexo, rozando delicadamente su superficie. Noto su respiración, cada vez más acelerada en mi nuca, el jadeo cuando separo sus labios empapados y el leve respingo cuando entro levemente en su deseo. Tiene una mano en mi hombro, se apoya y se balancea sobre sus tacones confundida entre la sensación embriagadora del placer y el miedo a jugar en un sitio público. Yo cierro los ojos y disfruto de la visión, imaginando que se está mordiendo el labio inferior, y del temblor que puedo percibir de su cuerpo a través de su mano, apoyada en mi hombro.

En este instante no nos importa nada más en el mundo. Estamos juntos en ese, el instante perfecto. Dos personas adultas jugando en medio de una multitud. Rodeados de tanta belleza ese es el momento ideal; el que hace saltar chispas, el que me provoca una erección casi dolorosa y hace que sus pezones quieran romper la tela del encaje de su sujetador. Ese momento que nos da la vida… Hasta que ella no puede contener un leve gemido y una viejecita inclina la cabeza mirándonos con curiosidad.

Saco rápidamente la mano de su refugio y me giro, girándome y poniéndome delante de ella. Ruborizada y con la respiración alterada, me deja abrocharle el botón sin decir nada. No hace falta. Los dos sabemos lo que necesitamos…

Entonces la veo, una pequeña pestaña en su mejilla. Con delicadez, la atrapo entre mis dedos y se la ofrezco:

– Pide un deseo. El mío es estar, como muy lejos, a una pestaña de distancia de ti. – le susurro.

Y ella no me contesta, sigue intentando recuperar la respiración, pero coge mi dedo y cerrando los ojos, cumple el ritual de pedir un deseo. Cuando los abre, sopla sobre la pestaña y sin dejar de mirarme a los ojos me chupa el dedo con pasión, ajena a toda la sala repleta de visitantes que nos rodea… y consigue parar el tiempo.

Ambos nos hemos quedado mudos y al ver que ella notaba mi erección he decidido apostarlo todo:

– Quiero que entres en el baño más cercano y te quites las braguitas. Las quiero para mí. –le he dicho mirándole a esos preciosos ojos marrones.

Y sin decir nada. Se ha girado buscando la señal del baño. He seguido el compás de sus caderas a tres pasos de distancia y lo hubiera hecho, aunque me hubiesen llevado a las puertas del infierno, porque esa cadencia era promesa de un deseo todavía por explotar.

No ha tardado mucho y como si de droga se tratara ha puesto en mi mano un pequeño trozo de tela negra ligeramente mojado, estábamos en la sala de los maestros flamencos. Y tengo que admitir que había sido una buena elección. Su atractivo modoso, sencillo, pero a la vez animal y terriblemente ardiente, su voluptuosidad al andar, entre tanta pintura severa, era el contrapunto ideal.

Bendito aire acondicionado el de los museos que permiten que obras de arte como su cuerpo no ardan espontáneamente cuando he lamido despacio, delante de sus ojos que me devoraban, el lugar donde la tela rozaba su sexo y la he visto cerrarlos mientras se mojaba los labios rodeados de turistas que contemplaban las Majas de Goya ajenos a nuestra presencia.

..

.

Y me temo que nuestra visita al museo se ha terminado, por hoy.

¿Que cómo lo sé?

Porque vamos buscando la salida más cercana cogidos de la mano sin mirar ni un solo cuadro. Porque desde la mínima distancia que nos separa puedo oler su deseo y llegar a intuir, debajo de ese color rosa, sutil y delicado, la fiera que habita en esta mujer que me acompaña. Y porque ya nos podemos aguantarnos las ganas de pasar de disfrutar de las tablas pintadas colgando en las paredes, a las del suelo de la Buhardilla que un amigo me ha prestado en el barrio de las letras.

Justo al salir me ha parecido ver a la viejecita que nos observaba de reojo en las Meninas. Estaba sonriendo y agitaba su mano despidiéndonos…

 

Visita el perfil de @Netbookk