Una mala inversión – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

-Las 12:45. Voy a llegar justo a tiempo… Menos mal que conozco a Jaime y no se dará cuenta de la hora, porque seguro que ya está intentando ligar con la camarera – pienso mientras consigo, por fin, aparcar el coche -. Efectivamente, al entrar en el Bar lo veo al final de la barra, ayudando a envolver los cubiertos del menú. Le está contando uno de sus chistes malos a Rita y se ríen los dos.

-Pero mira que eres liante. Deja en paz a la pobre chica -, le digo acercándome y dándole una sonora palmada en la espalda.

-Eso debe ser que me tienes envidia, como tú ya estás comprometido y no puedes… – me contesta él, burlándose, mientras me da un abrazo.

– ¡Es verdad! – interviene Rita – Me dijo Pilar, el otro día, que ya está fijada la fecha de la Boda. ¡Enhorabuena! – y, cogiéndome del cuello, me planta dos sonoros besos.

– ¡Eh! Parejita… a ver si voy a tener que ponerme celoso – nos recrimina Jaime.

-Venga – le contesto – deja de decir tonterías! Rita, por favor, pon dos cervezas bien frías y algo para picar que tengo hambre…

– ¡Marchando dos cañas heladas! Sentaros en la mesa que luego se llena el local y os quedareis sin sitio… – Nos ordena Rita.

Y armados con nuestras cañas en la mano vamos hacia nuestra mesa de siempre, al lado de la cristalera. Otra palmada al hombro y me siento al lado de Jaime, mi viejo y querido amigo, mientras Rita nos trae un poco de ensaladilla y un trozo de tortilla.

-Bueno Luis, ¿Y cómo estás?, ¿Nervioso? Ya no falta nada para el Bodorrio – me pregunta Jaime sonriendo.

-Nervioso no es la palabra, Jaime – le contesto después de tomar un largo trago de cerveza -. La expresión adecuada sería “harto”. Cansado de tanto preparativo, tanto detallito, tanto pariente que mi madre se ha empeñado en invitar. Personas que hace años que no veo y que no me importan nada… A veces, en los escasos momentos de tranquilidad que podemos tener ahora, le pregunto a Ana si la idea de la Boda no será una mala inversión. Con lo bien que estamos viviendo juntos… En qué mala hora… Y todo por hacer felices a las familias, en vez de pensar en si nosotros mismos seremos felices. Porque después de la Boda estoy seguro de que las dos madres se van a poner muy pesadas con lo de los Bebés… y ahora ninguno de los dos está para pensar en eso.

-Conociendo a tu madre, si no lo ha sacado ya, es porque tiene muchas otras cosas en la cabeza – me contesta Jaime que sabe cómo se las gasta –. Estoy seguro de que al día siguiente ya estará insistiendo en que quiere ser abuela…

-Te juro – le digo – que estos días me estoy acordando mucho de mi abuelo Pedro…. ¿Te acuerdas de él? – le pregunto a Jaime, mientras apuro la caña y le pido, por señas, dos más a Rita.

– ¿No fue el que desapareció con una furgoneta y apareció con una Mulata?…

-El mismo. Toda su vida se la pasó trabajando como un mulo los cuatro campos de huerta que le dejó su padre cerca de la ciudad. Poco a poco y con mucho esfuerzo fue haciéndose con varios campos más y trabajando de sol a sol consiguió que mi madre y sus dos hermanos fueran a la universidad. El único día que faltó a su trabajo en la tierra fue cuando faltó mi abuela. La vida nos quita, pero a veces, también nos da. Al poco de fallecer ella, una reordenación en el plan urbanístico de la ciudad multiplicó por 100.000 el valor de los pequeños campos de mi abuelo, al dejarlos como piezas clave para el desarrollo de varios proyectos de pisos de lujo y un enorme centro comercial. Sin sus campos no podían terminarse esos proyectos.

De la noche a la mañana él, un humilde labrador, se encontró con una cuenta en el banco con tantos ceros como callos tenía en sus manos, además de varios pisos y bajos comerciales, con lo que pasó a ser uno de los hombres más ricos de la ciudad. Pero fiel a sus costumbres todavía siguió yendo a su huerta hasta que las excavadoras empezaron a cambiar, para siempre, el paisaje de la huerta.

Entonces, de repente, se encontró vacío, sólo y aburrido. Hasta que un día sin más… desapareció.

-Me acuerdo de eso. De los nervios de tu madre. Los rumores que corrieron por el barrio. Que si lo habían secuestrado, que si lo había matado un primo lejano por una antigua disputa familiar… – me apunta Jaime moviendo el tenedor en el aire, mientras apura el último trozo de tortilla.

-Hasta que, cuatro días después de su marcha, llegó el Notario a casa para desvelar el misterio. – Le interrumpo -. Con una carta de mi abuelo, donde nos explicaba que se había hartado de ver rondar por su casa como buitres hambrientos a todos esos parientes y “amigos” que, de repente, se habían acordado de que existía. Los mismos que, cuando era un humilde labrador, lo miraban con aires de superioridad. Así que había decidido marcharse a ver mundo y la única forma de hacerlo era de repente, antes de que se lo intentáramos impedir. “Es el momento de cumplir algunos sueños” decía al final de la carta. El notario también trajo algunos documentos por los cuales les dejaba a sus hijos y a sus nietos ciertas propiedades y algo de dinero. La ofrenda para que le dejaran disfrutar del resto de su vida en paz.

Apuro mi cerveza y Rita viene a preguntar qué queremos para comer. Nos canta el menú y pedimos, además, una botella de vino. Intentamos comer juntos varias veces al año. Jaime, que me conoce bien, sabe que hoy tengo ganas de hablar y espera en silencio que siga la historia de mi abuelo.

– “El dinero no es malo. Son las personas quienes cambian cuando se lo encuentran”, recuerdo que me dijo un día por teléfono, pasados unos años. Yo creo que hizo bien al apartarse de todos los que lo perseguían para sacarle algo. Siempre le gustó ver revistas de viaje y conducir así que se marchó en una furgoneta preparada para vivir dentro… a recorrer el mundo.

Ya hemos acabado con el primero y Rita nos está sirviendo el segundo cuando Jaime se acuerda de la Mulata…

-Pero regresó, ¿no? Y bien acompañado… – me dice guiñándome un ojo.

-Si. Al cabo de cinco años. El abuelo regresó un día y con él venía una mulata despampanante. Esa hembra causó sensación en todo el barrio, con más curvas que el Jarama y unos andares capaces de hacer temblar las aceras. Mi madre todavía no la ha aceptado y, aunque yo he insistido en que venga a la boda, me temo que Luna no vendrá. Ella fue la persona que le cuidó, cuando enfermó y la única que estuvo a su lado día tras día. Con su inteligencia natural, mi abuelo, cuando vio que llegaba su hora, llamó a su amigo el notario y le compró un piso y un pequeño negocio lejos de aquí, en una ciudad de la costa donde ella tenía familia. Tan sólo nos lo dijo a mi primo Juan y a mí, que éramos quienes más compañía le hacíamos. Ahora hace poco más de un año de su muerte, y con la boda tan cerca no puedo evitar evocar su recuerdo…

-Sobre todo por el escándalo de testamento – me indica Jaime mientras apura la botella de vino entre nuestros dos vasos.

– ¡Eso sí que fue sonado! Todavía recuerdo la sala del Notario – le comento -. Atestada de caras serias y colmillos afilados esperando morder, como tiburones olfateando la sangre, un trozo del suculento pastel. La verdad es que ninguno de los presentes podría suponer que el Notario, más serio que un coco, se pusiera rojo y empezara a reír al abrir el pequeño sobre del testamento ológrafo. Le costó al hombre varios minutos recomponer su circunspecta figura y leer las tres palabras que mi abuelo había escrito, de su puño y letra, en el folio: “¡Que os den!”.

Estupor, desmayos, gritos, insultos… El papel que pasaba de mano en mano… Las caras incrédulas, desencajadas. Hasta algún golpe se escapó y una silla acabó rota contra la pared. Con el estruendo todos se giraron hacia el señor Notario que, puesto en pie sobre su mesa, la había lanzado para llamar la atención y acabar así con el escándalo que se había organizado.

En un documento aparte el abuelo explicó que, en su periplo por el mundo a lomos de su querida furgoneta, había usado el dinero que la vida había puesto a su alcance para mejorar la de los desfavorecidos que se encontró en su camino. Dos hospitales en África, tres escuelas repartidas por toda Sudamérica y un orfanato en la India habían sido creados con ese dinero. “A vosotros ya os arreglé antes de partir. Lo que hagáis con el dinero que os dejé en vida ya no es responsabilidad mía” fue su último mensaje.

– ¿Queréis postre o café? Al chupito, invita la casa – nos dice Rita mientras retira los platos de la mesa.

-Yo sí que quiero un café sólo, pero mejor lo llevamos a la terraza que me apetece fumar – contesta Jaime.

-Otro sólo para mí también – le pido a Rita -. Deberías dejar de fumar… – le recrimino a Jaime, mientras salimos a la soleada terraza.

-Desde que me casé es el último vicio que me queda – me contesta encogiéndose de hombros – Vete acostumbrando que la vida de casado te va a cortar las alas… se acabaron las juergas y el trasnochar. Chaval.

La boda… otra vez. Al principio y al final de la comida. Me quedo pensando mientras veo subir las volutas de humo del cigarro desde el cenicero. Hace una temperatura increíble para ser febrero y el sol luce entre los árboles pelados de hojas. Se está bien en la terraza

– ¿Sabes? Acabo de decidirlo… – le confieso a Jaime entrecerrando los ojos por el sol Esta noche, cuando vuelva a casa, le voy a proponer a Pilar algo que muchos otros considerarían una mala inversión: ¡vamos a suspender la boda! Estamos bien, muy bien, como estamos ahora. No pensábamos tener todavía hijos y el dinero que nos ahorramos lo utilizaremos para dar la entrada en esa casa del pueblo de la que tanto me has escuchado hablar… Pero sí que nos vamos a ir de viaje. En parte para dejar que mi madre tenga tiempo para asimilarlo, en parte para alejar a Pilar de toda la presión que ha estado soportando los últimos meses. Se lo debo. Y nos iremos a visitar a Luna, quiero pasar más tiempo con ella y que me cuente más cosas de mi abuelo.

-Pues a más de una le va a dar un infarto – escucho decir a Rita llegando con los cafés y los chupitos en la bandeja – pero… ¿sabes que te digo? Que es vuestra vida y nadie tiene derecho a decidir por vosotros dos. Voy a por otro vaso y brindo con vosotros. Por vuestra libertad. Estoy segura de que a Pilar le vas a quitar un gran peso de encima – me dice guiñando un ojo mientras entra de nuevo en el bar.

Y escuchando las risas de mis amigos, levanto la cara al cielo dejando que sus rayos me acaricien el rostro, mientras pienso que mi abuelo decidió vivir la vida sin someterse cuando ya nadie creía que podría volver a disfrutar de ella y creo que nosotros vamos a seguir sus pasos…

**********************************

Todo espejo, tiene su reflejo… Si quieres, búscalo en el relato de @martasebastian

Visita el perfil de @Netbook