Una colección de poesía – @dtrejoz

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He llorado de alegría tantas veces que me cuesta imaginarme con tristeza. Porque el llanto desconsolado también puede estar lleno de emociones positivas, cuando el corazón no se resiste al milagro que lo arrodilla, a la pasión que lo vence. En este instante recuerdo cada canción recién escrita…mis canciones, mis melodías. Porque en algún momento me he visto atrapado por el fuego voraz de la inspiración, es entonces cuando me he encontrado una noche cualquiera en completo anonimato sobre la hoja en blanco, desnudando mi pluma, desnudando mi alma, escribiendo con la fuerza que el corazón desata, plasmando sobre el papel lo que mi piel está gritando, porque cada parte de mi cuerpo es una sola vida, cada parte de mi ser es una sola hoja mecida al viento, rendida al otoño, dejándose llevar por el vaivén de la inercia que se derrama desde lo profundo de la emoción que me ha acorralado sobre la mesa, pero aunque sea mi mano la que lo escribe, es mi silencio quien se lo dicta, mi espíritu el que alimenta de emoción cada letra de la inspiración que va fluyendo. Al final despierto, pongo un punto final y leo lo que la hoja ha recogido, los charquitos que la lluvia ha dejado. Entonces lloro, lloro de dicha, de alegría, de emoción… lloro con fuego. Porque descubro más que palabras acomodadas en el papel, descubro el anhelo desmedido de mi corazón cometa, de mi corazón tendido al viento.

Un paseo a pasos cortos, lentos, como dejando que nos detenga el tiempo, tomados de la mano, acomodados en la voz del otro o en su silencio. Nadar en la mirada de quien mira al atardecer caer herido, herido de celajes el cielo…herido de amor el pensamiento. Saber que cada huella que queda atrás es una bofetada para el destino, es burlarse de la distancia que alguna vez nos tuvo en polos opuestos del camino, sujetarse de su mano es sostenerse del cariño de sus palmas de acuarela llenitas de bondad y de sosiego, es aferrarse del milagro más grande que el creador nos haya regalado, el milagro del amor para acompañar la vida. Tanta necesidad de amarnos tenía Dios que nos creó, jamás me sentí tan especial hasta que entendí eso. Estoy hablando de lo divino que es compartir el tiempo cuando amas, cuando tiemblas de emoción por compartir el espacio cercano y el del universo entero con la persona que está en tu cielo, con esa persona que ocupa cada rincón de tus amaneceres y cada anochecer de tus miradas, cuando cualquier monosílabo proveniente de su voz es un aguacero en tus sentidos, cuando un pestañeo suyo es un paisaje tuyo, cuando una sonrisa de sus labios es un volar de mariposas en el jardín de tus deseos, cuando el horizonte, el cielo, el mar y la luna son solo para dos, para ti y para mí y para nadie más, mi amor.

Y luego de todo eso que mis labios han reído, luego de toda esa pasión que mis ojos han llorado, luego de todo ese milagro que mis manos han sentido… llega él con una extensión del universo en su mirada, un mundo nuevo de promesas sin romper, de emociones llenas de latidos. Llega él con unas manos pequeñitas a robarse mi corazón, sin pedirlo, sin pensarlo, sin quererlo. Y yo ahí, reconociendo un amor pequeño del tamaño de un cielo, incapaz de resistirme a su belleza y a su poder, a su nobleza y a su verdad, yo ahí sin poder evitar creer en su sonrisa de arcoíris llenando de colores mis grises y de blancos mis oscuros, yo ahí ofreciéndole todo lo que tengo y lo que soy, yo dejándome crecer el mar donde nadan los delfines de su voz.

Cada gesto suyo es un mural en mi retina, como una colección de paisajes a orillas del mar en una acuarela de Alexandr Averin, cuando sujeta con sus manitas pequeñitas los bordes de mi cara y se asoma adentro de mis ojos como buscando un tesoro entre mi barro… ay Dios mío!… del cielo crecen primaveras.

Uno llega a creer que ya dio todo el amor que tenía. Pero luego conoce a un hijo y se da cuenta que no, que era tanto lo que faltaba por sentir que no se puede describir con palabritas, que habían tantos sueños inconclusos esperando un despertar de sus ojitos, que el horizonte va a sentir distinto cuando camines de mi mano pequeñito, que vas a amarme alguna vez y nada se va a comparar con tu poesía.

Y si tengo que hacer una colección de poesía alguna vez, escribiré de la emoción de escribir una canción derramando el alma en cada línea, escribiré de la belleza de sentirse amado por la mujer que manda en cada rincón de mis sentidos como lluvia de rocío en los jardines y escribiré del milagro de amar con todas las fuerzas a un pequeñito que logra con un gesto de ternura atragantarme el cielo en la garganta y hacer llover desde mis ojos.

Escribiré del amor tan grande que proviene de Dios, Él, que tanto nos amó, que tuvo que crearnos.

—Escribiré de ti, le digo, mientras me mira fijamente intentando percibir lo que le explico. Y luego, como sabiendo que tiene mi corazón a su merced y que puede hacerme creer en el amor solo con ser, estira sus manitas y me sonríe.

 

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