Una canción que no me recuerde a nadie – @alosqueladran

Javier Esteban @alosqueladran, krakens y sirenas, Perspectivas

Asesino de canciones tristes S.A.

Así es.

Dar exactamente lo que se promete. Ese es el número 22 en la lista de consejos que te darán en cualquier escuela de negocios, aunque lo alambicarán tanto con estadísticas y mercadotecnia y frases firmadas por tipos con una bibliografía más extensa que el registro bautismal de un Rey que posiblemente se te perderá. Por eso a los empresarios les toman por ladrones.

No, no por robar ni por un rollo de conciencia de clase, justicia social y esas retóricas, sino porque no dan exactamente lo que prometen.

¿Y qué prometen? Cosas que no pueden darte. Un baño espectacular en una casa de 600.000 euros para cepillarte los dientes con tu dentífrico nuevo, un cachas depilado con barba de tres días que te mira con deseo picarón y sutil mientras se aplica el anticaspa, niños rubios y gordezuelos y sonrientes como querubines que devoran la papilla riendo y sin escupírtela en la corbata y coches que hacen que las desconocidas se vuelvan a mirarte como nunca te miraron ni las conocidas.

Nosotros sí cumplimos. Asesinamos las canciones tristes.

Antes de hablar del método, permítame contarle mi historia. Seré breve. Usted ha sido el que me preguntado si esto es una metáfora.

En realidad, Asesino de canciones tristes iba a ser el título de un libro de poemas. Lo escribí no sé exactamente cuándo, pero ya no era joven, tenía el cerebro frito por la urgencia de escribir y la inercia de las redes sociales.

¿Soy un escritor frustrado? ¿Qué lector de poesía no lo es?

Pero yo estaba cansado. Sonaba en mí continuamente la perorata de la crisis de la mediana edad y sus fracasos, reales o ficticios, percutiendo como los tipos de una máquina de escribir sobre un folio.

Y se me ocurrió. Y la idea no era mala, porque como ve, pronto se me unieron personas con la misma herida.

¿Se ha dado cuenta de que escuchamos básicamente la misma música que descubrimos en nuestra adolescencia? Ahora que empiezan a morir rockeros de los años noventa lo noto. A los de más edad los descubro con su muerte, los más jóvenes no me conmueven.

¿Las grandes estrellas? Las grandes estrellas no tienen edad. Claro. Son como los presentadores de telediario históricos o Morgan Freeman, parte del paisaje estático. Los echaremos de menos, sí, pero no son nuestros, no los hemos usado para construir nuestra identidad.

A eso me refiero. En ningún momento estaba hablando de música. Seamos serios: a poca gente le importa la música, la mayoría sólo quiere una banda sonora para su vida. Pasa como con la literatura. Casi nadie lee: sólo subrayan citas.

Ah. Bien. Entiendo sus objeciones. Ahora contésteme a una pregunta: ¿cuántos músicos conoce? ¿Cuántos escritores, poetas? ¿Ha visto a alguno poner los ojos en blanco en arrebato místico y llevarse las manos al pecho como en los cuadros de lectores y lectoras románticas?

He dicho que si lo ha visto, no si le ha leído en Twitter a alguien que dice que lo hace.

Ellos sólo canibalizan métodos para conjugar su mierda. Sí, conjugar o declinar. Como un estudiante de bachillerato que aprende los putos verbos latinos.

Es verdad. Lleva mucho trabajo aprender. Tanto que al final el auténtico premio es hacerlo. La mayoría llaman éxito a poder ganarse la vida como nos la ganamos usted o yo con nuestros trabajos cotidianos, sin aplauso.

De acuerdo. Dejémonos de estética.

A lo que iba: la adolescencia es la enfermedad que corroe nuestra vida. La educación sentimental se para con el primer polvo, el primer rechazo.

Lo único que hacemos es aplicar capas y capas de trabajo, experiencias, pero sigue ahí, como el permafrost, la capa de suelo helado sobre la que se asienta Rusia entera, o las bolsas de gases volcánicos que a veces se filtran a la superficie y matan aldeas enteras en lugares cuyo nombre no sabemos pronunciar.

Sólo espera que alguien lo desentierre. Y volver a destrozarnos.

Y aquí entran las canciones. Levantando costras como niños de dos años pero sin inocencia, con masoquismo o la nostalgia de una vida no vivida, etcétera, etcétera. Póngale el nombre que quiera. Eso es lo que mata las canciones de verdad. Lo que las contamina, las infecta.

Nosotros sólo les ahorramos sufrimiento. Oh, y a usted, por supuesto. Es muy fácil, nos dirá. Ni tanto, no crea. Todo es fácil mientras no tenga que hacerlo uno mismo. Usted pensará en ella, en él, en el ridículo que prefiera. No es mejor que el vídeo de una chica coreándola usando de micrófono de karaoke a su perro patada hasta que el animal la mea directo en la cara, por ejemplo. Pero este ridículo puede compartirlo.

O lo harán por usted sus amigos, la gente de redes sociales, los programas de televisión que se nutren de carroñear en redes sociales. No es tan fácil, no. Porque cuando pase esta moda, encontraremos otra. Otro video, meme, rumor sobre el artista original. Cualquier mierda que se le ocurra, se le mostrará. Somos efectivos al cien por cien.

No dejamos olvidar. No dejamos perdonar.

No dejamos que vuelva.

 

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