Un viaje, un comienzo – @GraceKlimt

GraceKlimt @GraceKlimt, krakens y sirenas, Perspectivas

Cien, doscientas, trescientas… mil arrugas surcan su rostro, pero sus ojos, antaño de un azul eléctrico, y ahora ya acuosos y nublados, vuelven a brillar al recordar.

“Ven niña, escucha.”

Sus manos, rugosas, llenas de nudos de décadas trabajando el campo, encuentran a tientas el paquete de Celtas sin filtro en el bolsillo del gastado chaleco de invierno, enciende el cigarrillo, aspira, sonríe, expulsa el humo, se pierde en sus recuerdos, suspira. Hace tiempo que decidió desoír los consejos del médico, porque ha esquivado tantas veces a la muerte, que ahora ya sólo la espera tranquilo, sin prisa, dejando que fluya la vida entre calada y calada, sentado en el poyo de la puerta que le ha visto pasar la vida.

“Antes la vida era más dura, niña, no te cuento nada nuevo, que va a contarte un pobre viejo que no sepáis ya los jóvenes con tanta televisión y tanta cosa. Pero las cosas importantes, ay! niña, las cosas importantes eran las mismas.”

Sé que va a volver a hablarme de ella, lo veo en su sonrisa, que poco a poco va inundándole los labios, la comisura de la boca, los ojos, y el cuerpo entero. Me acerco más a él, y me abrazo a uno de sus brazos, pegando mi nariz y aspirando esa mezcla de tabaco, lumbre, y lana.

“Nos veíamos a escondidas, en la orilla del río, cada mañana. Yo primero la espiaba, me escondía entre los arbustos, y la veía llegar, cargada de ropa. Se arrodillaba, y lavaba, y cantaba, y reía, y lavaba, y cantaba, y reía, y lavaba, y cantaba, y reía, y yo daba gracias al cielo por haber puesto tan cerca de mí un ángel. Luego, poco a poco, fui acercándome a ella, con el paso de los días, y me enamoró, y la enamoré. Ella era tan joven… y yo, bueno, yo era el hijo del amo, niña. Y eso, ay! niña, eso no estaba bien.”

Conozco la historia, el amor, la negativa de los mayores, lo que quisieron hacerle a ella, la valentía de ambos, la huída, el viaje sin saber muy bien a donde, el inicio de todo juntos. Siempre me ha parecido un cuento, pero ahora, le miro, y empiezo a sentirlo como algo real.

“Una mañana, se la llevaron, niña. Solamente tenía 16 años, y cuando fui como cada día al río, no estaba. Mi padre no tenía corazón, niña. –Puedes divertirte con ella si quieres, pero no toleraré nada más-, me había dicho tiempo atrás. Y lo cumplió. Ay! niña, vaya si lo cumplió. La denunció, y no hizo falta más. Su palabra era acusación, juicio, y sentencia. Enloquecí. Y al fin supe que estaba retenida, a la espera del siguiente camión, para ir de madrugada a la tapia trasera de algún cementerio. Así funcionaban las cosas antes, niña. Sobre todo, si te habías cruzado en el camino de quien mandaba, y no tenías dinero. Y ella, ella no tenía nada, más que a mí. Su familia la lloró, aún antes de la fatalidad. Qué otra cosa podían hacer.”

Se ha terminado el cigarrillo, me mira, y me guiña el ojo. Le sonrío, es nuestra señal. Sabe que estoy atenta a su historia.

“Pero yo era el hijo del amo, niña, yo era el hijo del amo, y eso aún tenía valor entonces. Robé todo lo que pude en la casa, y salí a buscarla. Soborné a los guardias, ay! niña, hay cosas que no cambian, y al alba, cuando los cargaron a todos en el camión, la dejaron marchar. A escondidas. Por la puerta de atrás. Pobrecita, estaba tan asustada. Qué sabía ella de bandos, de buenos y malos, de política, de repúblicas o del ejército, nada. Y nos fuimos, niña, nos fuimos, sin mirar atrás.”

Ahora llega la parte de la historia en que caminan días y días, asustados, muertos de miedo, y hambre, y frío, escondiéndose en los bosques por la noche, por temor a que los encuentren, y se los lleven a ambos. Me lo sé de memoria. La montaña se convirtió en su hogar por un tiempo. Hasta que llegaron aquí, a la costa. Porque ella no creía que existiese algo más allá del río en que lavaba, y él quería enseñarle la inmensidad del mar.

“Cuánto sufrimos, niña, no puedes imaginar cuánto. Mucho hambre, y frío, y miedo, mucho miedo. Pero no me arrepentí jamás. Cada noche nos abrazábamos, y sabía que había hecho lo correcto. ¿Ves mis manos, niña?, entonces no habían trabajado nunca. Pero aprendí, aprendí rápido, niña, por ella, por mí, por nosotros. Y ella despertaba a mi lado, ay! niña, y eso era más fuerte que todo el miedo del mundo. Y nunca nos faltó el amor. Y esa, niña, esa fue nuestra gran victoria. La mayor riqueza. La verdadera felicidad.”

La bisabuela murió hace 10 años, y cada aniversario, él cuenta la misma historia, y la recuerda a ella bajar al río, cantar, reír, besarle, huir, amarle, sufrir, comenzar de cero. Es su pequeño gran homenaje. Es su forma de mantenerla con vida. De no olvidar.

Me ronda su frase, esa que, cuando las cosas no van bien, él me dice bajito al oído, antes incluso de que yo sea consciente de que ha atravesado mi cuerpo y me lee el corazón.

“Escucha niña. El amor todo lo puede. Cuando dudes, recuérdalo. Un viaje, un comienzo.”

Y yo, le miro, y sé que es verdad.

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