Un último trago amargo y nos vamos – @IAlterego84

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La escena es la siguiente:

Un anciano de aspecto decrépito rodeado de políticos vestidos de gala. Uno de ellos habla de la labor del hombre que está sentado a la derecha del atril. Sesenta años. Más de cuarenta de servicio. Expediente intachable. Jubilado a raíz de un cáncer de pulmón en grado tres. Pausa. Cara de circunstancias por parte de los asistentes. Algún chasquido de lengua como diciendo «joder, qué putada» y hasta alguien que da un aplauso tímido. Las cámaras de los periodistas inmortalizan el momento. Y la arenga sigue.

Pero lejos de resignarse, este hombre, no sólo ha plantado cara a la enfermedad y la quimioterapia. Si no que además, ha logrado dar con los cuerpos de las cuatro niñas desaparecidas hace más de un año. No hace falta que les recuerde el caso para no reabrir heridas a los familiares de estas pobres criaturas ni herir sensibilidades. En este momento la atmósfera del auditorio se vuelve densa, cargada del morbo que produce el sufrimiento ajeno. Más de la mitad de los asistentes esta tirando de datos y buscando información en Google. El anciano obedece al gesto que le hace el que está hablando y se pone en pie. Le cuesta caminar. El ciclo de quimio ha sido hace pocos días y se resiente. Cuando llega su altura, hace un esfuerzo para subir el peldaño, rechazando la mano del orador. Si he sido capaz de llegar hasta aquí, no necesito ayuda, parece decir el gesto que le dedica.

Es el momento de las presentaciones, la gente aplaude. Él sonríe. Le acercan un micrófono. Se humedece los labios y cierra los ojos…

… y ahí estoy junto a ella. Mi nieta. Mi niña. Mi muñequita muerta. Su cuerpo está frío. La acaban de sacar de una cámara frigorífica del anatómico forense. El aliento se congela delante de mis propias narices. Siento ganas de llorar pero me contengo. Llevo el uniforme y debo tratarlo con el respeto que se merece. Trago saliva. Respondo que sí. Que sí, que sé quién es el cadáver. Vuelven a cerrar el arcón. Las ruedas se deslizan sobre unos raíles bien lubricados y siento que una parte de mí se queda atrapado para siempre allí dentro…

El anciano abre los ojos y mira sin ver. Parece aturdido, tanto que los de la primera fila temen que se desmaye sobre ellos en un visto y no visto. Logra recomponerse. Levanta el mentón con orgullo. La piel, flácida y pellejosa brilla con los focos, dejando ver que pese a la edad, la enfermedad y el tratamiento, el decoro y el hábito de afeitarse cada mañana ahí siguen. Se aclara la voz, acercándose al micrófono y empieza a hablar…

Muy bien hijo de puta, aquí estamos tú y yo solos. Tú esposado a una columna y yo con un pie en el otro barrio. Mi esperanza de vida es corta, pero me queda la certeza de que la tuya será menor. Te gusta pegar a las niñas, ¿verdad? Vamos a ver si eres tan hombre conmigo. Algo me dice que eres un mierda, y tengo olfato para estas cosas. Espera que te acaricie el lomo un poco con una toalla mojada, no sea que tengas calor. Me apuesto la pensión de mierda que me ha quedado a que cantas a la primera hostia.

Me relamo mientras enrollo la toalla. Pesa. En el medio le he metido una pastilla de jabón. Me acerco a ti preparado para la acción. La hago restallar en el aire, para ponerte nervioso. Y a juzgar por cómo te encoges, lo he conseguido. Espera, que esto no ha hecho más que empezar. He soñado con encontrar alguien como tú durante años. Al que se llevó por delante a mi nieta nunca lo encontré. Tú vas a pagar los platos rotos, y además me vas a decir dónde está el cuerpo de las cuatro chicas que secuestraste hace un año. No. No me mires así. No vas a conseguir que me ablande, como mucho que te sacuda con más ganas. Tengo poco tiempo, así que me emplearé a fondo contigo.

Los focos le hacen sudar. Se le vé acalorado. Frágil. Cuando extiende los brazos en mitad de su exposición, parecen patitas de gorrión, terminadas en dedos largos y afilados, cubiertos de manchas de vejez sobre pergaminos viejos y cuarteados. Dos de los políticos que seguían en un segundo plano, se acercan a él con una condecoración. No puede contener las lágrimas y siente un nudo en la garganta cuando escucha las palabras mérito policial fuera de servicio.

Vaya, te me has desmayado a las primeras de cambio. Ahora me toca sacarte el dedo del cortapuros y despertarte a la antigua usanza, agua fría por encima. Con lo que pesa el puto cubo tengo un rato. Dios, lo que daría por un cigarrillo. Esto no ha hecho más que empezar y me siento joven. Joder, como en los viejos tiempos. Salgo del garaje cargado con un cubo de zinc y vuelvo a los pocos minutos. He tardado menos de lo que pensaba. Creo que con cortarte dos dedos más y cauterizar con soplete habré logrado que cantes. Si no, tengo una última sorpresa para ti. Algo definitivo, pero eficiente.

… Lo que más siento es que ese mal nacido haya logrado escapar. Mi último deseo en esta vida es que lo encuentren y cumpla la condena más larga y dura que se le pueda poner. Fue inhumano lo que hizo con esas pobres niñas…

A su lado, le insinúan que no es buen idea seguir por esos derroteros. Que nada de herir sensibilidades, que hay que apelar a la humanidad del ciudadano y esas zarandajas que en otras circunstancias pueden sonar hasta bien. Pero para alguien que se ha pasado media vida conociendo el lado más hijo de puta de la especie humana y que sabe que tiene los días contados, no surte efecto. Y lo hace notar cuando habla de régimen penitenciario en aislamiento o en módulos con presos comunes. La ley de la cárcel y eso que el cine quinqui explotó hasta hartarse a finales de los años 70.

Bueno, has sido buen chico en el fondo. Has gritado como un cerdo a medio desangrar, pero seguro que las pobres niñas chillaron y suplicaron más de lo que tú has hecho, y les hiciste lo que les hiciste. Ahora es mi turno. Te pones pálido cuando me ves volver a entrar, pero recuperas el color en cuestión de segundos. Sólo llevo una bolsa de plástico con una cuña de plástico, un bote de suero y una jeringuilla. No puedo evitar sonreír. Tu final está cerca y ni te lo hueles. Tendrías que verte, pero espera, te lo explico en un rato. Me estoy meando y no me da tiempo a llegar arriba. Lo hago de espaldas a ti. El material con el que vengo cargado tiene su explicación. Joder, me estoy quedando como Dios. Al llenarse, la mierda esta de plástico suena como una garrafa de agua debajo de un grifo. Me la sacudo con deleite, aún tengo próstata y hay que darse alguna alegría de vez en cuando, ya sabes. La vida está para vivirla, que cuando menos te lo esperas algún hijo de puta se encarga de quitarte de en medio.

Vaya. Ahora no pareces tan tranquilo, ¿verdad? ¿A qué tienes miedo? Sólo es una jeringuilla, mírala. En los 80 las había a centenares. No, hombre, no. No agaches la cabeza. Deja que te inyecte un poco de orina en la carótida. La muerte está asegurada. 72 horas, con suerte. Septicemia y fin del asunto. Luego una zanja, cal viva y a otra cosa. Pero joder, no te muevas. Te la acabo de clavar en la garganta. Sí te acabo de inyectar mi meado en tu puta garganta. Venga, no pasa nada, el resultado va a ser el mismo. A eso se resume la existencia, muchacho. Tragar mierda hasta que damos un último trago amargo y nos vamos…

En el pasillo de un hospital. Cuidados paliativos. Dos hombres de gesto serio miran a una mujer ataviada de doctora. Las noticias no parecen demasiado buenas. La palabra metástasis y cerebro han salido a relucir demasiadas veces, acompañadas de morfina. La certeza de que el anciano que permanece dentro, tumbado sobre una cama con vallas de seguridad a los lados, no va a sufrir parece calmar los ánimos.

Ajeno a todo, el hombre sigue viajando a lomos de los opiáceos. Arrastrando un cuerpo sin vida por un vertedero. Una pala en una mano Una fosa profunda. Cansancio. Sudor. Tierra. Y a su lado, una niña pequeña con cierto parecido físico entre ellos que le mira con una sonrisa en la cara, al tiempo que le tira de una manga de la camisa diciendo «abu, termina pronto, que tengo frío y quiero volver pronto a casa y tengo ganas de ver a la abuela».

El anciano la mira, deja caer dos paletadas de tierra más y se incorpora, mientras que todo a su alrededor empieza a volverse negro y el incómodo pitido periódico que se ha ido atenuando en los últimos minutos, se transforma en un incómodo zumbido agudo que se manifiesta en un una línea horizontal en los monitores.

La alarma saltará en breve. La muerte ha hecho acto de presencia y ya de nada serviría tratar de reanimarle. Lo único que podrán hacer es comentar la sonrisa de satisfacción que tenía en la cara, como si acabara de quitarse un peso de encima, o hubiera logrado cumplir una promesa que hubiera hecho muchos años atrás, antes de morir.

 

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