Un sueño cumplido – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Siempre he sido una persona con los pies en el suelo y es algo curioso, porque la mayor parte de mi vida la he pasado bailando de puntillas.

Pero sí, soy excesivamente realista.
No es que no crea en los sueños. Creo, y lo cierto es que me gusta soñar despierta, aunque solo lo hago cuando quiero evadirme de una realidad que duele y teniendo muy claro que no es más que eso, una vía de escape que mi imaginación trasforma en sueños y que, al terminar, todo volverá a ser como era… Vida.

De pequeña me enseñaron que soñar era sencillo si lo hacías sobre un escenario, así que mi infancia estuvo llena de coreografías de baile y obras de teatro en el salón de casa de mis abuelos. Mi abuelo era un gran soñador y creaba aventuras que aún recuerdo, que atesoro en ese rincón de mi alma al que acudo en busca de refugio cuando todo me puede. Allí fui una princesa cuya dulce voz enamoraba al príncipe más apuesto del reino, una vampira vegetariana que comía zanahorias a todas horas y a quien la sangre mareaba. También fui Campanilla, que volaba subida a una escalera que mi abuela camuflaba con telas que simulaban ser nubes, y una corsaria a la que nada ni nadie asustaba. Fui Julieta, el fantasma de la ópera, una bruja malvada, el hombre de paja y una ratita presumida que cambiaba el lazo por un collar hecho de gajos de mandarina.

Crecí y aprendí que aquello que de pequeños llamamos sueños solo se cumple si pones en ello todo tu empeño y, aun así, la mayoría de ellos acaban siendo pesadillas. Aprendí que mis sueños de pequeña solo eran ilusiones magnificadas por la fantasía que deberían vivir todos en su infancia.
Creces y aprendes que soñar se reserva a las horas en las que duermes y que, solo siendo realista, puedes cumplir aquello que de pequeña llamabas sueños.
Crecí y cambié zapatos para volar de puntillas por zuecos de trabajo; unas alas de brillantinas por la rutina y las prisas; y un mundo de sueños por una realidad que unas veces te revive y otras te asesina.

Hace unos años llegó a mi vida lo único con lo que jamás había soñado.
4 de marzo fue el día que ella escogió para llenar mi vida de su aroma. Estaba feliz y aterrada al mismo tiempo. La miraba y mis ojos por momentos lloraban de alegría para cambiar, de pronto, por el llanto de una madre primeriza a la que todo le parece una aventura para la que no cree estar preparada.

La chica alocada que se comía el mundo dio paso a una mujer que aprendía a golpes de insomnio que todo se detenía cuando ella necesitaba comer o un cambio de pañal.
Me acostumbré a dormir a deshoras, a comer cuando ella dormía y a valorar como un tesoro cada minuto que ambas compartíamos, tanto como cada minuto que alguien me relevaba en sus cuidados y yo me dedicaba tiempo a mí misma.

Aprendí, aprendimos juntas, qué canción le gustaba y con cuál sacarle una mueca; que ambas preferíamos dormir con todo a oscuras y que los paseos en otoño los disfrutábamos más que cualquier otro.
Juntas hemos contado estrellas sin movernos de la cama, volado por el salón simulando ser pájaros y nos hemos transformado, bailando, en taza, tetera, cuchara y cucharón.

Crecemos, juntas, y sus éxitos son también míos; y sus pequeños fracasos se convierten en una oportunidad para convertirlos en una nueva victoria.
En el día a día sus dolores a mí me desgarran y sus sonrisas me calman. Mi impaciencia se vuelve paciencia ante sus deseos de curiosear y el peor de mis días se transforma en alegría cuando sus ojos se fijan en los míos y sus labios esbozan una sonrisa.

Ella no lo sabe, pero me enseña cosas cada día, incluso de mí misma. Gracias a sus pequeños pasos aprendí que puedo hacer más cortas mis zancadas. Con sus llantos que, si susurro en su oído, ella se calma para dejarse acunar por mis palabras; y que la vergüenza y sentido del ridículo no existen cuando tienes hijos.

Ella no es consciente de que cuando ella tiene una herida, soy yo la que sangra; que cuando llora, yo enmudezco el llanto para ser quien la consuele; y que entiendo el significado de la palabra magia cuando observo cómo duerme.

Ella desconoce que no soy tan lista como cree y que aprendo con cada lección que estudiamos juntas. Que mi fortaleza se nutre de ocultarle a ella mis debilidades y que cada vez que, unidas, soñamos e imaginamos, es ella quien me regala volver a ese salón de mi infancia.

Ella es pequeña y por eso no es consciente de su grandeza.

No sabe que llegó, se instaló como inquilina permanente entre mis costillas y se convirtió en un sueño cumplido que ni siquiera había soñado.

 

Visita el perfil de @_vybra