Un plan perfectamente improvisado – @igriega_eme

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Podría pasar no sé si un día o una vida completa contemplado las estrellas de polvo que flotan cada vez que descorro las cortinas para darle un vistazo a las carreteras de luz que se forman en el muro tapizado de flores.

No sabía si elegir una pintura a rayas verticales, trazadas del piso al techo, de unos diez centímetros de ancho, alternadas una negra y una oro. La combinación y el diseño me parecía osado para el pequeño espacio que ocupaba mi habitación, en la cual había un librero, una lámpara de mesa, libros bajo la mesa y dos muebles en cuadrícula, repletos de zapatos presentados por gama de color y donde destacaban principalmente los de tacón alto.

El negro y el oro hacen un contraste perfecto entre sobriedad y elegancia. Escucha decir alguna vez que las personas que acostumbran el negro para vestir, de una forma inconsciente desean pasar desapercibidas; cierto o no hay una predominancia de este color aquí o allá entre mis pertenencias desde las más preciadas, hasta las más absurdas.

La breve existencia de las flores, pareciera un símil en cámara rápida de la vida propia, nuestra existencia es un crecer, florecer y marchitarse inevitable. Para algunos el proceso ocurre en ochenta años y para otros toma menos tiempo. Parece que la perfecta maquinaria humana que somos y que alguien o algo ha creado para un propósito aun desconocido, tiene una vida útil promedio de cuarenta años. En numerosos casos todo funciona en su mayoría bien hasta aproximadamente alcanzar esa edad, y casi como por arte de magia, los ojos sufren un desperfecto en el que las cosas se ven mejor a distancia, no solo metafóricamente hablando: la vista se ha cansado. Hay quienes se hacen de la vista gorda siempre y supongo que esas vistas se cansan un poco antes, tener sobrepeso siempre juega en contra de la salud.

Elegí el tapiz de flores, parecen dibujadas a mano por algún chiquillo, en tonos muy neutros pero con la orilla remarcada con una fina línea negra que va delimitando la frontera entre pétalo y pétalo, entre tallo y hoja, entre una y otra, sin más, sin un orden en particular, sobre un gran lienzo casi blanco, como si fuera el resultado de un plan perfectamente improvisado, así, como la vida misma, como la nuestra y la de las flores, en las que a pesar de las listas mentales, los aprendizajes, las reglas, los límites, siempre hay que hacer gala del as bajo la manga para sobrevivir a las sorpresas no esperadas de cada día y con cada persona que va entrelazando la suya con la nuestra.

Es que no hay nada tan perfectamente improvisado como la vida, la supervivencia depende en buena medida de utilizar el conocimiento con ingenio y creatividad para inventarse un presente y deconstruir y construirse un mejor futuro.

Hoy no hay sol. Ha sido imposible ver las partículas flotantes que para otros serán mundos enteros. Las flores me han recordado una vez mas la brevedad y eternidad de los instantes felices y es que no hay flores tristes, sólo moribundas.

 

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