Un pecado original – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Por deformación religiosa siempre hemos pensado en el pecado como todo aquello que estaba alejado de la buena conducta, como todo aquello que debíamos evitar para ser salvados, como todo aquello que sacaba de nosotros lo perversamente irrefrenable y nos convertía en ejemplos poco dignos de personas.

Y hemos oído hasta la saciedad hablar de los siete pecados capitales como ejemplos extremos de todo eso en lo que no tendríamos que caer para ser equilibrados: la lujuria, la pereza, la gula, la ira, la envidia, la avaricia y la soberbia.

Estos vicios humanos (tan extendidos como habituales) llevados al límite, han sido considerados dañinos para la propia personalidad desde tiempos pretéritos. Así sucede con el deseo sexual irrefrenable que hace que perdamos el raciocinio, la glotonería incontrolada que puede llevarnos a desarrollar un comportamiento destructivo con nuestro propio cuerpo (hágase extensivo al consumo de sustancias estupefacientes o inhibidoras de la realidad), el afán desmedido de acumular bienes en propio beneficio personal (tan de moda en estos tiempos de corrupción), la desgana exagerada que nos puede llevar a abandonarnos tanto física como mentalmente, el sentimiento incontrolado de odio o enfado que nos impide ver el día a día con positividad y optimismo, el deseo de poseer virtudes o actitudes ajenas que nos induzca a desearle incluso el mal al prójimo, y la inevitable (y tan extendida hoy en día) sobrevaloración del “yo” en detrimento de los demás, deseando destacar en importancia sobre cualquier otra persona con una exagerada superioridad que, normalmente, es subjetivamente ficticia.

En algún momento de nuestra vida, casi todos, creamos o no, seguramente habremos sucumbido a alguno de esos denostados y perjudiciales pecados considerados capitales por la religión católica por ir en contra de lo que debería ser, sentir y transmitir una persona que aspire a transmitir la creencia de un reino de Dios positivo a los demás.

Pero la sociedad ha cambiado, en algunas cosas para bien y en bastantes para mal, y esta lista confeccionada en el siglo VI por el papa San Gregorio Magno se nos antoja bastante incompleta en comparación con lo que la realidad nos sirve ante los ojos cualquier día de la semana cuando contemplamos un simple informativo en televisión. Rara es la noticia positiva con la que nos amenan la sobremesa. Desde que comienza hasta que acaba, un telediario se ha convertido en un trágico relato de sucesos dantescos que van casi siempre relacionados con la falta de respeto ajeno: a las opiniones, a la vida, a las actividades y a los derechos de los demás. Desde el hijo de puta que asesina a su exmujer, hasta el que secuestra a una chica que paseaba, pasando por la represión de aquellos que no piensan según el orden político establecido, el insulto y la demagogia para intentar tumbar casi sin argumentos la opinión ajena, el hurto, la estafa y el engaño como «modus vivendi» de aquellos que se sitúan en cotas de poder, la ridiculización de aquello que consideramos diferente a lo propio, el desprecio a las realidades humanas y sociales diferentes a las nuestras o la absoluta falta de caridad con aquellos que no tienen las mismas condiciones sociales de nacimiento de las que disfrutamos en los países algo más avanzados.

Damos bastante pena. Cada vez más, y nada tiene que ver con religión alguna. Damos pena incluso en la forma de dirigirnos unos a otros en las redes sociales, despreciando las posturas diferentes a las propias, insultando de manera gratuita a gentes que no conocemos, juzgando sin conocer las vidas ajenas, acosando sin pudor y con la cobardía del anonimato a quienes consideramos erróneamente objetos sexuales facilones, menospreciando estereotipadamente por simples cuestiones de género, supervisando o instruyendo comportamientos en los demás de forma que renuncien a la libertad de expresarse o hacer lo que les venga en gana, o haciendo la vida imposible a quienes no se interesan por nosotros de una forma totalmente libre y lícita. Somos muy cansinos y muy quejicas. Damos pena y bastante asco.

Debería ser otro pecado capital convertirse en un cabronazo virtual de esos que ni viven ni dejan vivir, que stalkean impúdicamente todo lo que otros escriben sin que exista ninguna doble intencionalidad o que se encelan sin motivo suficiente por el simple hecho de intercambiar tres saludos y dos opiniones con gente que no se conoce pero se aprecia por el sencillo trato cotidiano. La amabilidad por pura amabilidad ya es casi una quimera. En estos tiempos de falta de valores personales y de un total desconocimiento de lo que es la ética, la lista de pecados capitales ya poco o nada tiene que ver con las convicciones religiosas de nadie. La religión se ha quedado como una libre opción personal de enriquecimiento espiritual de quienes así lo quieran, pero la ausencia de ella no hace mejor a nadie por mucho que así lo crea. El pecado tiene mucho más que ver con la injusticia humana y con la falta de nobleza que se han apoderado de nosotros.

Sin embargo, ante este pesimista panorama que presenta esa humanidad tan cercana y tan real a la que todos pertenecemos, a este romántico no impostado que aún sigue creyendo pese a todo en la bondad de ciertas personas y en las cualidades que las hacen sumamente atractivas para la inteligencia emocional, nadie le puede hacer perder la esperanza, y sigue creyendo que, muy por encima de toda esa interminable lista de pecados capitales más o menos actualizados, hay uno que los supera a todos ellos y que nos lleva a perder totalmente la brújula de la felicidad personal.

Ese pecado es el no quererse de verdad, el no entregarse por entero, el no comprender que la felicidad completa y sencilla puede residir en cosas tan simples como una conversación inteligente, madura o morbosa, en una caricia a pieles desnudas después de haberse entregado los cuerpos, en una sintonía mental relacionada con la ternura la sensibilidad y el cariño y, en definitiva, en no saber darle la enorme importancia que tiene el amarse con mucha paciencia, mucho entendimiento y con todas las consecuencias.

Si amaramos más y mejor, todo lo demás sería menos pecado porque tendríamos la capacidad de sobreponer la importancia del quererse a la de desear lo ajeno, envidiar lo inalcanzable, abandonarnos al sopor, estar perpetuamente enfadados, devorar sin control lo que no es realmente necesario, acumular sin ton ni son o creer que somos lo único importante de esta vida.

No queridos míos: a estas alturas de nuestra vida, el error más definitivo que podemos cometer es el de no saber -ni querer- respetar y amar a los demás en su diversidad como nos queremos a nosotros mismos. Ese mandamiento universal de los cristianos perfectamente extensible a los agnósticos o los ateos, creamos o no creamos, tiene la llave de esa efímera felicidad que tantos buscan y jamás encuentran porque no son capaces de levantar la vista de su propio ombligo.

Impedir que nos quieran por simple autoprotección y no aceptar querer a los demás como son, sí que, en estos tiempos de descrédito, es un auténtico y gravísimo pecado original.

 

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