Un mensaje inesperado – @soy_tumusa

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“…Los besos que perdí, por no saber decir: te necesito”

Debe ser parecido al coma; despertar cada mañana sin querer despertar, sin ganas de nada, sin fuerzas en el cuerpo ni para abrir los ojos sobre todo para respirar en esta realidad.

Esa almohada sigue vacía. Después de tres meses sigo abriendo los ojos y mirando hacia el mismo lado para ver cómo duerme, pero no está. Ocupo su lado con cariño intentado oler su aroma, del que ya no quedan ni la sombra ni el hueco. Después de tres meses, sigo poniendo las mismas sábanas color pastel cada semana, sin ganas. Pero eran sus favoritas, seguro que, si vuelve, le gustaría ser abrazada por ellas.

Ese desayuno ya no sabe igual. El café esta frío y triste, como una parada del metro a las 6 de la mañana, ni siquiera las tostadas me saben a pan. Sin ella es como comer sin sal y beber solo agua cuando apenas tienes sed.

He aprendido a vivir odiando enero, pero sin olvidarme de aquel día, porque sigo teniendo el mismo frío que cuando se marchó. Salió entre bolsas, decepción y silencios por la puerta, mientras yo, sentado en el sofá, apenas dije nada. No se fue, la dejé marchar, y fui incapaz, por mi soberbia y por mis “cojones”, de asomarme al balcón y lanzar un “te necesito”. Quizás no hubiera frenado su huida, pero seguro que sí habría calmado alguno de sus gritos que salían desde el silencio. La perdí por no saber decir “te quiero” y no es que no lo sintiera, pero estaba seguro de que ella no lo necesitaba oír. Y qué equivocados estamos porque, al final, somos lo que nos callamos y eso, a la larga, también duele.

Decidí creer que eso de ser atento no iba con ella, era autosuficiente, con carácter, con personalidad, decidida y arriesgada como el que se tira de un puente atado a una cuerda un domingo por la mañana. Así era ella y yo la abandoné. No hubo detalles y ella se los dedicaba, dejó de haber cenas y ella salía con sus amigas, no hubo palabras y ella las entendió todas, no hubo atenciones y ella se cansó y el final de nuestra historia fue como bajar corriendo una ladera, sabiendo que en cualquier momento vas a tropezar y caer. Y yo me di tal porrazo que aún sangro, sangro por dentro, por donde no se ve, por donde las cicatrices jamás se terminan de curar.

“…Y la vida siguió, como siguen las cosas

Que no tienen mucho sentido…”

Ya son casi tres los meses insípidos y la recuerdo en mi cama cada noche, cada mañana; hay que ver lo insulsa que se vuelve la vida cuando un pedazo de ti se desprende como un bloque de hielo de un gran iceberg. El ruido que hace al caer debe ser comparable al dolor que siente mi corazón cuando veo sus llaves sobre la mesa de la entrada cada día y ella aún sin aparecer. Cuando veo su sombra de ojos marrón glacé en el cajón del cuarto de baño y sus bragas negras revueltas entre mi ropa interior. No me avergüenza decir que las huelo cada día, buscando un poco de su aroma y ser. ¡Dios!, la extraño tanto que parezco un vagabundo mendigando por su piel, sin hambre de nada, sin sed.

No espero que vuelva, jamás lo haría. Ella sabe tomar decisiones mejor que yo, pero me ahoga pensar que jamás la oiré, por eso le dedico cada mañana un mensaje en su contestador. Al menos escuchará todo lo que en estos años callé y, aunque ahora ya no tenga sentido, hablarle es lo único que alivia a mi alma. Noventa días sin olvidarme de un “te quiero”, “un saludo”, un “no te olvido”, un “espero hablarte pronto”… Y sobrevivo fumando por las esquinas y escuchando al eterno Sabina, sin noticias, sin besos ni caricias, simplemente a la espera de que descuelgue su teléfono y un mensaje inesperado me sorprenda con un “Todo ha pasado, no te he olvidado, te querré siempre. Anabel”.

 “…Y la sangre al galope por mis venas,

y una nube de arena dentro del corazón,

y esta racha de amor sin apetito..”

 

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