Un día de ira – @dtrejoz

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La ira que guardamos dentro se manifiesta el día menos esperado, no necesariamente el día que la adquirimos.

Dicho esto, la historia nos lleva a ubicarnos en la pequeña población rural de Upala, zona norte de Costa Rica, colindante con Nicaragua, entre el río San Juan y la cordillera volcánica de Guanacaste. Ahí, a las faldas de los volcanes Tenorio, Miravalles y Rincón de la Vieja, se ubica un pueblito de caminos de barro y casitas construidas en laderas, de grandes potreros y pequeños (por no decir nulos) intentos de modernización, es un lugar de vaqueros, hombres a caballo arreando ganado por la planicie y la montaña, llevando y trayendo encomiendas. Estamos en Santo Domingo de Upala, aquí no hay luz eléctrica, la iluminación es con lámparas de canfín, el agua del pueblo se obtiene de un pozo común, que todo el pueblo cuida con especial esmero, hay una pequeña escuelita con dos aulas, en una de ellas una maestra le da lecciones a los niños que van de primero a tercero, en la otra un maestro da lecciones a los de cuarto, quinto y sexto. Justo en ese salón de clases empezó todo. En la esquina inferior derecha del salón se sentaba “el cholo”, desde su pupitre no dejaba de admirar a la niña de la tercera fila, la de coletas amarillas, la bella Ingrid Marchena, era su diosa, su desvelo, su adorada, hasta el día que llego “el canelo”, el hijo de don Joaquín Sarmiento y la besó en las gradas, era el final del invierno del 77 y la escuela nunca fue lo mismo para el cholo, ni aquellas gradas, ni nada en la vida, una raíz de amargura le nació en el pecho, aunque jamás se le oyó decir ni una palabra al respecto. El pueblo se completa con una pequeña ermita, una descuidada cancha de fútbol y El Comisariato. (Éste último era el lugar obligado de reunión al atardecer)

En esos pueblos se sale de la escuela a sembrar yuca y a ordeñar vacas con los padres, nadie aspira a un colegio, ni a una carrera, ni a nada ( y no es que no sea honorable, simplemente nadie tiene visión más allá de los potreros) El cholo pasó su infancia y adolescencia con su hermano mayor, Lucho era un año mayor que el cholo, pero nadie lo notaba, parecían gemelos, estaban juntos siempre que sus obligaciones lo permitían, a veces de pesca, a veces de caza, a veces de siembra, en las tardes iban juntos al fútbol y cuando crecieron también iban juntos de copas, los hermanos Brenes eran inseparables. Entonces llegó el verano del 86. Santo Domingo, después de treinta años, llegaba de nuevo a una final de fútbol regional de la mano de los hermanos Brenes, eran días de gloria para el pueblo, era la noticia de todas las tardes de café y de elote sancochado con mantequilla.

¡Pero qué cosas tan raras se inventa el destino!

Resulta que el otro equipo finalista era San Luis, pueblito vecino que junto a Bijagua cerraba el triángulo que empezaba con Santo Domingo, el tráfico de ganado entre los tres pueblos era cosa de todos los días, de un lado a otro iban y venían vaqueros arreando vacas, era el trabajo de los habitantes de la zona, si no tenías dinero para tener una hacienda con muchas vacas, entonces eras vaquero y arreabas vacas para ellos. Y resulta que en el equipo de San Luis jugaba el canelo… Cuando el pitazo final dio como ganador al hijo de don Joaquín Sarmiento, el cholo, muy adentro, sintió que ya era la segunda vez que el canelo le arrebataba algo que debió ser suyo, volvió a pensar en Ingrid, y aquella raíz ya tenía un tallo, y algunas ramas.

Entonces pasaron un par de años y todos olvidaron que el canelo fue el que metió el gol con el que San Luis le ganó la final a Santo Domingo, “no hay peor cuña que la del mismo palo”, dijeron los que saben, pero el cholo no olvidaba, tenía una herida que sangraba y nadie lo notaba. El trabajo para esa época se puso muy escaso, el mayor de los hermanos Brenes salió a buscar trabajo a la zona de San Luis y por primera vez en la vida, el cholo se sintió muy solo, y con mucho tiempo para pensar tonterías. Tuvo entonces don Elías la idea más loca de todas. Abrió un concurso para escoger un vaquero, el que ganara la competencia sería su vaquero de confianza, el que arrearía su ganado de forma exclusiva, eso significaba tener trabajo todo el año, algo que por aquel tiempo era difícil de pensar. El Canelo le volvió a ganar. Y la raíz que ya tenía tallo y algunas ramas, dejó ver una parte del fruto que tendría por cosecha. El cholo maldijo al Canelo, lo hizo desde el más absoluto silencio, se ahogó en su ira, se quedó toda una noche pensando en lo fácil que sería asesinar al Canelo, limpió su rifle, el de la mira telescópica, lo desarmó y armó varias veces, limpió cada sección con sumo cuidado, revisó que todo estuviera en excelente estado y lo llenó de balas, planeó cada detalle para terminar de una buena vez con la vida de ese miserable que se había empeñado en robarle sus logros, una vez más no sucedería, tomaría su vida a cambio de aquel beso en las gradas, a cambio de aquella final de fútbol, a cambio de aquel empleo que también le había ganado, no necesitaba más excusas y tenía un plan perfecto. Todos los detalles estaban listos. Todos sabían en el pueblo la ruta que utilizaba cada vaquero para arrear el ganado, y el cholo conocía de memoria la del canelo. Al fin llegó el viernes, ese día se sabía que vendría el Canelo. Decían que llegaría a eso de las dos de la tarde, que vendría arreando por el paso del Aguacate, por donde llaman el Desmonte, era una ruta que beneficiaría su plan, hay muchas matas de plátano y árboles frutales, es el lugar perfecto para una emboscada. Ahí estaba el cholo desde mediodía, escondido entre la maleza, atisbando a lo largo del camino, llenándose de valor para cometer aquel crimen, aquella cobardía, una y otra vez se decía a si mismo que se lo merecía. Y fueron las dos en el reloj. Y empezó a verse polvo a lo lejos. Venía un vaquero arreando un ganado. Venía el Canelo a morir sin remedio. Apoyó el arma con total alevosía en una rama de un naranjo, asomó el ojo derecho por la mira, respiró profundo para calmar las ansias y esperó. Esperó a que el Canelo se acercara. Entonces fue cuando lo vio, con la cara cubierta con un pañuelo para no respirar todo el polvo que levantaban las vacas. Lo midió, lo esperó, volvió a respirar y lo siguió esperando, quitó el seguro y puso el índice en el gatillo…ya no había nada que pensar.

-Bang!

Un único disparo directo a la frente. Le hubiera gustado descargarle toda la recámara del revolver pero no podía llamar demasiado la atención, con un sólo disparo bien colocado le bastaba. Lo contempló. El Canelo tardó unos ocho segundos en caer del caballo, pero murió instantáneamente. El ganado huyó en todas direcciones asustado por el disparo, y el cholo corrió cobardemente a esconderse a su casa, a seguir con el plan que tenía preparado, según su madre estaba durmiendo en el granero como lo hacía después del jornal, su coartada era creíble. Fueron  las cinco y tuvo la genial idea de ir al comisariato, ahí se reunían todos los vaqueros después del trabajo, especialmente en viernes, y más cuando había pago, además, sería muy sospechoso no asistir al comisariato el día que mataron al Canelo, podrían sospechar de él, sospecharían de cualquiera que no estuviera.

Llegó al comisariato sobre su caballo, a pasito lento, y desde que se acercó al negocio empezó a sentir que algo no andaba bien, todos lo veían extraño, pero siguió y entró al lugar sin darse por aludido, aunque todas las miradas estuvieran sobre él. Las sentía. Fue directo a la barra y pidió una cerveza, tomó la jarra y se fue al rincón a saborearla, estaba fría. La situación se salía de control. Todos murmuraban. Lo veían y murmuraban. Veía caras tristes, gente que lo conocía y que no se animaban a saludarlo, se acomodaban el sombrero y hablaban bajito en sus esquinas. Entonces tuvo miedo. Miedo a que alguien lo hubiera visto matar al Canelo, miedo a ir a prisión por el resto de su vida, miedo a quedar como un cobarde. Fue cuando vio al alguacil levantarse de la mesa y caminar hacia su rincón… Una gota de sudor se desprendió de su frente, resbaló por su sien derecha y fue a estrellarse en la punta de su bota, puso la mano lentamente en la funda de su revólver y le quitó el broche, mientras contaba los pasos del alguacil que se acercaba.

  • ¿Cómo estás cholo? Le preguntó el alguacil, con voz sabia y tranquilizante.
  • El cholo respondió con un movimiento afirmativo de barbilla, mientras miraba a su alrededor, intentando descifrar si alguien quería dispararle.
  • No deberías estar aquí, continuó diciendo el alguacil, y el cholo sintió un escalofrío recorrerle toda la médula… El silencio entonces se apoderó de la estancia, el cholo soltó la funda de su revólver y se preparó para extender sus manos a las esposas del alguacil.
  • Ahora debes comportarte cómo un hombre, cholo, ponte de pie y ve a casa, debes darle una noticia a tu pobre madre… Hace tres horas, aproximadamente, asesinaron a tu hermano en el paso del Desmonte.

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