Últimos días de marzo – @LaBernhardt

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Llega octubre y siempre me acuerdo de los últimos días de marzo y esto no tiene sentido para el resto de la gente pero sí para mí y, supongo, para el chico de los ojos verdes.
Hace un tiempo conocí a un tipo increíble que se emocionaba con Andrés Neuman y escuchaba entrevistas de Vila-Matas en el coche. Contaba dibujos porque eran cuentos y a veces escribía.
Y como sucede con las cosas buenas, las realmente cojonudas, llegó en mi peor momento.
Yo salí aquella noche de octubre porque el psiquiatra me lo había ordenado, sal, que no puedes seguir escondiéndote del mundo y yo que tenía la voluntad y la rebeldía dormidas a pastillas, salí.
No recuerdo porqué acabé en ese bar con árboles de plástico y lucecitas en el techo; imagino que alguno de mis amigos pensó que a cualquier cuentacuentos le molaría esa decoración. Yo, en realidad, no estaba para bares ni bosques urbanos.
Recuerdo que alguien me dijo Sálvame, por favor. Recuerdo que sonreí sin ganas y le sugerí que se buscara otra tabla de madera si quería flotar, que yo no estaba para nad…que no, que digo que me salves de esto: y señaló a una araña que tenía en la manga de su camisa.
La araña era grande, de verdad, o todo lo gigantesca que puede llegar a ser una bicha de ocho patas en pleno centro de la ciudad.
Como sentí un poco herido mi ego, que no era un (otro) depresivo con o sin papeles que pretendiera contarme su vida, que no era un tipo intentando ligar, como me sentí más pequeña que la araña de su manga le di un guantazo con la cazadora y ni idea de a dónde fue a parar el bicho.
Sonreí y desaparecí entre la gente. Unas semanas más tarde, en Mercadona, lo encontré haciendo cola en el pescado. Nos quedamos mirando, creo que no me reconoció. Mejor.
Pero hay que ver qué canalla puede ser el mundo cuando se estira y se encoge para que te encuentres o no con alguien porque en apenas unos días volvimos a coincidir en una obra de teatro, que si era la que no le tenía miedo a las arañas, que sí, la del otro día, en el bar de los árboles de plástico.
Me pilló de buen humor y charlamos un rato, justo antes del comienzo de la obra, ¿en qué fila estás?, en la 7, vaya, yo en la 16 y adiós.
El resto lo hizo IG, que cada vez se parece más a Face y eso es un poco puag. No recuerdo haberle enviado una solicitud de amistad pero posiblemente lo hiciera. Y empezamos a hablar, a reír él, que yo sólo sonreía y eso ya era mucho para mí. Nos contamos todas las vidas; las que vivíamos y las que queríamos tener. Y empecé a querer saber más cosas, a mirar el móvil por si me escribía. No sé, esas cosas que hace la gente normal en situaciones normales.
Yo no soy normal, me escribió un día. Ni yo tampoco. Reimos en mayúsculas, que era la máxima expresión de ay, qué risa todo.
Y un día, a mediados de noviembre, quedamos en un bar sin árboles de plástico para tomar una caña.
Sé que quise ser infinita ese día, muchos otros. Sé que los domingos yo era lienzo y él, pintor.
Nunca antes conté tantos cuentos sin público, sin tarima.
Aquel noviembre duró hasta marzo y no hizo frío ni hubo cajas de antidepresivos en mi bolso.
El noviembre que duró hasta marzo me trajo el dibujo más bonito que nadie me hará nunca.
Los últimos días de marzo anunciaban la primavera y todo volvió a ser oscuro, yo volví a mi habitación, a los pasillos de doble sentido, a las tardes de terapia, a las noches sin sueños. La vida se para cuando vuelvo al psiquiátrico y camina cuando, cada tarde recibo un dibujo.
Queda mucho para que llegue abril pero cada octubre me recuerda que los últimos días de marzo no son feos si el chico de los ojos verdes me dibuja mil cuentos.

 

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