Un último trago amargo, y nos vamos – @J_eSeKa + @reinaamora

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Con el viento, frío y seco, rompiendo mis recuerdos, erosionando las palabras que nunca te dije, incapaz de estar quieta, incapaz de estar parada. Varada, como siempre estoy, ya es invierno y nadie baja a buscarme al mar. Sin vírgenes ni tallas a las que encomendarme, me he cansado de aullidos verticales que no llegan a ninguna parte, de promesas oxidadas en un baúl de melancolías. En la misma playa en la que estuvimos, sin más cama que la arena, la misma sobre la que te escribo, veo lo mucho que lamento no haber dicho más.

Lamento no haber dado ese penúltimo paso. Lamento no haberte obligado. Lamento que no lo hicieras. La brisa se lleva tu nombre, letra a letra. Te alejas flotando en un remolino de cuarzo y lágrimas saladas. No te mereces ninguna, y, aún así, no quiero que nadie más las tenga. ¿En qué momento dejé que te alejaras? Mientras veo las letras que te he compuesto alejarse mar adentro, como la sirena que siempre fui para ti, retraso el instante en que me giraré para no encontrarte.

Algún día me cansaré. Algún día dejaré de bajar a esta playa a solas. Tu nombre ya está en alta mar, desnudo en su oleaje. Escribo el mío. Y veo como se desvanece, poco a poco, y va a buscarte. Sé que en esa mar gruesa de suelos estarán juntos. Estarás esperando.

Tal vez otra vida. Tal vez tenga que dejar de echarte de menos.

Tal vez…

 

«Póngame una botella de bourbon y un vaso corto».

Pensé que tal vez bastaría con un “Llevo vino para bebernos a morro. No te vistas, que tengo prisa”. Pensé que me atrevería a decírtelo. También pensé en decirte “Me he aprendido un poema. El mejor que podría aprender nunca, pero para recitarlo necesito tener cerca tus labios”. Y ahora, aquí, escondido en la taberna del puerto de este único trozo mar del mundo que no huele a mar y que sólo huele a ti, intentado cauterizar con alcohol mi maldita cobardía, la realidad es que estoy bebiendo como forma de tener la boca ocupada para evitar llamarte. Pensé que todo sería más fácil.

Vaya milonga. Se ha de ser muy gilipollas para considerarte mi tesoro escondido en una isla desierta y ser muy imbécil para suponer que sólo con seguir en el mapa las coordenadas de nuestros recuerdos bastaría para recuperarte. Ni yo soy Ulises, ni tú mereces ser Penélope y pasarte la vida esperando a un idiota que se cree tu capitán, obviando que más de un marinero está dispuesto a morir por ti. Yo no te merezco. Y eso me duele. Y me duele creer que en algún momento dejes de dolerme, y duele no odiarte por no retenerme; pero, sobre todo, duele pensar que realmente lo que más me duele es no saber si he dejado de dolerte.

Hoy vuelve a dolerme la herida de tu mirada del adiós.

Ya ves, me fui con nuestro castillo de arena a medio construir y he vuelto queriendo creer que lo tendrías declarado como patrimonio nacional. Que sólo con pronunciar la palabra exacta dejarías caer una sábana desde tu ventana. Que, esta vez sí, le quitarías la cerradura a la puerta para que nunca más se pudiese volver a abrir.

El bourbon solo consigue ponerme al borde del precipicio. Temo llamarte, pero aún temo más hacerlo para acabar soltándote una chorrada. Al fin y al cabo, este es mi cuento y no sé cuál es el tuyo. Recuerdo la noche que te llamó aquel tipo enamorado de ti y te quité el teléfono para decirle que hiciera el favor de dejarnos follar tranquilos. Hoy puedo ser yo ese tipo. El miedo hace cotizar las ilusiones en bolsa. Voy perdiendo. Ahora dudo que haya servido de algo volver hasta ti. Me conformo con que me ayudases a que el verme también te duela y preguntarte si serías capaz de beber por nosotros, en una copa rota. Brindar y después besarnos con los labios ensangrentados hasta bebernos un último trago amargo y nos vamos… dónde el reguero de sangre nos lleve.

Tal vez, bastaría con cruzar las dos calles que separan la taberna de tu casa, picar al timbre y decir… “Soy yo”.

Tal vez lo deje para otra vida. Tal vez tenga que dejar de echarte de menos.

 

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