¿Tú qué miras? – @chuzodepunta

David Araujo @chuzodepunta, krakens y sirenas, Perspectivas 2 Comments

Me llamo David, pero todos me conocen por Benteveo. El mote se lo debo a Andrés, un primo mío que había vivido en Buenos Aires. Cuando yo era niño me saludaba con lo que a mí me parecía un “qué bien te veo, David”. Mi  abuela me aclaró que Andrés en realidad decía “qué benteveo, David”. Le pregunté si se comían la “i” en Argentina y ella, a punto de atragantarse con la risa, me respondió: “Busca, busca en el diccionario el significado de Benteveo, todo junto”. Así supe que benteveo era un pájaro también conocido como “bicho feo”; en ese momento comprendí que siempre habría gente riendo a mi alrededor, pero mucho antes de eso yo ya sabía que los demás no dejarían nunca de mirarme.

No enumeraré las situaciones hiperbólicas que me acreditan como el no va más del espanto, pero créanme cuando les digo que nadie recuerda un caso de fealdad semejante al mío. Mi abuela, a modo de cuento, me explicaba que alguien se encargaba del reparto de atributos de los niños que iban a nacer y que, cuando este llevaba una caja con muchos kg. de imperfecciones para distribuirlas entre varios infelices, se tropezó y desparramó todo el contenido sobre mí. Me reía mucho con mi abuela. Decía que no había que exagerar, que tampoco era yo tan distinto a los demás y, luego, aguantando una carcajada, glosaba la frase con un “tu sobaco, por ejemplo, no es más feo que otros sobacos”. Era la única que buscaba el lado positivo de mi repugnancia y me hacía sentir afortunado por no tener que preocuparme por los mocos o las legañas, puesto que, según ella, era imposible que mi cara fuera más ridícula, por muchas cosas que se le añadiesen. Cuando me quejaba de las burlas de mis compañeros de colegio ella me incitaba a no evitar la pelea, puesto que yo tenía bastante menos que perder que los demás: “Por muchos golpes que te den, a ti no te van a empeorar. Tú ya eres un cromito”.

Cierto es que había que ir muy despistado o con la mente muy ocupada para no reparar en mí. Mirarme era algo instintivo, un acto reflejo. Mi abuela eso lo entendía. Pero se enojaba mucho con la gestión posterior de esa primera mirada sincera, pura e inevitable. “Aparta la vista ya, so cretino, que se te ha quedado grabada la imagen de esta fealdad casi lúbrica hace un rato y puedes seguir rumiándola en tu cabeza sin molestar a la criatura (y, a pesar de su rabia, se reía cuando decía “criatura”). Fue así como empezó su cruzada personal contra los que me miraban, como ella decía, “de más”. Me divertían tanto sus reacciones que tardé en darme cuenta de que se estaba volviendo loca la pobrecilla. No lo vi venir, y aún me siento culpable por ello.

Al principio no se dirigía a nadie en particular, y sus suspiros, gruñidos y vituperios eran un puro desahogo que quedaban entre ella y yo, hasta que pronto se convirtieron en retos a los chismosos de turno. Una vez le dijo a una señora que iba sentada frente a nosotros en el metro “espero que, al menos, lo cague en un sitio bonito”. “¿Cómo dice, señora?”. “Digo que, ya que se está comiendo a mi nieto con los ojos en un lugar tan feo como este, al menos tenga la decencia de cagarlo en un sitio bonito”. Ese día mi abuela, consciente del orgullo que sentí por su forma de actuar, me dijo: “La gente es muy maleducada, Benteveo, y la mala educación se combate con poesía”. Y a ella misma le debió de impactar esta sentencia porque a partir de entonces comenzó a recitar versos a todo el que me mirase “de más”, sin llegar a pronunciar el “¿tú qué miras?” que tan ordinario le parecía. Tenía mucha clase mi abuela.

Un día estábamos en una cafetería desayunando y, de repente, cogiéndome del brazo, me aúpo de la silla. Me dirigió hacía una chica que me había estado escrutando durante unos minutos y encarándome con ella le soltó: “¿Nunca has pensado, amiga mía, que el cuerpo al desnudarse está más junto? Y luego, en el momento que lo miras, cobra su exactitud porque el mirar lo va configurando”. Sin darme tiempo a reaccionar, mi abuela salió del local señalando a la muchacha con el dedo y diciéndole que debería leer más a Luis Rosales y mirar menos a los niños, aunque estos fueran “más feos que tropezar descalzo”.

En otra ocasión, susurró al oído de un vecino con el que subíamos en el ascensor, y que se había pasmado con mi imagen reflejada en el espejo, “los ojos, sí, los ojos, qué descreo, del que los hizo para tal empleo, ¿no?”. Cuando el hombre se bajó en su planta, con cara de horror, mi abuela, guiñándome un ojo, le gritó “Hasta luego, estudiante de Salamanca, dale recuerdos a Espronceda”.

La cosa no quedó ahí y empezó a adoctrinarme para que fuera su gregario activo. Decía que Alejandra Pizarnik se equivocó con lo de que “una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo; la rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Según mi abuela, la rebelión podía ser eso, pero sobre todo consistía en saber cuándo dejar de mirar. Me convertí en mercenario de su guerra contra el impertinente. Estábamos en el parque, por ejemplo, y me prometía que me regalaría la videoconsola si iba donde aquella familia que me miraba ensimismada y le recitaba a una de las hijas, más o menos de mi edad, el “tus lindos ojuelos me matan de amor, ora vagos giren, o párense atentos, o miren exentos, o lánguidos miren, o injustos se aíren culpando mi ardor”. Yo así lo hacía y cuando regresaba corriendo, avergonzado, ella, adoptando la pose de Santa Teresa en pleno éxtasis, agitaba su mano hacia la familia, les gritaba “Meléndez Valdéééés” y, tras prorrumpir en carcajadas, volvía a la carga, con una especie de alarido, “el poeeeeeta, no el del café”.

Conseguí asimismo mi primer portátil hincando la rodilla en el suelo de la librería del Corte Inglés para decirle a una dependienta -que, según mi abuela, nos seguía, fingiendo que lo hacía para atendernos, cuando en realidad estaba fisgoneando en el entramado de asimetrías que yo era- “y los ojos, que juegan a mirar luego se clavan en plena vida, y este blanco soy, este amoroso de tu noche”. La mujer mantuvo el tipo y cuando mi abuela le preguntó si tenían libros de Enrique Lihn respondió que tenía que mirar. “No, si mirar no paras de mirar, lo que tienes que hacer es documentarte”, le dijo.

Mi abuela, como se imaginan, acabó perdiendo el juicio por completo. Cuando la internaron  ya casi todo lo que decía, sobre ojos y miradas, era poesía. Si el médico la auscultaba ella le recitaba el “ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sois alabados ¿por qué, si me miráis, miráis airados?”. El doctor, con una sonrisa tierna, le decía “Gutierre de Cetina” y ella, no sin coquetería, exclamaba: “¡he aquí un hombre que saber mirar, al fin!”. Nunca dejó de reír. Tengo grabadas las últimas palabras, suyas, sin parafrasear a nadie, que me dirigió, acariciándome esta pesada broma que es mi rostro: “Benteveo, geometría infortunada, eres lo más feo que he visto, pero lo más bonito que he mirado”.

 

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