Tres balas – @albayvalle

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Cerró la puerta tras de sí, intentando mantener el equilibrio y esquivar los remordimientos, pero éstos fueron más rápidos y se colaron en esa casa de paredes vacías y estantes sin recuerdos. Miró la hora en el móvil y pensó que hacía cuatro que se había dicho “la última y me largo”. Pero últimamente, la cosa no funcionaba así y la última siempre era la primera.

Se movía intentando no hacer ruido, movido por la costumbre, para no despertar a su mujer y a sus hijos que dormían ajenos o quizá no tan ajenos, en el hogar familiar. Le jodía el recuerdo, no era el momento de pensar, intentó apartarlo de su cabeza pasándose la mano por los ojos. Se lavó la cara y los dientes, como pudo, pero seguía ahí, persistente y tenaz. Se dirigió al sofá y se dejó caer abandonado sobre él, como una hoja muerta, quitándose sólo los zapatos.

La habitación le daba vueltas, los oídos aún estaban sordos a causa de los decibelios y de cuando en cuando se le agolpaban rostros desconocidos intercalados con los de la camarera, ella y los críos. Curiosamente, le venía también la imagen de su mascota.

“No quiero pensar”, se dijo nuevamente. «Mañana lo arreglo. Mañana voy temprano, antes de que se vayan al colegio y les preparo el desayuno, sacamos a la perra un ratito y le explico a ella que no se volverá a repetir, he aprendido la lección. Nunca más».

Se durmió reconciliado con este pensamiento.

A la mañana siguiente, le dolía la cabeza, pero no era lo que más le dolía. Había hecho propósito de enmienda, lo tenía cristalino, se lo explicaría y ella sabría entenderlo. No era la primera vez que la convencía y además, esta vez era la definitiva.

Se levantó casi esperanzado. Necesitó media hora debajo de la alcachofa. Las lágrimas, revueltas con el agua de la ducha, mojaban su cara.

Se vistió pulcramente para lo que consideraba un encuentro importante, como si fuese a cerrar un negocio decisivo. No sabía o no quería saber que ella hacía mucho tiempo que lo miraba mucho más adentro.

Por el camino, a pie, había recreado la escena: «Llego con buena actitud, cariñoso sin pasarme, la beso, le digo lo guapa que está, porque sin duda lo estará, y abrazo a los críos. Seguro que los pequeños me salen al encuentro. La mayor quizá esté algo más reticente».

Cuando llegó, ella ya salía con el coche hacia el trabajo. No lo miró, ni por dentro ni por fuera. Los críos andaban a la gresca, la mayor hablaba por el móvil y no levantó la vista. Él los abrazó conteniendo las lágrimas, se ve que no se habían ido todas por el desagüe.

“Papá, no llores, que mamá te guardó la cena. ¿Tienes hambre?”.

El perro le mordisqueaba los zapatos. Eso también le hacía llorar. ¡Esta alergia!

“Esta noche ceno con vosotros, prometido. Decídselo a mamá”.

La mayor seguía ensimismada con el móvil. Le envió un whatsapp con unos cuantos emoticonos y recibió tres puntos suspensivos como respuesta, como tres certeras balas.

Por fin le dirigió la palabra:

-Vamos, que llegamos tarde.

En el coche, los niños fueron cantando y él condujo cogiendo la mano de su adolescente que tuvo a bien no apartarla.

Hubo besos de despedida.

Y llegó la noche y volvió a enviar un whatsapp, esta vez a su mujer: “Lo siento, la reunión se ha alargado, cenad sin mí. Me quedo sin batería. Mañana nos vemos. <3”

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