Traiciones de mejor amigo – @Imposibleolvido + @MikiMausser

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Han pasado casi tres años y no he sido capaz de volver ni siquiera a pisar el valle. Han sido los tres peores años de mi vida. Cuando alguien dice que vive un infierno, esta permanente sensación de profunda amargura y pena es lo que debe sentir… Aun así, más hundido que tocado, Irene nunca me ha abandonado.

Perdí toda pasión y ganas de vivir en aquella maldita montaña, una fría noche de diciembre de 2019 y no sé muy bien cómo he podido llegar hasta aquí sin haber cometido una locura.

Yago era el tío más noble y sincero que te puedas encontrar en mil vidas. Uno de esos personajes que la gente que lo conoce califica de gran corazón. Un tío tranquilo y alegre al que le gustaba tratar con la gente bromeando hasta con su propia sombra.

Nos conocimos de niños, crecimos en la misma calle y siempre fuimos como hermanos, como hermanos que se aprecian hasta ese punto de llegar a dar la vida el uno por el otro si se daba la situación. Meriendas de pan y chocolate compartidas en la casa del otro, Scalextric, canicas… En la adolescencia nos aficionamos a la montaña y descubrimos en ella una de las pasiones más intensas que volveríamos a sentir. Comenzamos a amarla, a conocerla, a respetarla y a interpretar sus señales.

Cada vez teníamos más conocimientos,  mejor material, equipamiento y con ello la dificultad de nuestras rutas también iba aumentando.

Pasaron los años,  las vivimos de todos los colores, con todas las diferentes etapas y obstáculos imaginables, tanto en la vida como en la montaña, que era como otra vida muy diferente, una vida mucho mejor… Hasta aquel maldito domingo de invierno en la escalada donde nos vimos por última vez.

Su orgullo herido al saber que salía con su hermana, su estúpido enojo infantil al pensar que eso cambiaría algo entre nosotros, su absurdo enamoramiento platónico hacia mí…

No sé exactamente por qué no metió bien la cuerda en el mosquetón que lo sujetaba al arnés cuando ese era un acto mecánico para nosotros pero ese día habíamos discutido por primera vez en muchos años y eso es lo que me acompaña en mi condena, saber que la culpa fue mía porque jamás se debe perder la atención o distraer en plena escalada y no tendría que haberle explicado nada hasta terminar el día.

Yago cayó al vacío, no pude hacer absolutamente nada por impedirlo.

Le fallé en el único momento en que no debía fallarle. Lo traicioné y no soy capaz de  encontrar la manera de perdonarme por ello. La peor de las traiciones, traiciones de mejor amigo…

Tres años y aún me despierto en plena noche con la imagen de sus ojos clavados en los míos mientras se precipita directamente hacia el fondo de aquella pared de piedra.

Lo echo de menos tanto como si hubiese perdido a mi propio hermano.

Al llegar al hospital, se han llevado a Irene a monitores. El médico ha salido para pedirme que me arme de paciencia porque la cosa va para largo. Así que, tras sacar un “sucedáneo” de café de la máquina y acomodarme en estos incómodos sillones, me he puesto a pensar en él y no he podido evitar recordar algo.

Debíamos tener unos veintitantos cuando tras una larga tarde de porros y cartas entre amigos, Yago se quedó en mi casa a dormir con la firme intención de madrugar al día siguiente para subir al monte. Tras una ducha y uno de mis famosos bocatas de mejillones en escabeche, nos tiramos en el sofá a ver una película. Recuerdo que se giró hacia mí y me besó. Había tanto deseo en aquella boca que no pude sino devolvérselo. Todo fue muy rápido, su hambre, su lengua y luego, su vergüenza. Nunca lo volvimos a comentar entre nosotros, tanto fue así que a veces dudo de si tan sólo fue un sueño…

Hoy tendría que estar aquí a mi lado en esta espera. Debería estar conmigo.

La enfermera viene a buscarme y me lleva apresudaramente hacia la sala de partos donde está Irene. La matrona me dice que puedo colocarme a su lado, que no me ponga nervioso.

Pienso que para eso de los nervios ya vamos tarde.

Irene y yo nos miramos con una ligera mueca que se asemeja a una sonrisa cogiendo el aire casi a la vez.

El parto es largo. Irene sufre,  yo ya casi no siento la mano por la presión de la suya, aunque me da igual, sólo intento relajarla torpemente, hablándole, animándola, acompañándola, queriéndola con toda mi alma como ella siempre ha hecho conmigo cada vez que la he necesitado. De repente me sorprende un llanto. La comadrona nos enseña que es un niño. Se lo coloca a Irene en el vientre y él, tan diminutamente perfecto con sólo un minuto de vida, repta hasta el pecho de mamá.

Un niño, me dice Irene sonriendo, nuestro pequeño Yago.

Nos abrazamos, con Yago entre nosotros y lloramos, lloramos mucho pero ahora, curiosamente, ya no siento pena…

Catarsis. 21 de diciembre de 2022.

 

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