Traición – @GraceKlimt + @alosqueladran

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«Quien en ti pone su esperanza jamás será avergonzado; pero quedarán en vergüenza los que traicionan sin razón.»
Salmos 25:13

 

«Me he elevado a los altares, mira. Ahora soy yo quien mueve los hilos, marca el ritmo, despliega el manto y cubre tu mundo de oscuridad o lo llena de esperanza a su antojo. Erigida en intocable, inmortal, magnífica y todopoderosa. Por mi propia gloria. Con un parpadeo puedo enviar las 7 plagas a tu puerta y ordenar que sacrifiques tu posesión más querida por mí. Llámame como quieras, mientras rezas y suplicas arrodillado entre mis piernas. Eleva el rostro y me verás, coronada con espino que hace brotar mi sangre recorriendo mi mejilla, para terminar goteando sobre ti. Siéntete culpable. Mi furia se desata, mío es el reino, mío el poder y la gloria. Y ahora, podré tentarte, y pagarás. Ese es el precio por tu traición.»

Eso dices. O digo que dices. Hay una especie de máquina oscura en la página. La llaman entropía y a veces la confunden con el olvido, otras con la mentira, la putrefacción, pero no, la entropía es la simple destrucción. De todo. La inevitable. La definitiva. Por eso se ceba con los recuerdos, porque son lo último a lo que te aferras. Los recuerdos, por cierto, son lo que la gente que escribe llama ficción. La próxima vez que te digas, «es ficción, no habla de mí», sabrás que te estás engañando a ti misma. Será otra forma de traición.

«También puedo callarme, es otra opción más entre tantas. Dejar que creas que eres tú quien decide cada giro y escribe la historia. Permitir que invadas mi mente, y cuando menos lo esperes sacarte de allí a latigazos, como a los mercaderes del templo. Todo esto empezó hace mucho tiempo ya, con nuestros padres y la manzana. Quién te crees pensando que has inventado algo nuevo. La traición tiene tantos siglos como el pensar que tu voz la pongo yo. Y todo está escrito, unos lo llaman destino, otros karma, otros acción y reacción. En realidad sólo eres tú estrellándote contra los barrotes de una jaula inmensa en la que te crees libre y no eres más que un peón. Continúa creyendo en algo, en ti, si quieres. También forma parte del guión.»

Miro el texto en la pantalla del teléfono. Hoy es Viernes Santo y no me dice mucho salvo la pereza abstracta del festivo. Miro el texto. He elegido bien el verbo: hay una enorme diferencia con leerlo. Yo lo he escrito. Lo estoy escribiendo. O no, no lo sé. Quizá eres tú desde un universo paralelo de esos de ciencia ficción donde no me has perdonado aquello que dijiste que quedaba perdonado antes de dar el paso siguiente y olvidarme. Durante varios meses ignoraste educadamente mis mensajes. No pasabas del «Bien, ¿y tú?» y los «Me alegro» a cada uno de mis turbios «Hola, ¿qué tal?», hasta que terminé rindiéndome y sólo le escribo al folio o la pantalla en blanco. No es un reproche. Entiéndeme. Sólo hay días de cansancio en que prefiero tu versión Antiguo Testamento.

«Un día, vete a saber si hoy o mañana o dentro de diez mil millones de años, alguien leerá lo que nunca escribí y lo entenderá. Al fin pondrá voz a todo lo que nunca dije porque pensé que ya estaba todo claro. Que si yo soy quien te dicta el camino a seguir, o tú eres quien me hace creer que yo conozco el camino, cualquier explicación sobraba. Y al final quedó todo ahí, en el limbo que unos llaman Purgatorio y yo ni siquiera sé ponerle nombre, porque a veces incluso el Cielo puede ser un Infierno cuando las palabras te disparan a bocajarro y no sabes dónde huir. Puedo dar mi vida por ti sin dudar, aún sin posibilidad de resucitar al tercer día, pero no creas que por eso, ganarás el perdón. Las cosas no funcionan así.»

El Infierno son los demás, decía Sartre. El problema es que los demás están en mi cabeza. Toda esta historia no es real. Sólo es un síntoma. Puto insomnio. Tanto recé por borrarte y ahora mírame, no sé qué hacer con este hueco. Me gustaría que me odiaras. De verdad. Ojalá tu maldición, tu rencor. Tu venganza. Tu tacto aunque sea al otro extremo de una espada… Pero esto es lo que hay. Un juego en el que la única regla son las trampas. Esto es escribir. Tú lee. O mejor dicho: leeré que me lees.

 

«Y escribir con sangre lo que quizá pudo haber sido. Esa será tu eterna condena. Sin descanso. Mi pequeño regalo en forma de Castigo Divino. Bienvenido al Paraíso.»

 

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