Todo un caballero – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

No puedo dormir.
Aún no me he acostumbrado a la rutina de acostarnos a las 21:30 en punto cada noche. Todo en nosotros es rutina, orden, perfección… La suya.

Me apetece levantarme e irme al sofá a ver una película y comer chocolate, pero no puedo. No me deja. Ni siquiera puedo levantarme cuando le vence el sueño. Se despierta en cuanto mis escasos 50 kilos de peso no están en la cama.

– ¿Dónde vas, María?
– Al baño.
– No tardes.

Y así acababan todos mis intentos de ir al salón, sentada en la taza del baño sin hacer nada, salvo disimular. Hasta que dejé de intentarlo. No sé quién es el extraño que duerme cada noche conmigo, pese a llevar años casada con él.

Conocí a Eduardo en la facultad y me llamó la atención porque era todo lo contrario a los chicos que conocía y al círculo en el que yo me movía. Me fascinó la seguridad con la que se movía y hablaba, tanto o más que la firmeza con la que me abrazaba o cogía mi mano para pasear. Me encantaba estar con él. Tanto, que asistía a su club de debate solo por mirarle mientras defendía sus ideas. Estaba guapísimo.

Nos casamos a los dos años, una boda perfecta. Una boda que yo nunca había pensado así y me impuso. Vestido blanco y cientos de invitados, por la iglesia y, de menú, pescado. El viaje de novios a París, ya ves… aquí al lado, pero qué mejor destino, según el, que la ciudad de los enamorados. Menos mal que he conseguido disimular con mi mano la risa al pensarlo, no debo molestarle.

Vivimos en su casa, en la que mis cosas y yo ocupamos cada día menos espacio. Le gusta mucho la decoración y el orden; la televisión colocada a la distancia perfecta frente al sofá, la mesa perfectamente cuadrada en mitad de la alfombra, los cuadros todos imágenes en blanco y negro, y la única nota de color en nuestro, su, salón blanco y negro, es una figura horrible que le regaló su jefe como recuerdo de un viaje a la India. Aún no entiendo cómo ha aceptado que esa figura esté aquí… Podría tenerla guardada y colocarla solo cuando su jefe viene a cenar. Pero no, la odia y permite que ella sea la nota discordante en el salón.

Eduardo trabaja mucho y gana un buen sueldo, por lo que convino que lo mejor era que yo dejase mi trabajo de maestra y me dedicase a cuidar el hogar y a él. Nunca he sido una mujer hogareña, pero le amaba tanto que quería que lo nuestro funcionara y hacerle feliz. Intenté formar parte de su mundo de engominados y conversaciones serias, pero, cada vez que opinaba, Eduardo me silenciaba con su mirada de desaprobación y, de camino a casa, me explicaba los errores de mis ideas. Siempre dice que creo en utopías y que la realidad es muy distinta a como yo la veo y que con las ideas no se come o paga una hipoteca. Tiene razón, imagino, ya que Eduardo siempre tiene razón.

He aprendido a ser discreta, siempre en un segundo plano tras él. A veces me gustaría hablar y no solo sonreír, pero temo no acertar con mi actitud y he optado por guardar silencio. Eduardo siempre sabe qué decir y qué callar. Siempre brilla y con mi silencio, aún más.

Hace mucho que no veo a mis amigos, les echo de menos. Eduardo y ellos son incompatibles y yo no tengo tiempo para quedar con ellos entre cocinar, planchar, limpiar y colocar todo en orden milimétrico. Lo cierto es que no es solo por eso. A Eduardo no le hacía gracia cuando llegaba a casa sonriendo tras estar con ellos. Me interrogaba sobre qué había hecho, con quién había estado y qué había comido, o si había fumado. Ya no fumo, a Eduardo le molesta el humo. También las comidas grasas, los zumos envasados, el ruido o la música que no sea clásica… Hace mucho que no como una hamburguesa con patatas fritas.

Eduardo nunca está contento, siempre encuentra un error en mí y no duda en hacerme verlo… La comida demasiado caliente, el suelo no tiene brillo, el café está frío y yo no he sonreído ante su chiste. Su última queja es que me he descuidado, que ya no me arreglo como antes y me paso el día en bata y despeinada. Recuerdo cuánto me esforzaba por gustarle. La tarjeta de crédito que puso a mi disposición me permitía comprarme conjuntos caros de ropa interior, peluquería y bonitos vestidos. Me pasaba horas cuidando hasta el mínimo detalle de mi aspecto, para así contentarle y recibir su aprobación.

Una cena sana, la música adecuada y mis bragas acababan perfectamente ordenadas sobre el sillón antes de hacer el amor. Antes me esforzaba por agradarle, ahora me limito a cumplir órdenes. Sus deseos, que lo son. Ya no sé quién soy, solo soy lo que él quiere que sea. Lo que necesita que sea, una mujer que depende de él … Pero él no lo ve así, y yo he empezado a darme cuenta de que no debería ser así. De que esta no es la vida que yo había elegido para mí.

Él es el todo un caballero. A cualquiera que le preguntes te dirá que siempre es correcto, educado y galante. Dirán lo afortunada que soy por tener un marido tan trabajador y que somos el matrimonio perfecto. La realidad se vive de puertas para dentro.

Por fin se ha dormido, ahora yo puedo soñar despierta.

Me gusta el silencio de la noche por la tranquilidad exenta de sus reproches y, sobre todo, la calma de no sentirme observada por sus imperativos ojos. No puedo moverme de la cama, pero vuelo lejos de todo esto. Viajo, sin moverme del sitio, lejos de una vida que no quiero y me imagino sonriendo, bailando, gimiendo, siendo feliz. Me imagino viviendo.

Así paso las noches, despierta, viviendo una vida que solo existe de 22:00 a 7:00, que es cuando suena su despertador y me hago la dormida para que él reanude sus rutinas de ejercicio y aseo.

Aún tengo un rato de libertad, hasta que sus necesidades me arranquen de la cama para hacerle el desayuno. Su café largo con un chorrito de leche y la tostada de margarina y, para mí, desilusión y miedo. Un día más de vivir sin sentirme viva, de dejar su casa a su antojo y de contar las horas hasta el regreso de quien dejó de ser el amor de mi vida, para convertirse en mi carcelero.

No sé cómo salir de aquí, no sé cómo liberarme de mi encierro. No tengo dónde ir ni valor para emprender un camino, pero sé que debo hacerlo.

Llegará el día, lo sé, llegará el día en que encontraré el valor para alejarme de Eduardo. Pero hoy… Hoy ordenaré la casa y esperaré a que él duerma para soñar de nuevo.

 

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