Todo tiene un motivo – @AllOfMe39

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Me hallo acongojado por el frío y embriagado por el sabor a humo y tristeza de las cenizas de tu recuerdo.
Perdido entre la nada que dejaste tras tu partida y buceando en la laguna de silencios intentando encontrar alguna palabra que aún yace dormida.
Mis pensamientos revolotean como libélulas bajo la suave brisa otoñal. Se esparcen, sin descanso y sin demora, en cada charco de lágrimas que dejo a mi paso.
Mis huellas apenas dejan marcas en el suelo y mi reflejo en el espejo me devuelve la imagen de un hombre demacrado y consumido hasta ser tan solo piel y huesos, un fantasma que sujeta una colilla entre sus amarillentos dedos.

Escupo para no ahogarme con mi propio silencio. Hace tiempo que no encuentro una palabra adecuada, que no encuentro destellos en una mirada. He perdido todo rastro de sonrisas, de ternura, de caricias o de vida. Ya nadie comparte conmigo la luna a través de una ventana con vistas a un mar infinito.

La soledad se ha convertido en mi única compañera, en la ramera que me besa y promete fidelidad a cambio de que mis días se confundan con las noches y los segundos se conviertan en cadena perpetua con el tic tac que me condena.

Y lo peor es que me sale más cara que tú. Tú, que con tus risas y tus besos, con tus excesos, tus delicias, tus desmanes y locuras; siempre me has salido cruz. Porque no te bastó con dejarme solo, ajándome y deshojándome como un árbol en pleno otoño, sino que te encargaste de hacerme ver que mi presencia nunca te importó. Que todo fue una mentira. Que tú llenaste con tintes de hipocresía cada una de las verdades que mi corazón te regalaba.

Dicen que de todo te acabas enterando y así fue, pero fuiste tan ruin que ni me regalaste la verdad por tu boca. Jamás olvidaré el día en el que te vi con él. Tus labios buscaban su boca del mismo modo que horas antes buscaban la mía, y tus manos aferraban las suyas de igual manera que se entrelazaban con las mías.
Me quedé inmóvil, observando cómo mi mujer y musa regalaba sonrisas en respuesta a unas caricias que no eran las mías, y contuve el vómito ante la imagen de dos pieles que ardían, sin ser por el roce de la tuya y la mía.

Salgo al jardín trasero, cojo una pala y cavo el hoyo más profundo que puedo mientras las lágrimas de lluvia limpian mi rostro y se mezclan con el escaso sudor que cae por él, dejando un sabor confuso en mis labios. Tiro dentro el saco donde guardaba todos los restos de lo que algún día fue felicidad contigo. Tapo el hoyo, recojo la lápida y, tranquilamente, con una lágrima sincera surcando mi rostro, esculpo cada retazo de tus reproches con el cincel de mi indiferencia:

“Todo tiene un motivo”.

Ese será el epitafio bajo el cual enterraré nuestros recuerdos.

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