Todo el amor del mundo no podrá salvarte – @distoppia

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Todo el amor del mundo no podrá salvarme. Me llamo Félix Ayllón y escribo en mi diario amarillento antes de sentarme a ver el sol caer. Coincidan así el ocaso del día y de mi vida.

La barba de viejo y la mano temblorosa no dudan al recordar. Nunca fui buena persona y, si eso llegó a suceder, fue pura y simple casualidad. Bien sabe quien me ha conocido que la vida me pasó por encima, que triunfar como yo triunfé no fue justo para nadie. La avaricia no fue lo peor, lo peor fue la lujuria. Siempre quise querer a mi mujer, pero nunca supe quererla como ella habría querido. Más de cien amantes de las que apenas recuerdo tres nombres, pero a casa siempre de vuelta a la hora de comer. En algún momento cerca de los cuarenta me volví mitad Dios, mitad hijo de puta.

Habría esperado que en algún tiempo ocurriera alguna desgracia redentora, un desastre que me arrebatara todo lo que conseguí: la muerte de un hijo, una bancarrota fulminante, una guerra civil. Pero nada de esto sucedió. De haber llegado a tiempo, habría sentido cierto alivio inconfesable. Por eso puedo decir que hacia el final de mis días mantuve una suerte de pesimismo esperanzador.

La vida, a partir de entonces, ya me parece algo lejano e inevitable: que vivan los que queden vivos. Yo ya huelo a muerto justo antes de despertar, me azulean las uñas y en el espejo sólo aparece un cadáver famélico de mejillas pronunciadas y boca muda.

Mi última lucha es salir indemne de la hipocresía de la muerte. La gente siempre finge al morir.  No quiero que digan que fui un honrado hombre de negocios o que la familia fue lo más importante para mí. No. Que rece mi lápida “le faltó vida para redimir tanto pecado”. Que se lleven las manos a la cabeza cuando pisen la mía en aquel cementerio gallego donde habrán de enterrarme cuando mi cuerpo se canse de vivir.

Llegue pronto la quietud final.

 

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