Tinta indeleble – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

La luna brilla como nunca esta noche. Sin duda, puedo afirmarlo, pese a haber visto tantas que lo lógico sería dudarlo.

Ella brilla y yo sé la razón por la que parece estar desafiando, altiva y segura de su victoria, a la oscuridad de la noche.

No quiero pensar en ello. Me apetece un baño y por eso le doy la espalda a su luz para dirigirme al aseo y llenar la bañera. Siempre, a 29 grados.

El sonido del agua me relaja y dejo pasear mis dedos por la colección de vinilos de mi habitación, mientras el vapor va envolviendo todo con su misteriosa presencia. Disturbed son los elegidos y harán compañía a mis sentidos junto a una maravillosa botella de Châteauneuf-du-Pape.

Ahora la ropa. Todo ha de estar perfecto y, del armario, escojo un vestido rojo largo y vaporoso que dejará mi espalda desnuda. Para mis pies, unos maravillosos Louboutin de color negro. Hoy, esta noche, la única joya que adornará mi cuerpo será el emblema de mi familia colgando de mi cuello.

Lentamente, desnudo mi cuerpo y me introduzco en la bañera sin soltar la botella de vino, ya abierta. La bebo a morro y a grandes sorbos, sonriendo al imaginar la cara que pondría mi abuelo al verme cometer tal sacrilegio.

Adoro romper las reglas del decoro en ocasiones. Vivo tan sometida a leyes arcaicas que hacer pequeñas travesuras me parecen grandes victorias.

El vinilo ha dejado de sonar y el agua fría es señal inequívoca de que la hora del baño ha terminado y todo se acerca.

Me levanto, envolviéndome en una enorme toalla blanca, y con mis pies descalzos me dirijo frente al espejo donde la dejo caer sin apenas secarme. Mis manos lo limpian, sin poder evitar dibujar runas aprovechando el vapor, y poco a poco me va devolviendo la imagen de mi cuerpo.

Me observo, como si nunca me hubiese mirado antes, fascinada por todos y cada uno de los tatuajes que cubren mi piel y, uno a uno, empiezan a contarme la historia que hay tras su aparente carencia de significado.

Siempre me han fascinado los tatuajes y, por ello, para mí nunca ha sido un tema de moda como ocurre actualmente. Para mí, es el arte de plasmar sobre la piel mi propia vida en tinta indeleble y no porque tema olvidarla, sino para tenerla siempre presente.

Así, con ellos, vuelvo a Japón y al dolor, a La India y la sabiduría, a Nueva Orleans y la magia o a París y la paz, sin obviar a Bucarest, Escocia, Berlín… y tantas y tantas otras.

Debo vestirme, se acerca la hora, y antes de irme a la habitación escojo la fragancia perfecta para esta noche y unas gotas de Carolina Herrera perfuman mi cuerpo.
La botella de vino me acompaña y, dando un trago, decido que un culotte de encaje negro es lo único que llevaré bajo el vestido de seda que acaba con mi desnudez. Carmín rojo en mis labios, pelo suelto, el colgante en mi cuello y una última mirada al espejo para comprobar que el brillo de mis ojos no se ha apagado y nada tiene que envidiar al de la propia luna.

Me dirijo al salón con paso decidido, él llegará en cualquier momento y no quiero que me pille desprevenida.

Ha de ser todo perfecto, así que enciendo unas velas y, cómo no, el violín de Paganini empieza a llenar con sus demonios el salón.

Me acomodo en el sofá, manteniendo una posición erguida y la luna parece, de repente, estar mucho más cerca.

Estoy preparada. Él también.

– Buenas noches, Kára.

– Bienvenido.

No se me ocurre qué más decirle. Quizá debería halagarle diciéndole que se ha vuelto más sigiloso con el paso de los siglos o, tal vez, destacar su enorme atractivo o soltar alguna ironía sobre que ya no le reconozco vestido. Pero, un «bienvenido», me parece cortesía suficiente para mi enemigo.

– Perdona si me he retrasado un poco. Aunque has empleado muy bien el tiempo para parecer todavía más hermosa y no debe ser casualidad la elección de tu perfume.

Sonrío, a carcajadas, para aprovechar el ruido de mis risas y su desconcierto para coger la espada que oculto tras mi espalda y me aferro a ella con fuerza poniéndome en pie.

Le miro, me mira y ambos ponemos fin a la palabrería rompiendo el silencio de la noche con el ruido de nuestras espadas iluminadas por la luna.

Es bueno, siempre lo ha sido, y en pocos movimientos ha conseguido desprender de mi cuerpo el vestido sin que yo note el roce de la espada sobre mi piel.

Sonríe, no puede evitarlo, pero enseguida le devuelvo la tensión a su cara atravesando su mejilla con la hoja afilada de la mía.

La lucha prosigue, durante horas, y el agotamiento empieza a dotar de torpeza nuestros movimientos.

De pronto, lo noto… un dolor intenso en mi costado derecho me quiebra, haciéndome caer de rodillas y mi mirada se clava en la suya mientras saca de mi cuerpo su espada.

La sangre, mi sangre, lo tiñe todo de rojo y Alcestes suelta su espada frente a mí para coger mi rostro con su mano y besar mis labios. Podría matarle, debería hacerlo, mi espada sigue en mi mano, pero mi fuerza me ha abandonado y le dejo acariciar mi pelo con dulzura hasta colocarse detrás de mí.

Sé lo que va a hacer, odio conocerle tanto, pero en parte lo estoy deseando y yo misma aparto mi cabello de mi espalda sujetándolo con mi mano izquierda y él, temblando, la acaricia hasta pararse justo a la altura del corazón. Allí, oculto entre otros tatuajes, su nombre y el mío lucen entrelazados como promesa de un amor imposible. Su dedo índice los recorre, letra a letra, hasta detenerse entre los escudos de ambas familias y la espada que los separa, eternamente, como enemigos.

Mi corazón se acelera, el suyo también, pero su instinto y sus obligaciones son más fuertes que los sentimientos y, con ambas manos, rodea mi cuello mientras nuestras lágrimas recorren nuestros rostros.

– Te amo, Kára.

Y yo permanezco en silencio y solo deseo que encuentre el valor suficiente para romper mi cuello, antes de decirle que yo también le amo y que he ido muriendo, lentamente, desde que dejé de sentir sus besos.

 

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