Tiempo, solo eso – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Como cada tarde, Mateo volvía a casa tras salir de su trabajo. Conducía, sin prestarle atención a la música, fijándose en todas y cada una de las cosas que veía en su camino. Sus ojos enamoradizos memorizaban siempre los detalles más inapreciables para cualquier persona que viviese con prisa. Por ello, llamó su atención que la chica rubia apenas sujetaba la mano de su pareja en su paseo de enamorados, que las palomas ese día parecían no hacer caso a las migas de pan que los ancianos les daban o que el niño de ojos azules parecía más interesado en el brillo del cabello de una niña que en el balón que su compañero de travesuras le ofrecía.

Quizá esa devoción por los detalles hacía de la vida de Mateo un poco más especial que la de cualquier otro. Tal vez porque él siempre había sabido dar importancia a la fugacidad de cada momento, a la belleza de cada instante. Había sido capaz, desde muy pequeño, de valorar el dulce titilar de una vela y, a la vez, fascinarse con la sombra que esta proyectaba y la hermosa danza que dibujaba en la pared. Recordaba, como si de fotografías se tratase, toda su infancia y adolescencia, convirtiendo su mente en un maravilloso álbum fotográfico lleno de sonrisas, complicidad y momentos amargos.

Pero a Mateo, como a todos al final, la vida acabó por condicionarlo y aprendió, desafortunadamente, a rendirse ante la rutina. Sin apenas darse cuenta, Mateo fue desprendiéndose de su mente soñadora apresándola tras las rejas, invisibles, pero infranqueables, de un trabajo que le absorbía y una vida que no le llenaba. Dejó de ilusionarse con las cosas que antes le hacían divagar entre miles de oportunidades y sueños. La decadencia parecía una constante en su vida de la que no sabía cómo desprenderse y le apremiaba la tristeza de seguir una línea recta hacia un horizonte vacío.

Conduciendo, Mateo se permitía soñar. Los escasos 9 kilómetros que separaban el trabajo de su casa eran suficientes para alimentar a su alma de fantasías y, al hacerlo, prolongar un poco más su infancia. Atesoraba esos instantes, aunque a él no le pertenecían, y se imaginaba de ellos protagonista.

Al llegar a casa siempre hacía lo mismo… el abrigo colgado y los zapatos junto a la puerta, elegir un plato precocinado para la cena y música clásica en el salón, una ducha rápida y, al fuego, una infusión. Y tras todo eso Mateo coge una libreta de piel negra que se encuentra en la estantería, custodiada entre Dante y Freud, en la que escribe todo aquello que le ha quedado pendiente de hacer ese día.

«Hoy, lo de casi a diario; tomar un café sin prisa, ir al cine a ver una película subtitulada, pasear por el parque, darme un baño y llamar a Sara…». Un suspiro y Mateo necesita hacer una pausa para recuperar el aliento. Se mira al espejo y en su reflejo no ve tanto ese paso del tiempo con el que su mente le hostiga. Su rostro aún no tiene arrugas que marquen una incipiente vejez. Tampoco su pelo se ha precipitado ni ha perdido la dureza de su tono azabache y sus ojos siguen manteniendo intacta toda su fortaleza. Aún es joven y, con esa certeza en su cabeza, vuelve a anotar las cosas pendientes con su hermosa letra.

«[…] visitar el pueblo de mi madre, organizar una cena en casa con viejos amigos, ordenar los armarios, releer Crimen y castigo y pedirle disculpas a Sara».

Otro suspiro y, una vez anotado todo, la libreta vuelve a ocupar su espacio entre libros y Mateo vuelve a la rutina de preparar informes para mañana, planificar reuniones, dejar a un lado su vida, limpiar sus zapatos y planchar camisas.

La monotonía se ha instalado en su vida sin que nadie le preguntase a él qué le parecía. Entre sus tareas rutinarias, Mateo se queda absorto mirando un viejo reloj de arena que conserva en el salón, regalo de su bisabuelo, y se pregunta qué pasaría si fuésemos nosotros quienes manejásemos al tiempo y no el tiempo quien nos manejase a su antojo. ¿Por qué esa falta de tiempo para una llamada? ¿O para un adiós? ¿Por qué tener que abandonar un abrazo? ¿O tener que soportar el final de esa canción que jamás hemos querido que termine? Quizá tan solo tumbando el viejo reloj pudiera romper los lazos que le atan al tiempo. Tal vez, para un minuto más, solo tengamos que dar cuerda al reloj en el sentido que necesitamos.

Y así, inocente y esperanzado, Mateo prueba a retrasar un minuto su reloj como si, al hacerlo, le ganase la batalla al tiempo y al volver a colocarlo en su muñeca, enseguida comprueba que de nuevo las manecillas se persiguen unas a otras para seguir descontándole a la vida sus horas, por lo que no le queda más remedio que rendirse a lo evidente y devolverlo al tiempo presente.

Todo en orden, de nuevo. Son las dos. Mateo echa un vistazo antes de irse a dormir para comprobar que los informes ya ocupan sus carpetas correspondientes, las camisas cuelgan de perchas, la cocina está recogida y la libreta negra sigue esperando a que llegue el día en que él tache alguna de las tareas pendientes por haber sido cumplida.

Agotado, Mateo arrastra los pies rumbo a su cama y de camino vuelve a encontrarse con su reflejo en el espejo y este le sonríe recordándole que es joven todavía y la vida es cuestión de tiempo, solo eso, y que quizá algún día encuentre el valor suficiente para romper con su acomodada rutina.

 

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