Tequila, sal y limón – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Me siento confundida…

13 de marzo de 2013

No sé cómo he sido capaz de volver a casa, no recuerdo el camino que he seguido y todo es confuso desde que he recuperado la consciencia.
Me duele todo el cuerpo y el espejo me ha devuelto la imagen de mi cara ensangrentada.
Apenas me ha costado esfuerzo quitarme el vestido rasgado que cubría mi cuerpo y se me revuelve el estómago al ver las marcas de dientes y las heridas y golpes que visten mi piel desnuda.
Son las cinco de la mañana y llevo horas sentada en el suelo sin saber qué hacer. Tengo frío, pero, por más ropa que me pongo, no entro en calor. Nada protege del frío que proviene del miedo.
No sé a quién llamar. Tampoco sé si acudir a la Policía, nadie va a creerme.
He bebido mucho y todos en la discoteca me han visto bailando de manera sensual. Me fui sola con esos chicos a su fiesta privada y seguro que dirán que soy una zorra y he provocado esto, que ha sido consentido.
Necesito dormir, necesito que al despertar todo esto sea solo una mala pesadilla. Que no pueda leer estas palabras en mi diario. Que nada sea real.

17 de marzo de 2013

Llevo días sin salir de mi piso, releyendo cada línea escrita y memorizando cada morado de mi cuerpo y cada herida de mi alma.
Su olor aún sigue en mi cuerpo y sus suaves manos parecen aún aferradas a mi cuello. Cada vez que cierro los ojos vuelvo a sentir el peso de su cuerpo sobre el mío y los vómitos se esfuerzan en sacarle de mis entrañas, como si aún estuviera dentro de mí, como si de un diablo que me posee se tratase.
No me he atrevido a pedir ayuda, tengo miedo. Nadie me creería.
No asisto a la facultad y mis amigos y familia creen que estoy resfriada.
No podré alargar esto mucho tiempo, tendré que salir y fingir que nada ha ocurrido. Tendré que aprender a mentir.

21 de marzo de 2013

He dejado de escribirte porque quería engañarme a mí misma. Pensaba que si no volvía a plasmar sobre tus hojas mi dolor, este se esfumaría.
Pero no, aquí sigue, recordándome cada minuto que pasa que hace días que el reloj de mi vida se ha detenido.
Siento rabia, ella ha llegado y el miedo ya no me hace compañía. Mis lágrimas se han secado y quiero creer que se han marchado para dejar que mi cuerpo sanase mis heridas.
Apenas me quedan marcas visibles en la piel, salvo la recién formada costra sobre la herida de navaja en mi vientre. Paso mis dedos sobre ella continuamente, será una cicatriz eterna y no solo sobre mi piel.

22 de marzo de 2013

Hoy ha venido mi madre a casa. No he podido inventarme una excusa que resultase creíble por teléfono. Su cara al ver mis ojeras y mi pérdida de peso me ha corroborado que miento bien.
Ha traído todo lo necesario para hacerme sopa de pollo y se ha encargado de abrir las ventanas para que entre la luz que no veía hace días.
He pasado la mañana asintiendo sin escuchar nada de lo que decía y, sin apenas darme cuenta, ya estaba vestida y maquillando mis ojeras para acompañarla de compras. Me ha ido bien pasear y perderme entre la multitud, pero estaba deseando volver a encerrarme entre las paredes que ahora son mi refugio.

29 de Marzo de 2013

He vuelto a clase, a mi vida, a fingir que todo va bien.
Apenas soporto que me rocen sin echarme a temblar y soy un alma ausente en cualquier parte donde se encuentre mi cuerpo. No me concentro, es imposible apartar el recuerdo de mi mente.
No quiero que nadie note nada, no quiero que nadie me pregunte y, por ello, jamás he sonreído tanto como ahora. Mi sonrisa se ha convertido en un acto reflejo, en un escudo que me protege de cualquier intento de acercamiento a lo que guardo en secreto.
Hoy tengo una buena noticia, me ha venido la regla. He dejado que la sangre manchara mi cuerpo, quería sentirla en mis muslos como prueba de que nada crecía en mi interior.

30 de marzo de 2013

17 días… Y sigo con pesadillas. He ido al médico y he conseguido que me recete pastillas para dormir. Soy estudiante, vivo estresada… Ha sido fácil hacerle creer que mi ansiedad es por los exámenes.
He pensado en hablar con alguien y contarle todo como si le hubiese ocurrido a una amiga, pero enseguida he sacado la idea de mi cabeza. Podría levantar sospechas y no sé si podría controlar mis emociones mientras lo cuento, si algún detalle delataría que yo soy la víctima.
Pasan los días y no sé si no denunciar fue la decisión correcta, pero ya no tiene remedio. Antes no me iban a creer, pero ahora menos.
Pensarían que es todo mentira. Alguna venganza por un falso rechazo de ese chico. A saber qué inventarían para destrozarme, una vez más.

3 de abril de 2013

Me he vuelto una autómata y la rutina guía mis días. De casa a la facultad y viceversa. De mi casa a la de mis padres y vuelta al refugio.
No hago nada sin ser meditado antes. Cada paso que doy está encaminado a que nadie note que he aprendido que el corazón no vive de sentimientos, que lo que me mantiene con vida no es sentir, sino los latidos, los cuales hacen que yo sobreviva, pese a sentirme muerta.

9 de abril de 2013

He vuelto a verle, le reconocería en cualquier parte. Paseaba con mi padre por un centro comercial y escuché su voz.
Trabaja en una tienda de ropa y ha utilizado con la clienta el mismo tono de voz que usó para invitarme a acompañarle a un sitio más tranquilo. Su voz es cálida, pese a que me hizo temblar de miedo, y he andado hacia él como hipnotizada.
Tras saludarnos, ha escuchado atentamente lo que mi padre le decía y ha empezado a enseñarnos artículos para escoger, entre ellos, el regalo de aniversario de mi madre.
Me aparto de ellos unos milímetros, asustada, no sé si podrá reconocerme.
No soy la chica de esa noche, ella ya no existe. Mi pelo está muy corto y no queda rastro del tono rojizo que hacía brillar mi larga melena. He perdido mucho peso y mi cuerpo va tapado con un jersey de punto enorme, mis vaqueros son tan anchos que apenas marcan mi cuerpo y no llevo maquillaje. No puede reconocerme, no tengo nada que ver con la chica sexy de aquella maldita noche.
Me acerco a ellos y ayudo a escoger el regalo de mi madre, mientras observo su sonrisa y sus gestos amables hacia nosotros. He escogido un jersey y un pantalón que sé que no son de la talla de mi madre. No sé en qué estaba pensando, pero tengo la certeza de que quiero volver a esa tienda. Volver a estar frente a él.

12 de abril de 2013

Ayer fue el cumpleaños de mi madre y hoy he recibido la llamada que esperaba pidiéndome que la acompañe a la tienda a cambiar su regalo. Acepto, es lo que quería, pero el miedo vuelve a mi cuerpo y empiezo a pensar en qué cojones he hecho.
Debí pensarlo, debí seguir con mis pasos calculados. No debí hacerlo.
Ha sido tan amable como siempre, incluso ha bromeado conmigo sobre mi pésimo acierto. He sonreído. Ingenuo.

13 de abril de 2013

He vuelto a la tienda.
He esperado toda la mañana en la cafetería de enfrente, hasta que le he visto llegar. Tengo que aprenderme sus turnos.
Su sonrisa me da la bienvenida a la tienda y me invento un cumpleaños de una amiga para que me atienda. Me ha rozado. He sentido asco al notar el tacto helado de su mano sobre la mía y he contenido las ganas de gritarle que es un cabrón y que todo el mundo se entere de lo que me hizo.

15 de abril de 2013

Estoy aquí, de nuevo, debe pensar que soy la persona con más vida social del mundo. Otro cumpleaños, inventado, que precisa de un regalo.
Me he vuelto loca, he tonteado con él y he alabado su buen gusto con la ropa y el sublime criterio que ha tenido en las sugerencias de mis anteriores compras.
No sé en qué estaba pensando, pero le he invitado a un café para agradecérselo y hemos quedado mañana en el centro comercial, antes de su incorporación al trabajo.
Tengo mucho miedo, pero algo dentro de mí me impide parar esto.

16 de abril de 2013

He perdido la cabeza, totalmente. La única explicación que encuentro a lo que he hecho es que la locura le ha ganado la batalla a mi escasa cordura.
El café ha sido testigo de mis juegos de seducción, de mis risas ante sus ocurrencias y de mi fingida atención a sus largos monólogos sobre su vida.
Su mano se ha entrelazado con la mía mientras hablaba y yo, mientras sonreía, recordaba cómo él había utilizado su fuerza para golpearme en el privado de esa discoteca.
Me he duchado tres veces, y el olor de su perfume sigue en mí, impidiéndome respirar nada que no sea repugnante, y la caricia de su mano continúa haciendo presión sobre mi mano, pese a que hace horas que la ha soltado.

19 de abril de 2013

Mañana viene a casa. Le he invitado a cenar.

20 de abril de 2013

Todo estaba listo para su llegada.
La cena sobre la mesa y una canción melódica servía de compañía a la tenue luz de las velas.
Ha llegado con su eterna sonrisa. Lo ha recibido el escudo que adorna mi rostro desde aquel día.
Es curioso, a mí me lo resulta, lo fácil que es interpretar un papel que ni siquiera has preparado.
Hemos compartido charla, roces casuales y miradas de deseo, que en mi caso enmascaraban el odio y asco más profundo que jamás he sentido.
Lo he llevado a mi cama, tras besar sus labios y contener la arcada. Sonriendo, como si de verdad el roce de su cuerpo fuese lo que el mío deseaba.
Mis manos se han perdido bajo su ropa para desnudar ese cuerpo que, no hace demasiado tiempo, rasgó mis ropas para violar el mío; y con caricias y besos su cuerpo ha cedido al deseo y ha aceptado someterse a mis juegos.
Sin dejar de sonreír, le he mostrado unas cuerdas y mi voz se ha vuelto sexo al pedirle que me dejase atar sus manos y piernas a los hierros de mi cama.
Ha aceptado, ¿Cómo negarse?; y, tras atarle, me he sentado sobre su cuerpo para no perder detalle de su rostro.
Me he quedado inmóvil, esperando la invitación de su voz a desprenderme de mi ropa y ha llegado en forma de súplica.
He desnudado mi cuerpo, despacio, dejando que sus ojos recorran mi cuello, mis pechos… Hasta llegar a mi vientre.
Temblaba, había reconocido la cicatriz que decora mi vientre y mis dedos paseaban por ella para que no fuese capaz de apartar la vista de la huella física que él me dejó.
Balbuceaba palabras que parecían perdones, súplicas. Justificaciones a lo que me hizo, quizá algún rezo al ver que mi mano derecha aferraba con fuerza una navaja.
Le he sonreído, mientras mi mano la clavaba en el punto exacto en el que él clavó la suya. Con fuerza, con decisión. Sin ninguna duda.
Confusión, miedo. Esta vez, en sus ojos. Los mismos que encontraron placer en el miedo de los míos.
Ha intentado gritar, pero no le he dado tiempo. He acallado su voz, apuñalando su corazón hasta privarlo de sus latidos.
Sentimientos ya no tenía, como yo, también estaba muerto.
Debería ir a la Policía y entregarme. Confesarlo todo, desde el día de mi violación. Decirles que él destrozó mi vida, pero nadie me creería. Esta vez tampoco me creerían.
Te escribo tumbada a su lado, en compañía de su cuerpo sin vida y acostada sobre su sangre, mientras bebo tequila directamente de la botella, la sal es la de mis lágrimas y apenas me trago el limón.
Tengo frío, tengo sueño.
He tomado un bote entero de Orfidal y ya no tengo miedo, siento esperanza.
La de no volver a escribir ni una sola palabra más en tus folios en blanco. La de dormirme y no despertar mañana.
Paz.

 

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