Tengo algo que contaros – @IAlterego84

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«… que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero».

Olor a iglesia en la ropa y lágrimas resecas en los ojos. Corbata negra y las mismas putas frases desgastadas en el paladar. Fin de fiesta para un baile que empezó con un Whatsapp en un grupal. Algo que empezaba con un «chicos, tengo algo que contaros. Voy a quitarme de en medio. La vida no tiene sentido y cansado de buscárselo, he decido cortar por lo sano. Se acabó. No me lloréis. Tampoco penséis que he tomado el camino fácil. No lo es. Son demasiados miedos sumándose a los que traigo de serie. Demasiados pensamientos enfrentados. Sensación de liberación y sentimiento de culpabilidad. Muchos cigarrillos fumados en la terraza, tanteando mi suerte, calculando el tiempo que tardaría en caer y reventarme contra el suelo. Preguntas sin respuestas. ¿Dolería? ¿Qué sentiría? Pero se acabó. Siento despedirme de vosotros así. No os lo merecéis. Siempre habéis estado ahí, a mi lado. En las risas y el llanto. En mis caídas. En mis tropiezos. Siempre. Me gustaría ponerme la coraza que llevé durante tantos años y tirar de humor negro para decir algo del tipo: ya nos veremos en el infierno, cabrones. Pero, ¿para qué? Dejémoslo en un ya nos veremos en la otra vida y si no, tampoco se pierde nada. Cuidaos y procurad ser felices. Yo no supe o no quise o yo qué sé. Perdonad mis desvaríos. Estoy un poco borracho y me estoy poniendo intenso. Adiós». Todo esto acompañado de un emoji con una calavera.

De diez que éramos los destinatarios, ninguno escuchó el móvil. Estábamos en el bar de siempre, ocupando los taburetes de siempre y cuando lo vimos, ya era demasiado tarde. Él no era más que compota humana contra el asfalto. La sensación de que estaba bromeando se acostó con cada uno de nosotros, pero la realidad llegó a la mañana siguiente. Y con ella las carreras al tanatorio. A ver un ataúd cerrado. A los abrazos huecos. Al dolor. Al llanto y las putas coronas de flores que venían y las tarjetas de disculpa por no poder asistir y los «tus amigos no te olvidan». Como si los que las mandaban no le hubieran olvidado en vida. Hipócritas. ¿Dónde estaban la otra vez que lo intentó? ¿Cuántas veces le llamaron para ver cómo estaba? ¿Cuántas veces les llamó a las cinco de la madrugada llorando para decirles que no podía más? ¿Quiénes de ellos le habían escuchado? ¿Cuántos sabían lo que pasaba por su cabeza?

Nadie. Yo tampoco. Ninguno le conocíamos. Eso es lo que siento. Su mirada infantil mientras garabateaba versos en un cuaderno que ni era suyo. Su sonrisa. El brillo de sus ojos. ¿Qué encerraban en verdad? ¿Qué demonios habitaban dentro de él? ¿Cuánto de él había en lo que escribía? No lo sé. Nadie lo sabe.

Siento un nudo en la garganta. Cierro los ojos y me masajeo los párpados. Esto no puede estar pasando, me repito como si fuera un mantra y de esta manera pudiera despertar de esta pesadilla. Joder. No es real. Mañana mismo le veremos llegar tarde, como siempre pese a haberle dicho la hora, con su mochila llena de sueños y libros de segunda mano. Volverá a sentarse en un rincón del sofá, bebiendo a sorbos la única cerveza que pueda pagarse y no dejará que le invitemos a nada. Orgulloso y terco hasta para eso. Dejará hablar a los pájaros de su cabeza, soñando despierto. Nos reiremos. Brindaremos. Todo será como siempre…

El sonido del timbre me hace volver a la realidad. Me enciendo un cigarro a la vez que me acerco a la puerta. ¿Quién puede ser a estas horas?, pienso antes de mirar por la mirilla. Un mensajero. Abro, haciendo memoria de qué he comprado últimamente. La transacción dura poco. Firmo donde me indica. Me da una caja. Fin del asunto. Entro, y sin poder contenerme la abro. Dentro hay otra caja, ésta de madera. Dudo en abrirla o no. No tengo cuerpo para estar jugando a las muñecas rusas. Doy una calada y mi móvil vibra. Las notificaciones llegan a granel. Dejo el cigarro en el borde de la mesa y empiezo a leerlas. Al parecer no soy el único que ha recibido el paquete. Fotos y conversaciones. Nueve cajas idénticas a las mía. Abiertas. Vacías. No lo pillamos ninguno, hasta que uno de nosotros descubre que en la base, la suya tiene una nota pegada. Le imitamos. Gregarios hasta en el uso de las nuevas tecnologías (o quizá por ello). El remitente anónimo es nuestro amigo.

Siento que me falta el aire. La nota dice lo mismo para todos. «Esto ha sido mi vida. Guardar las apariencias tratando de mantener la fachada intacta, aunque me sintiera vacío por dentro. Ahora, estos diez pedazos de mí son vuestros. Llenadlos de recuerdos y felicidad. Lo que yo no supe hacer. Vivid por mí, y llevadme en el recuerdo».

Las lágrimas no tardan en aparecer. Fumo en silencio. Los recuerdos se suceden como fotogramas. Nosotros. Un parque a los cinco años. Un botellón. Nuestra primera Nochevieja fuera de casa. La universidad. Decepciones. Alegrías. Enamoramientos. Frustraciones. Risas. Porros. Cervezas. Madrugadas. Noches. Fiestas. Conciertos. Viajes. Andenes. Despedidas. Inviernos. Veranos. Otoños. Primaveras. Años. Meses. Semanas. Días. Horas. Segundos. Una vida que siento morir, para dar paso a otra en la que tachar fechas en el calendario sabiendo que nunca más volveré a oír tus idas de cabeza ni a encontrarnos por la calle sin haberlo planeado. Una vida en la que nunca más oiré tu risa, tampoco tu voz ni tus chistes malos. Una vida, a fin de cuentas, con la que llenar esa caja sabiendo que nunca más volveré a verte.

Descansa en paz amigo, murmuro con un hilo voz sintiendo tu presencia a mi lado, mirándome en silencio mientras me obligo a intuir mi futuro en los posos de tu recuerdo, y las palabras se me amontonan en la garganta negándose a salir por mi boca, sabiendo que de nada sirven. Sólo son sonidos muertos que se llevará el viento y tú, estés donde estés, nunca llegarás a oír.

 

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