Telebasura – @BlasRGEscritor

BlasRGEscritor @BlasRuizGrau, krakens y sirenas, Perspectivas

Todo es silencio.

No me resultaría raro, si no fuera porque en mi vida nunca hay silencio. Nunca. Ni siquiera cuando todos están callados.

Me duele la cabeza, parece que acabo de abrir los ojos, pero hay algo en mí que me impide saberlo con certeza.

Intento mirar a mi alrededor.

¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

Mi visión, todavía borrosa, me indica que el lugar en el que me encuentro es oscuro, no es sensación mía, no hay demasiada iluminación, aunque parece que sí la suficiente para no ir topándome con las paredes. Logro ver varios bultos en el suelo, pero soy incapaz de distinguir qué son. Mi cuerpo, me dice que el ambiente es frío, el vello de mi brazo así lo indica. Aunque puede que sea la sensación de no saber qué coño hago aquí. No lo sé.

La vista se me empieza a aclarar, instintivamente me toco la cabeza, joder, me duele demasiado, ¿será por un golpe? Parece que no, no siento dolor superficial, es por dentro. Miro a mi alrededor, veo como los bultos acaban adquiriendo forma y resultan ser personas, dos de ellas están tiradas en el suelo. Espero que inconscientes, la otra idea hace que todo mi cuerpo tiemble. Observo que otras dos están sentadas con la cabeza entre sus rodillas, quizá su sensación sea como la mía, ya que noto cómo todo me da vueltas. Veo a otra persona en un rincón, es un gordo, parece estar más entero que el resto, al menos su pose así lo denota, aunque parece estar perdido en su mundo.

Trato de incorporarme, despacio, las piernas me flaquean, aun así consigo ponerme erguido. Por llamarlo de alguna manera.

—Creo que nos han drogado —dice una de las personas que estaban con la cabeza entre las piernas. Ya la ha sacado y me deja observarla mejor. Es una mujer de unos treinta años, estimo.

Consigo que mi visión se centre un poco más y veo que es bastante atractiva, no de una belleza espectacular, pero sí tiene algo que me llama. Quizá sean las tetas, me gustan las tetas gordas. Y parece que no son operadas.

Muchos no entenderían que en un momento así me fije en unas tetas, pero me pierden, soy así.

—¿Cómo dices? —Acierto a decir sin saber si mi voz se escucha.

—Lo que oyes —interviene otra voz, en este caso profunda y varonil. Es de la persona que está a su lado. Tiene pinta de matón de tres al cuarto, de esos que tratan de intimidar y que yo me paso por el forro de los cojones.

Intento procesar sus palabras, la frase impacta tanto que no estoy seguro de haberla escuchado de verdad. ¿Cómo que nos han drogado? ¿Cuándo? Lo último que recuerdo es salir del trabajo dirección a casa, montarme en el coche y… Joder, no tengo constancia ni siquiera de haber ido al bar de la esquina, a tomarme mi habitual Gin-Tonic sin ensalada dentro de la copa. ¿O quizá sí lo he hecho y ha sido en ese momento cuando ha ocurrido todo? La sensación de no recordar me agobia. Mucho. Necesito respirar varias veces profundo porque siento que me falta el aire, es como si una mano me oprimiera el pecho y no me dejara hacer el ciclo respiratorio completo. Ya veo la estancia con claridad, es algo parecido a un almacén, eso sí, con pinta de haber sido abandonado desde hace mucho, pues hay mierda para revestir un palacio por fuera. Hay una caja de madera boca abajo en el centro del lugar.

Veo de pronto como las dos personas que faltaban por recuperar la consciencia, lo hacen. Se incorporan despacio, ambos tocándose la cabeza. Estoy seguro que sienten la misma sensación que he sentido yo. Uno es un señor mayor, a pesar de la oscuridad, se le intuyen las canas en su escaso pelo. El otro, parece ser un señor de mediana edad, de unos cuarenta años, parece de mi misma quinta.

—¿Qué… qué ha pasado? —Logra decir el señor mayor.

—No tenemos ni puta idea, hemos despertado todos aquí —contesto.

—¿Estáis tan mareados como yo? —Pregunta el otro— ¿Puede que nos hayan drogado?

—Estoy segura de ello —comenta la de las tetas gordas.

No dejo de mirarla, pero esta vez no por su prominente delantera. Me suena de algo. ¿Me la habré tirado? Lo dudo, me acordaría. Me he follado a muchas con un tetamen semejante, pero de ésta, seguro que me acordaba. Pero su cara me resulta muy familiar. Joder, ¡qué rabia no conseguir acordarme de qué!

El gordo no habla, sigue en su mundo, apartado del resto. Parece un bicho raro.

De pronto, una luz se enciende en una de las esquinas del almacén, cegándome por unos instantes. Apenas me dura unos segundos esa sensación. ¿Quién coño se encuentra tras todo esto?

—Bienvenidos —una voz suena por algo parecido a unos altavoces, todos nos giramos para ver si los vemos, sin éxito—, seguro os preguntáis qué hacéis aquí. Creedme, todos lo sabéis, todos tenéis un nexo común. Por vuestro bien, espero que lo averigüéis a tiempo. Debajo de la caja del centro, hay una pistola con seis balas. Vosotros sabréis cómo usarla.

Siento el mayor escalofrío de mi vida. ¿Todo esto es real o estoy en medio de una puta pesadilla? Si es así, me quiero despertar cuanto antes porque lo estoy pasando excesivamente mal. Joder, ¿es verdad lo del arma?

Veo en las caras de mis compañeros la misma sensación de angustia que siento yo, incluso en la del gordo, que por fin ha decidido volver al mundo real.

Los que estaban en el suelo se incorporan, todos nos dirigimos hacia la caja, despacio, con temor a lo que en realidad pueda haber debajo de ella. Nos miramos, nadie se atreve a comprobar si es cierto lo que nos acaban de contar.

El último en despertarse de la inconsciencia, da el paso. Levanta con mucho cuidado la misma, como si pudiera dispararse sólo por el hecho de tocar la caja.

Efectivamente, de color plateado oscuro, ahí está, en el suelo. Esperando a que alguien la coja y haga uso de ella.

Pero, ¿por qué deberíamos hacerlo?

Yo no seré quién lo haga, no tengo huevos para eso. Es la primera que veo de verdad en toda mi vida. Miro instintivamente al que tiene pinta de matón. Por su rostro, parece tan asustado como yo. Puede que él sí las haya visto, pero está claro que la situación lo tiene fuera de juego, como a todos.

Todos nos miramos, sin saber qué hacer. No sabemos cómo salir de ahí porque no hay puertas, ¿cómo coño hemos entrado?

—A ver —interviene el matón—, recapacitemos, ha dicho que todos tenemos un nexo común, ¿alguien tiene idea de a qué se refiere?

—Es la primera vez en mi vida que os veo, creo —comenta el viejo.

—Yo no lo creo, yo estoy seguro —dice el gordo con una voz que suena un tanto ridícula.

—Pues algo tiene que ser, no tengo ni idea la razón por la que estamos aquí, pero por muy demencial que parezca todo esto, tiene que existir algo que nos mantenga en este sitio —replica de nuevo el viejo.

Me encojo de hombros a la vez que miro a la chica. Ella también me mira, creo que también intenta recordar de qué me conoce, por lo que no parece ser una sensación mía. Pero no dice nada, sólo me mira.

—¿De dónde sois? —Pregunta el gordo.

—Madrid —contesta la chica.

—Madrid también —digo.

—Madrid —comenta el viejo.

—Yo también soy de Madrid, pero no creo que estemos aquí por eso. Menuda gilipollez —argumenta el que creo que es de mi edad.

Todos quedamos unos instantes en silencio, pensando, pero a la vez no quitamos ojo del arma, ni de nosotros mismos. Creo nos asusta a que a alguno se nos pueda ir la cabeza y comprobar si tiene en realidad seis balas en la recámara. Pero ninguno parece tener esa intención, al menos de momento.

Vuelvo a mirar a la tetona. Joder, no paro de comerme la cabeza, ¿de qué te conozco?

Ella me mira de reojo, seguro que piensa algo parecido.

De repente, un torrente de imágenes llegan a mi mente y me hacen recordar de qué.

Hace un par de años, le pagué una importante suma para que testificara a mi favor en un juicio por un accidente que tuve.

La miro, por su cara de sorpresa, asumo que también se ha acordado. ¿Será ese nuestro nexo?

No sé si decirlo o no, pero si hacerlo nos ayuda a salir, no me queda otra que intentarlo.

—Creo que, al menos, sé que unión tengo con esta señorita. Hace dos años, estuve involucrado en un accidente de tráfico, ella fue testigo del mismo, ¿me equivoco?

Ella niega con la cabeza, me da la razón, no estoy equivocado.

—Pero, ¿y el resto? —Quiere saber el mayor de todos.

—Ni idea, yo no estuve en ningún accidente —comenta el que está al lado de la chica.

—Yo soy Policía, pero hace años que dejé la calle y me dediqué a estar en los juzgados de Plaza Castilla, mediante una oposición —contesta el de mi edad.

—¿Plaza Castilla? Hace nada que dejé de ser juez allí, me han pre jubilado, puede que nos hayamos visto en algún juicio —dice el viejo, aunque por lo que ha dicho, no parece ser tan mayor.

De repente, me sobresalto.

—Joder, ¡el juicio por ese accidente fue ahí mismo! Ahí testificaste a mi favor —le digo a la muchacha, de la que no recuerdo el nombre.

Esta pone cara de asustada, la coincidencia es brutal, estoy seguro que ese es el nexo común que tenemos todos.

—Recuérdame ese juicio —me dice el viejo.

Tomo aire antes de hablar.

—Tuve un pequeño golpe con el coche, volvía de trabajar y, sin darme cuenta, me vi empotrado contra el lateral de otro coche. Murió una niña pequeña, aunque quedé absuelto pues se demostró que no fue mi culpa.

—Y dime, ¿se demostró o hicimos que se demostrara? —Interviene el policía.

Todos nos quedamos sin palabras.

—No pongáis esa cara, ya sé qué coño hacemos aquí —prosigue—. Recuerdo bien ese juicio, pues se me pagó cojonudamente para que hablara con las dependencias policiales en las que trabajé hacía unos años y que, curiosamente, llevaba tu caso. Te saltaste un Stop, además de todo, ibas borracho, pero claro, las pruebas de alcoholemia, se modificaron previo pago. Se le cambió el nombre. Usted también fue comprado, no lo niegue —dice señalando al juez—, lo sé de buena tinta porque nuestro contacto para esos trabajitos especiales, era el mismo. ¿Verdad, Fergüi? —Pregunta mientras mira al chico que estaba al lado de la muchacha.

—Joder, ya me acuerdo, bueno, el caso en concreto no, pero sí recuerdo que hace dos años me dedicaba a limpiar trapos sucios para un importante empresario madrileño, al cual, por una módica cantidad, te arreglaba los juicios de la manera que lo necesitaras. Yo era su mano derecha, yo me encargué de pagaros a ambos para que todo saliera bien.

Cierro los ojos. Tenía razón, contacté con ese empresario porque necesitaba salir impune de ese delito, joder, ya sé que maté una niña, bueno, que murió por mi culpa, pero es que en esos momentos no podía ir a la cárcel, tenía un imperio que construir, y que de hecho estoy construyendo de puta madre.

Mierda, era necesario.

—¿Y tú? —Pregunta el policía al gordo, que permanece callado— ¿Qué tienes que ver con todo esto?

De pronto se abalanza sobre el arma, la agarra y comienza disparar a los allí presentes, con un disparo certero a cada uno. Van cayendo inertes al suelo. Como moscas tras echar un potente insecticida. A mí, no me dispara, pero en cambio me apunta con el arma directamente a la cabeza.

Respiraba agitado, sentía su hediondo aliento en todo mi rostro. Aunque eso no me preocupaba, eso era una mierda comparada con tener un cañón que me estaba quemando la frente amenazándome con quitarme la vida.

—Tranquilo, amigo, no hagas una locura. ¿Quién eres? Podemos llegar a un acuerdo, tengo mucho dinero, no te faltará nunca de nada.

Respira hondo antes de hablar, como queriendo tranquilizarse.

—Sí me faltará algo. Soy el padre de la niña, hijo de puta.

Aprieta el gatillo.

Todo se vuelve negro.

Todo es silencio.

En la sala de control, alguien reía divertido mientras veía el índice de audiencia subir. La gente pensaría que era un montaje, como todo lo que se emitía en esa cadena con logo de rima fácil y soez.

La gente pensaría lo que él quisiera que pensaran, como siempre.

A pesar de la risa, no quitaba esos inquietantes y penetrantes ojos de la pantalla.

Ni siquiera parpadeaba.

No cerraba los ojos, esos putos ojos.

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