¿Te gusta mirar? – @Imposibleolvido

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Hacía relativamente poco que Rosa se había mudado a aquél viejo edificio, un par de meses a lo sumo, aún intentaba acostumbrarse a tener que compartir baño y salón comedor con cuatro inquilinos más. Su mísero sueldo como ayudante de cocina no daba para mucho más en aquella gran ciudad y los 8 metros cuadrados que ocupaban una cama, una pequeña cómoda y un armario con puertas descolgadas le había parecido casi el paraíso cuando se lo enseñó aquella abuelita que hacía las veces de portera y de agente inmobiliaria.

La única pega, si es que la había por el precio irrisorio de dicha vivienda era que los baños a compartir quedaban pared con pared con su habitación. Y el respiradero de dicho baño daba justo al lado de la pequeña ventana que iluminaba su habitáculo.

Cuando naces en el sur es tremendamente díficil vivir bajo el cielo del norte del país. Acostumbrada a los azules brillantes y al sol cegador en el noventa y cinco por ciento de los días de su Málaga natal, hacerse al gris plomizo y lluvioso de Bilbao era un extra más a batir en su periplo por aprender de los mejores en su profesión.

Sin amistades de confianza aún, Rosa se había trazado un cuadrante que milimetraba todas las horas del día haciendo así más sencillo su desarraigo y su soledad. Desde bien temprano seguía el mismo horario para todas sus tareas cotidianas así que no le resulto demasiado difícil el conocer las costumbres y usos de su vecindario.

Frente a su puerta, un poco hacia la derecha vivía el señor Genaro, un octogenario de chapela y puro, parco en palabras, de ceño fruncido y andar ligero. Por las veces que coincidían en el salón común mientras Rosa comía algo y ojeaba el televisor que, por cierto, sólo emitía el canal 1, Genaro vivía solo. Por norma, mientras ella cenaba de algún tupper traido del trabajo, él cerraba el libro que tuviera entre las manos y fijaba la vista en el televisor, como si su intromisión en aquella sala hubiese roto la intimidad que mantenía con el autor del libro en cuestión. Esto había dado la ocasión de atisbar la cubierta de más de uno y sorprender gratamente a Rosa. Herman Hesse, Truman Capote y Cela eran hasta el momento los elegidos. Le gustaba su silenciosa compañía. Nunca habían cruzado más que frases educadas en forma de saludo y aquello a Rosa le bastaba. Habían silencios muy cómodos con según que personas y el señor Genaro era una de ellas.

 

A la izquierda de su puerta vivían dos chicas con pintas muy punks. Todo piercings, tintes de color y pinchos metálicos. Rosa imaginaba que eran pareja entre ellas. No iba mal encaminada. Jamás habían cruzado palabra con Rosa, ni siquiera una tímida sonrisa. Tenían buenos altavoces en su habitación y gracias a Dios, buen gusto musical. Cero problemas.

Y por último estaba Álvaro, el cuarto inquilino, el del fondo del pasillo, el único que no tenía puerta, una cortina de piezas de madera y un biombo de dibujos chinescos justo por delante de ella en mitad del pasillo era todo lo que salvaguardaba su intimidad. Era alto, delgado y muy bien vestido para vivir en aquel lugar. Desentonaba como desentonaba la maceta de claveles rojos en la ventana que Rosa tenía en su cuartucho.

Álvaro entraba en el salón comunal con su traje de chaqueta de Armani, maletín de Hilfiger, paraguas Bugatti, manicura perfecta en unas manos grandes y elegantes, barba recortada, mirada triste y una sonrisa brillante que no era muy dado a compartir.

Rosa le había inventado mil y una vidas, unas veces lo veía como un empresario venido a menos, otras como un mafioso que vivía allí escondido en aquel barrio periférico, otras como un pasante de arte… Era el que más rato ocupaba la aburrida mente de Rosa con diferencia.

Aquella tarde Rosa la tenía libre, pero era tal la tormenta desatada durante todo el día que tras llegar empapada del turno de mañana había decidido emplear la tarde en estudiar apuntes y afilar sus cuchillos en la intimidad de su habitación. De repente el ruido de la puerta del baño la sacó de su ostracismo y acto seguido empezó a sonar desde aquel respiradero la canción de Free Bird de Lynyr Skynyr y eso la hizo sonreír… Álvaro.

Sabía que era él porque era una de las canciones que más se repetían en el descansillo y siempre venía de detrás de aquellas cortinas de madera.

Un repentino ataque de curiosidad mezclado con un toque de atracción la llevo a levantarse con sigilo y apoyada en el alféizar de su ventana y sobre la punta de sus pies asomarse a la ventanuca del cuarto de baño. Sólo logró ver media nalga y media espalda antes de que desapareciese tras las cortinas de la ducha. Rosa saltó hacia el interior de su cuarto y enrojecida se volvió a sentar frente a los apuntes como niña pillada robando un dulce. No la había visto pero ella sentía que era tal el ritmo frenético que había alcanzado en milésimas de segundo su corazón que a ella misma le había resultado atronador en sus latidos.

Miró el reloj y tan sólo eran las 15:40h. aún tenía una larga y tediosa tarde por delante. Volvió a escuchar la puerta del baño al cerrarse y cómo se alejaba el sonido de la música a través del pasillo. Su corazón empezó a latir de nuevo de aquella absurda manera y ella quedó paralizada por dos larguísimos minutos sobre aquella vieja silla atraída cual imán hacia allí.

Saltó cual resorte, salió descalza y sigilosamente al pasillo vacío encaminándose lentamente hacia aquel mural de letras chinas y osos panda tan vulgar como inútil en su función de apartar intrusos.

Rosa notaba retumbar el corazón en el pecho, y era consciente de como tragaba saliva y del ruido que con ello hacía. Siguió cual autómata hacia la cortina de cuentas de madera, allí podía oír claramente la música tan alta que era practicamente imposible que el dueño de aquella habitación la hubiese escuchado a ella.

Apartó las tiras con una mano y entró sin saber muy bien qué excusa poner si la pillaban, cosa más que probable ya que estaba dentro. Álvaro estaba de espaldas a ella, toalla anudada a sus caderas, de perfil frente a un espejo, tijeras en mano. Sobre el mueble bajo el espejo una cuchilla y un bol con agua y jabón. Born to be wild amenizaba esa visión frente a ella. Boquiabierta, extasiada con las gotas que bajaban desde los hombros hacia los brazos de aquel que concentrado recortaba su barba… De repente aquella mano quedó suspendida en el aire y lentamente giró su cabeza hacia ella con una expresión de sorpresa en sus ojos…

—Por favor, no dejes de hacerlo, no pares.

Él se sorprendió al verla allí parada, observándolo en silencio.

—¿Te gusta mirar?

—Sí… Hasta hace poco ni siquiera lo sabía… pero es superior a mí, no puedo apartar la vista.

Él bajó la mirada mientras esbozaba una sonrisa de extraña satisfacción. Sus manos comenzaron a moverse de forma delicada y precisa…

 

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