Te deseo un buen insomnio – @J_eSeKa

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¡BANG! Para mí, en aquel momento, fue como pisar una cucaracha. Ese sonido tan estúpido como crujiente de aquella bala atravesando el cráneo; sangre, líquido y masa cerebral que, tan rápido como la bala, salpicaron la mesa, las sillas, el suelo. Creí ver un trozo de cerebro flotando dentro de la taza del café que nunca llegó a terminarse aquella cucaracha. Porque eso era para mí: una cucaracha. Y con la misma frialdad que muchos las pisáis, así lo mate. Así me sentí: frío. Impasible. Sólo me dio para pensar si el alma de ese hombre debió salir por el orificio de entrada de la bala o por el de salida. Me autoconvencí de que aquella frialdad era la misma que tienen muchas personas cuando abandonan a su pareja: lo hacen siendo conscientes de que les están quitando la vida.

Era una guerra, una lucha sin tregua, al menos para nosotros, no había lugar para sentimentalismos. Así lo entendí la noche que escuché el estruendo de la bomba que hizo saltar por los aires aquel autobús de guardia civiles. Tras la explosión salimos todos de la Herriko Taberna y fuimos corriendo hasta la plaza del pueblo. Parecía la sala de despojos de un matadero, o al menos eso me pareció a mí. A mis 17 años, comprendí, que aquella era la única forma de vengarnos. Que los restos esparcidos de esas humeantes cucarachas, era una especie de justicia poética y que no habían quedado ni más, ni menos, desintegrados que los de mi abuelo tras alcanzarle una bomba el 26 de abril del 37 en Guernika. Que tipos con ese uniforme torturaron a mi padre hasta dejarlo cojo y con el hígado destrozado a patadas. Debía ser uno más de esos que actuaban y luchar contra ellos. Ellos, los del otro bando, habían cambiado de jefe y de vida y ya no querían guerra, pero a nosotros nos quedaban cosas por conseguir y, sobre todo, muchas cuentas por saldar.

35 años me cayeron por aquella cucaracha, 45 por otra y en total por todas más de 400. Jamás entendí por qué unas vidas valen 35 años de condena, otras 20, otras nada. Hasta antes de entrar en prisión nunca había padecido insomnio. No sabía que era la conciencia. Supongo que me contagié de la insensibilidad y la indiferencia que flotaba en nuestro entorno, incluso entre los compañeros de comando las relaciones eran frías. En el fondo, eras consciente de que cualquiera de ellos te mataría si lo encontrase necesario la organización. Así funcionaban las cosas: cualquiera podía pasar de ser el más respetado a ser finiquitado como las cucarachas. De apegos, ninguno. De hecho, el día que me detuvieron con aquella furgoneta cargada de amonal, sólo dos compañeros sabían que había dejado embarazada de tres meses a una mujer. Mantenerla en el anonimato era un seguro de vida para ella. Y meses después, también para mi hija.

Cambié el frío de mi vida en la organización por el de una celda y el del patio de la prisión. Tomé distancia de los ideales, de la rabia, de la venganza. En mucho me ayudó mezclarme con otros presos, con otras formas de entender y enjuiciar “nuestra lucha”. Me hicieron comprender que causamos, que causé, dolor y terror. Mucho terror, pero, sobre todo, mucho dolor. Un dolor tan inútil y estéril para nuestra causa, como injusto e innecesario para las víctimas. Comenzó a aparecer el insomnio en mi vida. Las noches se convertían en auténticos velatorios por cada una de las personas que llegué a asesinar. En especial, la de aquel hombre al que disparé en la cabeza, tras enterarme que fue un antiguo compañero de lucha durante la época del franquismo, nadie de la organización me informó de ese detalle. Maté a uno de esos hombres que tanto admiraba por todo cuanto lucharon y arriesgaron.

 

Pasaron algunos años y llegó el plan de reinserción, al que me acogí de los primeros. Tuve la oportunidad de arrepentirme y de pedir perdón, en contra de lo que mucha gente de la organización, tanto la parte de la lucha armada como la política, deseaba. Llegó a mis oídos que uno de mis dos excompañeros debió irse de la lengua y la cúpula andaba como loca averiguando quién era esa mujer con la que tuve una hija, para tomar represalias contra ellas por si me iba de la boca en mi plan de reinserción. No fuimos los únicos en ser amenazados, e incluso, algunos familiares de compañeros, que también renunciaron a seguir en la lucha armada, tuvieron verdaderos problemas. Decidimos que por mucho que seguían en el anonimato y que mi hija ni tan siquiera llevaba mi apellido, por su propio bien, para ellas era más seguro que se viniesen a vivir cerca de la prisión a la que me trasladaron tras la renuncia a pertenecer a la banda: Nanclares. Aquí fuimos llegando todos los que se acogían al plan de reinserción y siempre hubiese podido encontrar quien las ayudase en el caso de necesitarlo. El tiempo pasó y, como bien saben, todo se fue normalizando. Menos mi insomnio. Continué pasando muchas noches en vela. Es peor prisión los recuerdos que la cárcel. Hace cinco años, me atreví a enviar una carta a la viuda del hombre al que volé la cabeza. Le contaba muchas cosas, intentando hacerme entender y pidiéndole perdón mil veces. Mantuvimos varios intercambios de cartas. En una de ellas me dijo que por su parte estaba perdonado, que ella no quería vivir ni con odio, ni con rabia, que eso era lo último que su marido hubiese deseado. Me escribió una frase “sé que no te vas a desprender de él, nunca, así que espero que te guste su insomnio”. Ese perdón no significó la paz para mis noches, pero al menos sí para mis días.

 

Hoy ha entrado un nuevo preso. Un chico joven, de 22 años. Por su aspecto nadie diría que haya podido cometer algún delito. Me lo he cruzado dos veces: una en el comedor y otra, por la tarde, en el patio. Intentaba buscar en sus ojos alguna respuesta. Como si en su mirada esperase encontrar algo que me hiciese comprender por qué es un asesino; si hay arrepentimiento en él, si pasa noches en vela preguntándose por qué lo hizo y si recuerda a su víctima, como lo hago yo con las mías. Como yo he hecho todas las noches de los últimos 18 años. Menos ésta. Esta noche me pregunto si llegará una noche en la que me pregunte si el insomnio de este chico me gustará. Si se me aparecerá por las noches la imagen de este chaval desangrándose. Si llegaré a matar o no, al hijo de puta este que hace dos meses violó y mató a mi hija.

 

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