Te adoro – @_soloB

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ENERO 2007:

Huele a bolas de neftalina, bizcocho recién hecho, y suena la radio a todo volumen. Inconfundible el olor en casa de mamá.

-Hola mamá, ¿ya estás haciendo comida como para un regimiento?

Ella sonríe, retira un rubio platino mechón de pelo que le cae sobre la frente, con sus manos embadurnadas en harina, y yo, la beso en la frente.
He salido antes de trabajar para ayudarla con la cena del cumpleaños de Laura.
Cualquier excusa es buena para que ande liada entre fogones: compra en el supermercado, organizar entrantes, primeros, segundos, postres y adornar la casa con farolillos, cartel enorme de FELICIDADES y toda la parafernalia que conlleva una celebración para ella.

Ella es así, hay que quererla tal y como es, con su minucioso orden, su ansia de tener todo bajo control, su excesiva preocupación por los demás, su sufrimiento (evitable) por problemas que no le atañen; en fin, es todo corazón, y no puede vivir sin todo aquello que, aunque le suponga trabajo extra, le hace feliz hacer la vida más bonita a los suyos.

Pinta cuadros, creo que no os lo he dicho, y es una artista, de verdad, no porque sea mi madre, es que desborda creatividad por cada poro de su piel, y lo lleva a límites insospechados. Crea preciosas láminas que incluso han estado expuestas en alguna que otra sala de exposiciones de nuestro Madrid.

Es una fiera luchadora desde el día en que nació, sietemesina, aferrándose a esta vida como una pequeña dragona.

Tiene una sonrisa de esas que iluminan, su boca preciosa, dientes blancos y simétricos, labios gruesos con forma de corazón, y dos preciosos hoyuelos se dibujan en su rostro cada vez que sonríe. Sonríe con la mirada, con la boca, con el brillo de sus ojos, y con todo su cuerpo. Es verdaderamente preciosa y llena de vida.

ENERO 2016:

Huele a hospital, a lejía, a medicamentos, a pañales, a ancianos, se puede oir el silencio de la muerte llamando a alguna de las puertas. La habitación 118 huele a final, a pocas horas más, ya queda poco para dejar de sufrir, mamá.

Han pasado 9 años desde que le diagnosticaron alzheimer, lo rápido que han pasado los días y lo larga que se ha hecho la enfermedad.

Mi madre ha perdido la capacidad de sonreír, sólo se observan muecas en los movimientos faciales que imitan a sonrisas. No mantiene la cabeza por sí misma, no anda, no me conoce, me mira asustada con un dedo metido en la boca, succionando como un bebé.

Tiene neumonía, los médicos han dicho que es cuestión de horas, a lo sumo, días. He venido a despedirme, a estar con ella, a darle todo mi cariño, a peinar su cabello blanco, a besar sus párpados, a cogerla de la mano y ella con su reflejo de prensión, coja la mía.

Está tranquila, y a mí, me da por recordar lo fuerte que ha sido siempre, sus ganas de vivir, su optimismo ante la vida, su espíritu de superación; y ahí está, hasta el último momento, luchando por quedarse entre los vivos.

Vete tranquila mamá, gracias por haberme dado tanto amor, tanta dedicación, no te preocupes por mí, yo estaré bien -le susurro al oído, mientras ella hace sus últimos esfuerzos por respirar. Ahora te toca descansar a ti, que ya es hora…

Beso su frente, cierro sus párpados y los beso, sus ojos estaban mirando al infinito mientras se ha ahogado en un largo y último suspiro.

La habitación huele a paz, llamo a la enfermera y asiente con la cabeza. Extiende su mano hacia mí y me entrega un sobre:

-Raquel, esto me lo dio tu madre cuando entró en la residencia, me dijo en un momento de lucidez que te lo entregara el día que muriese.

Salgo de la habitación, y mientras espero a Carlos, abro el sobre:

«Te adoro, Raquel. Gracias por darme tanto amor como si hubiera sido tu madre de sangre».

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