Tanto silencio duele – @dtrejoz

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Son las 3:40 del martes 27 de julio del 2004, una tarde de verano que se hizo eterna, tanto que hoy día, los hechos ocurridos en la embajada de Chile en Costa Rica, no se terminan de esclarecer.

Orlando Jiménez, guardia de seguridad de 54 años, quien llevaba ya  varios años fungiendo como custodio en la caseta de ingreso a la embajada de Chile, toma su fusil M-16 e ingresa a las instalaciones de la embajada, con una consigna de muerte, alentado por motivos que hasta la fecha se desconocen, y se dirige a la oficina del primer secretario; Roberto Nieto, el mismo estaba atendiendo una llamada telefónica desde su silla, al percibir que alguien entra a la oficina voltea  y se encuentra de frente con  Orlando Jiménez, quien le apunta directo al centro del pecho y le dispara sin decir ni una palabra. Y fue el inicio y el final del primer silencio.

El disparo retumbó por todo el lugar…

En una oficina cerca de ahí, Xinia Vargas  escucha el estruendo y deduce que es la computadora de Roberto Nieto la que ha explotado, porque jamás en su vida ha escuchado el ruido que produce un disparo, porque en un país de paz como Costa Rica,  esas cosas no suceden. Luego se percató de que don Roberto había terminado la llamada porque se quedó en silencio, y vino a asegurarse de que todo estuviera bien.

Al salir al pasillo se topó con Orlando. El fusil aun venía humeante. La miró de una forma extraña, su mirada estaba perdida, pero Orlando la apartó de su camino y siguió hacia el salón principal, donde en la noche se llevaría a cabo una actividad para conmemorar los cien años del nacimiento del poeta Pablo Neruda, actividad que estaba a cargo de Rocío Sariego.

Xinia Vargas, luego de ver cara a cara a Orlando, luego de ver como seguía su camino “perdonándole la vida”, entró a la oficina de Roberto Nieto quien dejó sobre ella la última mirada, su último aliento, mientras solo alcanzó a decir:  ¡ay! ¿Qué es esto?

Tres funcionarias de Pro Chile, entre ellas Cecilia Montero, que se percataron del estruendo habían salido de su oficina y venían a cerciorarse de lo que fuera que ocurría, ahí se toparon con Orlando, con la mirada perdida y el rostro desencajado, parecía idiotizado, con los labios amoratados, sin rumbo…fuera de si. Orlando traía el fusil de frente, moviéndolo de un lado a otro, en una típica acción de búsqueda, alerta, y al toparse con las tres funcionarias apuntó el cañón del fusil hacia el pecho de Cecilia, quien sin saber todo lo que ya había ocurrido, apartó con su codo el fusil y le dijo a Orlando que no jugara con esas cosas, que es peligroso.

Orlando se dirigió a la oficina de Rocío Sariego, ella es una amiga mutua que tuve con Neruda. ¡Oh, Rocío…! Por ti escribí una canción.

Ahí estaba ella, sentada frente a su escritorio, con los poemas de Neruda en la gaveta, y su retrato vigilante en la pared. Y luego Orlando, la M-16, un disparo directo al pecho sin mediar palabras…y de nuevo el silencio.

Las tres mujeres al escuchar ese segundo estruendo, corrieron a ocultarse en la oficina del director de Pro Chile, Leonardo Banda, y junto a ellos también se ocultó el estudiante Chileno Leonardo Guerra.

Dentro de la embajada todo era confusión, algunos pensaban que un ladrón había ingresado a la embajada y que Orlando lo perseguía en claro cumplimiento de sus funciones, todo era caos.

Leonardo Banda y los que con él estaban, se encerraron y bloquearon la puerta con los muebles que tenían a su disposición. Entonces se escuchó un tercer disparo, fue contra la manilla de la puerta de Pro Chile, y segundos después un cuarto disparo contra la puerta donde se escondían Leonardo Banda y otras cinco personas. Orlando no pudo abrir esa puerta porque tenía muebles bloqueándola, así que pateó la lámina inferior de la misma y la desprendió. Por la abertura que se hizo en la puerta, vio Leonardo Banda el cañón del fusil de la M-16 entrando, asomado desde la parte baja de su escritorio vio el rostro de Orlando Jiménez, se cruzaron sus miradas, Orlando no dijo palabra alguna, simplemente no reconoció a ningún objetivo y se retiró.

Leo Banda, Jeannette Aguilar y Leo Guerra abandonan la embajada por una puerta que da a un patio trasero, sin saber que por otra puerta, también Orlando salía al mismo patio y se vuelven a cruzar cara a cara con el asesino y su fusil M-16 listo para seguir matando. Leonardo Guerra se oculta en una pequeña bodega, a la que se dirige Orlando totalmente perdido, confundido, poseído. Leonardo Banda al ver que intentaba entrar a la bodega le dice: -Orlando, ahí el que está es Leo Guerra, el ladrón debe estar adentro… y Orlando volvió a ingresar a la embajada.

Orlando pasó junto al pequeño baño donde se habían ocultado Xinia Vargas y Cesar Gómez, dirigiéndose luego a la oficina del Cónsul Christian Yuseff.  El mismo había puesto seguro en su puerta, porque había escuchado disparos y no sabía que ocurría dentro de la embajada. Orlando intentó abrir. Al encontrarse la puerta asegurada tocó y llamó al Cónsul.

-toc, toc  – Don Christian, necesito hablar con usted.

-Sí, Jiménez, respondió Christian Yuseff, mientras abría la puerta, pero dígame -¿qué es lo que sucede?

Simultáneamente a la acción de abrir la puerta, mientras se dejaba ver la luz hacia el interior de la oficina, iba entrando la punta del cañón de la M-16, y al hacer contacto visual con el Cónsul, un primer disparo alcanzó a atravesarle la clavícula, y luego un segundo disparo, uno que no dejara dudas, directo al corazón. Y de nuevo el silencio.

Nadie ha podido explicar los motivos que llevaron a Orlando Jiménez a cometer esa masacre, aunque hay versiones que vinculan estos hechos con un embrujo de magia negra, según un extenso, intenso y serio reportaje elaborado por el periodista Rodrigo Insunza (quien también es el escritor del libro “Terror en la embajada”) mismo que ha servido de base para reconstruir estos hechos, y a quien le doy los créditos respectivos.

Luego de ese último silencio, Orlando se acercó a un escritorio de la recepción, se despojó de su pañuelo, su peine, su faja, y de una carta que le habían entregado al mediodía donde le informaban que sería reubicado en otro puesto de trabajo, que ya no tendría que cumplir su jornada laboral como guardia de la embajada.

Acto seguido, puso la culata de la M-16 sobre el suelo mientras apoyaba el cañón en su garganta, y con alguna de sus manos, se disparó.

 

Los familiares de esas víctimas, al día de hoy, siguen sin recibir una respuesta de parte de las autoridades de Chile y Costa Rica, nadie les ha explicado porqué esperaron tantas horas en ingresar a la embajada, cuando se pudo haber salvado la vida de incluso tres de los que fallecieron aquella tarde, cuando hubo información desde el interior que aseguraba que Orlando agonizaba tirado en el piso, ahogándose en su propia sangre, que estaba completamente ciego y jadeaba muerto de sed, incluso hubo desafortunadas declaraciones de altos funcionarios de la embajada que aseguraban que estaban en negociaciones con el secuestrador, cuando se descubrió que por el disparo que se auto infligió, es imposible que Orlando haya podido hablar, porque se quedó sin lengua, y son muchas otras incongruencias que siguen sin aclararse, y son muchas preguntas que siguen estando sin respuesta.

La balacera en la embajada comenzó a las 4 de la tarde.

A las 10:04 p.m., cuando el equipo táctico policial tomó por asalto la embajada, cuatro cadáveres yacían en el suelo.

 

[ Diego Trejos – Tanto silencio duele ]

 

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