Tacones, mentiras y un motel – @soy_tumusa

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La miré a los ojos, una vez más y le mentí.

A veces pienso que el círculo de mentiras donde me encuentro se va estrechando más y más hasta que llegue el momento en que me ahogue abrazado a ellas y se descubra todo, entonces será el fin; o el principio de mi vida, esa con la que hace tiempo sueño poder algún día vivir.

Miro a mi alrededor y el salón a estas horas se me hace enorme, la misma mesa, el mismo mantel, la misma hora de la cena; distinta comida, pero, como no hay ganas, todo me sabe igual. Ella se mueve entre las sartenes y los armarios como si danzara, lo tiene todo tan organizado que parece que hubiera nacido para ser la mujer de esta casa. Después de tantos años junto a ella, solo puedo decir que la admiro. Serena y elegante, jamás pierde las formas, consigue tenerlo todo dispuesto y siempre sin perder esa belleza y paz que en algún momento, en su día, hicieron que me enamorara de ella.

Hace mucho que intento no mirarla a los ojos, temo que mis más profundos secretos queden al descubierto, y desde entonces, cabizbajo, suelo hablar y complacerles en casi todo. Es lo menos que puedo hacer como castigo a las ofensas que desde hace años les vengo haciendo a los miembros de esta familia. Cuando llego a casa, siempre me siento arrepentido y desolado, pero hay algo dentro de mí que lo necesita, que me arrastra y pide a gritos vivir esta doble vida que llevo sin dignidad y con cobardía. Aquella mañana la miré a los ojos y, de nuevo, le volví a mentir. Esa noche era cena con la empresa, le dije, otras veces era exceso de trabajo o un viaje de negocios, qué más da. Ella lo entendía y yo, sin más explicaciones, era feliz al ver que no dudaba de mis palabras.

La oficina a esas horas estaba desierta, me aseguraba siempre que no quedara nadie, así evitaba poder ser visto por alguien que en algún caso pudiera comprometerme. En el armario de mi despacho, siempre bajo llave, escondía cual reliquia mi maleta de Louis Vuitton, siempre a punto, llena de mis más profundos y oscuros placeres. Dentro cabía todo lo que desde hace años me hacía profundamente feliz. Me fui al baño arrastrado por el entusiasmo y la excitación y comencé el ritual. Desnudo frente al enorme espejo del lavabo, observaba y acariciaba mi pálido cuerpo, delgado y lánguido, ansioso por ser vestido con aquellas delicadas ropas. Me incliné con descaro y sensualidad, sin dejar de mirarme, observando cómo aquellas medias cubrían mis muslos, mientras pensaba que mis piernas estaban hechas desde siempre para la lycra. Saqué aquel maravilloso conjunto negro de encaje con liguero a juego, adornado con puntilla en chantilly y dejé que abrazara mi piel, mientras excitado, no podía dejar de tocarme y acariciarme al verme vestido con tal sensual prenda. El vestido de seda caía sobre mí como cuando te pones perfume, ajustado, perfecto. Abrí mi estuche de maquillaje y seleccioné cuidadosamente cada pincel, cada polvo, aplicándolos suavemente, tal como lo haría una Geisha. Di color a mis mejillas, a mis ojos y a mis labios, me coloqué mi larga melena cobriza a modo de peluca mientras, enamorado, admiraba lo que veía. Acabo de transformarme en mí, acabo de convertirme en lo que realmente deseo y soy.

Se acercaba la hora, me coloqué bien el relleno del sujetador, cogí el bolso y me calcé los insinuantes tacones de Louboutin ;<<Susi estaba lista para salir>>, me dije, mientras caminaba con garbo, contorneándome por cada espejo que encontraba a mi paso, me sentía libre, me sentía vivir a cada paso firme que mi tacón daba, moría por sentirme así y dejar de fingir.

Era ya la hora pasada cuando el motor de mi coche se apagó frente al Motel, la luz de la misma habitación estaba encendida y eso me hizo sonreír. Eso es que me espera. Como cada vez que hacía el mismo ritual, mis tacones vibraban al bajar del coche, la noche oscura era mi cómplice y me sentía cómoda; caminé con paso firme, arreglándome el vestido al son de mis andares y, sigilosa, subí por la ansiosa escalera. Mi delicada mano acariciaba la barandilla y, sonriendo, llamé a su puerta. Era el momento del corazón, ahora me desbordaba cada latido por encima de mi ropa interior, parecía como si el encaje de aquel sostén se clavara de deseo en mi piel al oír sus pasos detrás de la madera; <<Susi>>, dije con voz sensual, y su rostro apareció entre la penumbra de aquel quicio, brillando, sonriendo, como cada semana, esperándome. Sus manos con las mías adentrándome en aquella habitación, era el preludio de una noche de lujuria y pasión en brazos de Manuel; follábamos con la mirada antes de besarnos y hablábamos con los cuerpos y con las manos simplemente sin tocarnos.

El camino de vuelta a casa, desmaquillado, desvestido, desnudo de mis ropas, era el camino más largo que jamás creí hacer. Repasando cada segundo de mi otra vida y pensando en el próximo día en que otra mentira me lleve de nuevo a ser quien realmente quiero ser.

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