Tacones, mentiras y un motel – @_ej_es

Erica Jade @_ej_es, krakens y sirenas, Perspectivas

«¡Tacones!», farfullo. Los malditos tacones de vértigo sobre los que camino son los que me están matando. Él dice que me balanceo sobre ellos de una manera que le marea, pero ya le explicaré el efecto que tienen en mis pies. En realidad ha sido culpa del coche, que me ha dejado tirada a… ¡Joder, no sé a cuánto estoy de la dirección que me ha dado! Llevo caminando veinte minutos, a doce centímetros del suelo, y según el navegador de mi móvil, aún me falta un tercio de la distancia. Respiro hondo, paso de que este mal humor me joda la aventura.

Nota mental: coger algo más que las llaves del coche y el móvil la próxima vez.

Reduzco el paso y repaso el plan en mi cabeza. No me espera en la recepción y cuando, hace quince minutos, ha preguntado por whatsapp si pasaba algo, mi respuesta simplemente ha sido “un contratiempo”. No hay ningún cartel luminoso que indique que he llegado, pero ya lo he hecho, según mi móvil.

“Ya estoy aquí”. “Apartamento 212”.

Todo el complejo tiene un toque algo retro. Atravieso un pequeño parking a la entrada y busco el apartamento 212. ¡Se parece tanto al de una peli americana! Confío en que el maquillaje esté en su sitio, recoloco las tetas y toco suave con los nudillos en la puerta. Abre. Entro y la puerta se cierra de golpe a mi espalda; mis ojos han de acostumbrarse a la penumbra de las velas. No le veo. Cuando voy a girarme, buscándolo, siento sus manos sujetándome por la cadera. Su cuerpo se pega al mío y siento su boca en mi cuello. Sus manos suben la poca tela que cubre mis piernas dejando al descubierto mi sexo, desnudo según lo acordado. Su boca y su lengua siguen haciendo las delicias de mi piel y sus manos comienzan a jugar. Me abro de piernas, apoyando un poco la espalda en su pecho, y entonces, cuando me estoy dejando llevar, sin tener guión previo a partir de aquí, me lleva a la cama. Jadeo. ¡Joder, cómo le deseo!

En la penumbra no había visto las esposas preparadas en el cabecero de la cama. No me resisto. Ninguno pronunciamos palabra alguna, otra de las cosas pactadas. Sólo sus manos siguen hablándole a mi piel y yo…yo me muero por escucharle, en susurros, lo que sabe que multiplica mi deseo: zorra. Me desnuda, lo cual no ha sido complicado con la poca ropa que traía puesta, pero me deja los zapatos; a ambos nos gusta demasiado como para renunciar a ese fetiche.

Sólo estoy sujeta por las muñecas pero tengo los brazos tan extendidos, tan abiertos, que no me es posible casi moverme, excepto de cintura para abajo. No me está dando lo que yo esperaba, ha dejado de tocar, de besar… De echo, se ha separado de la cama y ha empezado a ignorarme. Empiezo a sentirme incómoda: ignorada, desnuda, inmovilizada en parte, cachonda y sin saber cómo colocar mis piernas y tacones para no sentirme ridícula. Pero no parece verme, ni percatarse de mi presencia, como si no hubiera sido él quien me había puesto en esa situación.

Nota mental: no volver a incluir la norma de no hablar en nuestros juegos.

Ha abierto la ventana y está fumando un porro que ha sacado del baño. Debía tenerlo preparado ya. La luz de la farola de enfrente hace que le vea en negro, con la cabeza ligeramente levantada y el humo en blanco, subiendo lento… Es un contraste que también me parece de película en este momento. Ya no estoy cachonda; estoy decepcionada, y algo enfadada, y… Otros nudillos golpean la puerta y él no se sorprende. Se acerca a abrir con naturalidad y me quedo sin respiración por un momento, ¿¡qué hace!?

Entra una chica mulata, preciosa, subida en unos tacones tan altos como los míos, con una boca roja que no soy capaz de dejar de mirar y una sonrisa en la mirada que derrite. Mi cabeza y mi respiración empiezan a ir a mil por hora porque: sí, siempre le han gustado las mulatas; sí, siempre ha querido hacer un trío; pero no, no se había pactado esto; no, nunca le dije que aceptaba hacer un trío; no, no, no… Ahora, no sólo mi coño se ha quedado seco, también mi boca y mis ojos, no soy capaz de parpadear siquiera viendo la manera en que se besan. Son besos de bocas que se conocen, caricias de manos que han hecho viajes juntas por rincones hechos de piel y sudor.

Algo me sube desde mi sexo, me atraviesa las entrañas, cruza el pecho y se me agarra a la garganta. Ira, una ira desconocida mezclada con humillación. Da igual que cruce o simplemente cierre las piernas, la sensación de vergüenza y desprecio va creciendo a medida que mis ojos presencian caricias más atrevidas. Comienzan a gemir. Y yo quiero morirme, ahí, en ese momento y de manera fulminante para no tener que revivir esto en recuerdos.

A ella también la ha desnudado. Y una voz en mi cabeza, que no sé de dónde sale, me dice que al menos así estamos los tres en las mismas condiciones. En cierto momento, la boca que yo considero mía, abandona sus pechos y le susurra algo al oído, a lo que ella no tarda en abandonarlo. Se me acerca. Camina despacio, con elegancia, y me sorprendo de ser consciente de ello mientras observo la sonrisa masculina, y su paja inminente. La de piel chocolate se arrodilla junto a mí y me recorre, primero con la mirada, luego con las yemas de los dedos. Siento que mi cuerpo responde, y no quiero. Miro su boca roja, entreabierta, no puedo dejar de mirarla, y no quiero. Él se ha acercado, viene acariciándose, completamente excitado al vernos juntas. Y yo de nuevo recuerdo que sus cuerpos ya se conocían, y quiero gritar, decir algo, pero mi garganta se niega, como si quisiera ver hasta dónde va a llegar esto. Ella me abre las piernas y se coloca en medio, se tumba un poco sobre mí, dejando descansar su sexo en el mío. Se acerca…

 

Pego un respingo. Estoy a oscuras y algo sudada, me he despertado sobresaltada. Vuelvo a cerrar los ojos intentando atrapar las imágenes que llenaban mi cabeza hace un momento, pero se deslizan demasiado deprisa, deshaciéndose. Me levanto con la linterna del móvil en la mano y voy a la cocina, no quiero despertarle. Las baldosas frías bajo los pies me calman. En la cocina enciendo la luz, no sería la primera que me pego un golpe por ir casi a oscuras, y bebo agua despacio, sentada en un taburete, dándole tiempo a mi ánimo a recuperarse. No recuerdo qué estaba soñando pero desde luego me he despertado agitada. Mi mirada se desvía a aquel enorme y precioso ramo de flores que me ha traído hoy, sin venir a cuento; lleno de margaritas, por cierto, mis favoritas, y que me hace sonreír a pesar de mi recelo cuando lo trajo. Es un regalo, sin más, no tiene que haber ningún secreto detrás… Sacudo un poco la cabeza, para terminar de alejar mis dudas. No, entre nosotros no hay mentiras.

[ Este relato continúa en “Demasiado ocupado”, publicado en de krakens y sirenas el 04 de Junio ]

 

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