Tacones, mentiras y un motel – @Candid_Albicans

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Domingo 15 de mayo, 3:05 am

Todavía no sé a dónde me dirijo. He salido sin rumbo hace una hora y sólo me queda depósito para unos 100 kilómetros más.

Tengo la boca seca, el estómago revuelto y el corazón en la garganta. La cabeza me da vueltas sin parar y no puedo concentrarme en la conducción. Mis pensamientos vuelven una y otra vez a ese motel de carretera, como si quisieran quedarse con ella a pesar de todo.

 

Sábado, 14 de mayo, 00:40 am

La observo desde la cama, con la admiración de quien observa una obra de arte. Me detengo en cada mechón ondulado que cae suavemente desordenado sobre sus hombros desnudos. En los lunares de su espalda, que recorrí tantas veces con mi boca que sabría localizar cada uno de ellos con los ojos cerrados. En su forma de vestirse, en cómo su blusa de seda acaricia su piel mientras se desliza sobre su cabeza.

Sus ojos color acero se encuentran con los míos, y con una sonrisa entre divertida y diabólica, se inclina sobre mí y me besa.

-¿Qué miras?

-A ti. No te vayas todavía, por favor. Es pronto. -La agarro de las muñecas atrayéndola suavemente hacia mí de nuevo, besándole el cuello y deslizando mis manos por debajo de su blusa hasta acariciar sus pechos-

-Debo irme, pero ya sabes que nos volveremos a ver. Esto se está convirtiendo en algo más que un encuentro ocasional y no sé si es bueno, pero me gustas mucho.

Hace dos meses estas palabras habrían sido más que suficientes para irme satisfecho. Pero ahora la palabra «ocasional» me atravesaba el pecho como un puñal. Me había enamorado de ella y deseaba conocerla mejor, pasar más tiempo juntos, salir de estas cuatro paredes. Deseaba que nuestros encuentros fuesen algo más que unas horas de sexo salvaje en un motel apartado de la ciudad, y necesitaba decírselo.

-María… me gustaría que nos viésemos más a menudo.

Me miró desde lo alto de sus tacones, como si fuese un niño a punto de ser reprendido.

-Carlos, tenemos un acuerdo. Recuerda lo que habl…

-Te quiero -la interrumpí-

Y como si hubiese pronunciado las palabras mágicas de un conjuro, dejó caer su bolso y se sentó sobre la cama con una expresión de derrota.

-He querido evitar esto desde el primer día. Tengo que decirte algo muy importante. Tenía que habértelo dicho ya el día que nos conocimos.

De repente el mundo comenzó a abrirse a mis pies. Joder, está casada. Tiene que ser eso. El corazón me quería salir por la boca.

-No me voy a andar con rodeos: yo no nací mujer. Fui sometida a una operación de cambio de género a los 20 años, tras una adolescencia de depresiones y graves crisis de identidad. Entenderé que no quieras volver a verme.

Se quedó inmóvil, esperando una contestación o alguna reacción por mi parte. Le pregunté si era broma, y se limitó a negar con la cabeza. Me vestí rápidamente mientras ella me pedía perdón por no habérmelo dicho antes, mientras yo le reprochaba el haberme mentido. Joder, ¡me he enamorado de un hombre!

-No te he mentido, ¿realmente crees que soy un hombre? -por primera vez vi la tristeza asomar al acero de sus ojos-

-Ya no sé qué creer. Lo siento. Adiós.

El portazo sonó a rabia, a condena y a intolerancia.

 

Ahora estoy parado en medio de una carretera a ninguna parte, preguntándome si mi orgullo y amor propio supera al que llegaré a sentir nunca por nadie.

 

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