Tacones – @DeNegraTinta

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No sé la hora, el día sí. Despierto con frío, mis pies congelados y el cuerpo buscando el calor del suyo. Duerme plácido, roncando por ambos envuelto no en una, sino en todas las cobijas de nuestra cama. En un arrebato me empierna como si de mí dependiera su sueño. Me escabullo pretextando sed… mentira, me gana el antojo ¡maldito vicio! pero uno no es ninguno cuando de fumar se trata. Sentada en la sala y acompañada por la media luz de la madrugada saludo a la luna y hago un guiño a las estrellas que de forma recíproca parpadean en ésta ya acostumbrada velada. Veo el reloj, son las 3:00 a.m. faltan algunas horas todavía para ver el sol nacer. Parece que el sueño se ha quedado del otro lado de la pared, colgado junto a las ganas que tenía de descansar toda la noche. No quisiera señalar al frío como el único causante de mi desvelo, seguramente está aderezado por la presión del trabajo y los problemas cotidianos que no se pueden resolver, que tienden a maximizar entre tanta oscuridad. Consciente de no poder hacer nada al respecto me dirijo a mi habitación acurrucándome de nuevo hasta quedarme dormida.

Suena el despertador son las 5:45 a.m. corro a la ducha para refrescarme y sacudirme lo que quedó de un mal dormir, aún húmeda por el vapor prosigo a realizar la acostumbrada odisea de ataviarme. Viene después mi parte favorita, escoger entre mi ropa lo que debo vestir y por supuesto lo que debo calzar. No pueden faltar los tacones. Esa maravillosa sensación de sentirme femenina sin importar el color en un par de zapatos. Divino instrumento de coquetería que transforma a una mujer y su caminar en el sonido delicioso de la seguridad y la elegancia a unos centímetros más allá del suelo. Una extensión de las piernas que alarga y embellece, que resalta y endulza las miradas, que despierta y sacude la imaginación de los hombres que no solo gustan de verlos sobre el asfalto. Cómo evitar levantar la vista ante el estruendo de su sonar y avivar las envidias de las féminas que comparten de éste singular vicio. Todo un arte al caminar, apreciado por propios y extraños. Así pues, salgo a la calle con unos centímetros más para conquistar el mundo, acompañada como todos los días de mi accesorio favorito que aunque no me permite correr, me hace dar pasos firmes en el transcurrir de mi complicada agenda. Sí, podría llamarles sin dudar «cómplices» quién mejor que ellos para engalanar cada ocasión importante, juntas, reuniones, fiestas. Y es que parece mentira que un par de ellos puedan hacer la diferencia en un momento cualquiera.

El Sol se ha escondido nuevamente haciendo énfasis en el fin de una jornada más, son las 6:00 p.m. cae la tarde y junto conmigo ellos  compañeros del cansancio y el disfrute por haber concluido mi diaria travesía. Ya en casa me descalzo de esos hermosos estuches que al parecer aprisionan mis pies, pero no. Una vez más me siento como la heroína que se despoja de su poderosa vestimenta después de haber cumplido exitosamente con la misión asignada. Llegó el momento de despedirlos, de guardarlos en su lugar esperando volver a levantar los pies de la tierra otro día, siempre enfundada en un par de ellos, un par de tacones que pareciera me hacen tocar el cielo.

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