Tacones – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Me llamo Daryna, que significa regalo. 
Soy de una ciudad de Ucrania llamada Odesa y creo que tengo 21 años. Sí, creo, ya que fui perdiendo la noción del tiempo a la vez que la inocencia me abandonaba para siempre.

Tenía 13 años cuando conocí a Omar. Era una tarde de otoño, de esas en las que todo parece regado con agua de magia y la música sonaba más dulce que de costumbre. Quizá no fue tan especial como recuerdo, pero a mí me lo parecía cuando veía todo reflejado en sus intensos ojos azules y su voz me hablaba de cosas de las que jamás había escuchado hablar y desconocía.
Me enamore de él y esa tarde de otoño fue seguida de un invierno lleno de calor de amor, al que siguió una primavera en la que florecieron nuestros sueños y promesas.
Mi madre adoraba a Omar y, por ello, no vio inconveniente alguno en dejarme ir con él de viaje a conocer a su familia.
Llegó el verano y con él todo cambió.
Durante el viaje Omar parecía preocupado y contestaba que era solo cansancio ante mis preguntas, con una sonrisa forzada y una caricia en mi mejilla. Y le creí, siempre le creía.

Me llamo Daryna, significa regalo. Soy de Odesa y creo que tengo 21 años.

Apenas llevábamos dos horas en aquella casa del sur de España, cuando recibió una llamada y su rostro cambió.
Me dijo que era de la embajada y que necesitaban comprobar mi pasaporte por un problema con el visado y que mandarían a unos agentes de policía a la mañana siguiente a verificar que todo estuviese en orden. Se lo di, siempre le creía.
Lo guardó en el bolsillo de su camisa y las manos le temblaban. Esta vez no pregunté nada, era cansancio. Al igual que lo era lo que provocaba que mi cuerpo se hiciese un ovillo en el sofá y el sueño empezase a cerrar mis ojos, mientras observaba a Omar andar de un lado a otro de la habitación y mirar por la ventana.
Le sonreí, y su sonrisa fue lo último que vi antes de cerrar los ojos y que el cansancio venciera al placer de observarle.
Desperté y la confusión abrió mis ojos haciéndolos más grandes que de costumbre. Omar estaba sentado frente a mí, me miraba y sus ojos parecían tristes.
A su lado, un hombre de unos 40 años y rostro serio hablaba con otro algo más joven. Pensé que eran su familia y, avergonzada por dormirme, intenté incorporarme del sofá, pero mis manos estaban esposadas y mis piernas amarradas con cuerdas.
Busqué a Omar con la mirada y sus labios dijeron un simple «Lo siento pequeña». Fue un susurro, apenas apreciable, tan discreto como las lagrimas que segundos después salieron de sus ojos al ver cómo el chico joven me arrastraba por la habitación. Yo gritaba su nombre, él no hizo nada para ayudarme. Más tarde entendí por qué.

Me llamo Daryna, significa regalo. Soy de Odesa.

Tras más de dos horas de viaje en coche llegamos a una casa aislada y con un jardín precioso. Siempre me han gustado las rosas. Son como las personas, hermosas y dañinas a la vez.
Me llevaron a una habitación en la que había otras tres chicas y cerraron la puerta con llave. Las miraba asustada intentando entender qué ocurría, pero sus miradas reflejaban el mismo miedo que la mía y el temblor de sus cuerpos tampoco era de frío.
Fuera se escuchaban gritos en un idioma que no entendía y yo susurraba el nombre de Omar, como si al hacerlo él fuese a venir a rescatarme de algo que aún no comprendía. Él jamás vendría, pero yo no lo sabía y mi alma escapaba a esas tardes de otoño en compañía de sus caricias.
La puerta se abrió y, junto al chico joven, entraron un hombre mayor y dos chicas que me levantaron del suelo con rudeza, me quitaron la ropa y palparon cada rincón de mi cuerpo anotando cosas en una libreta.
Escuché un «Bienvenida» en mi idioma y una sonrisa de alivio apareció en mi rostro. Pronto se borraría para no volver a aparecer nunca.
El hombre que creí padre de Omar en aquella casa acababa de entrar en la habitación y, con paso firme, ocupó el centro de la misma.

– Olvidad vuestro pasado, a vuestra familia, de dónde sois y el nombre que os pusieron al nacer. Ahora me pertenecéis.

Miré a las otras chicas, todas desnudas y asustadas, y ninguna nos atrevimos a preguntar nada. Él siguió hablando, yo ya no podía escuchar nada.

Me llamo Daryna, significa regalo.

Me miraba al espejo mientras esas dos chicas se movían a mi alrededor hablando entre ellas, ignorando mi miedo y siendo cómplices, voluntarias o no, del inicio de mi pesadilla. Ellas reían, yo contenía el llanto y llamaba a Omar, en silencio, rezando por su regreso.
Vistieron mi cuerpo con una bonita ropa interior roja y un vestido negro. Maquillaron mi rostro y dieron forma a mis rebeldes rizos con un peinado bonito. Perfumaron mi cuello y, tras poner carmín en mis labios, aprisionaron mis pies dentro de unos zapatos de tacón rojo.
El señor, cuyo nombre descubrí más tarde, se acercó a nosotras mirando cada detalle de nuestro nuevo aspecto. Asintiendo, satisfecho. Debió darles alguna orden, ya que las chicas asintieron y, a empujones, nos sacaron de la habitación para subirnos de nuevo al coche. Una a una nos fueron colocando, como ganado, en sus locales. En cada parada la misma escena. La puerta del coche se abría y unas manos sacaban del coche a la seleccionada que, entre empujones y sus inútiles súplicas, era llevada dentro. Yo fui la segunda, nunca he sido la última en nada.
El local era grande y lo primero que vi fue una enorme barra sobre la que se apoyaban varias chicas, todas de pie, en señal de bienvenida. Las luces tenues del local apenas me dejaban ver una pista de baile y unas escaleras por las que apareció Omar.
No sentí alivio al verle. Era él, pero no le reconocía con esa ropa y el arma que llevaba en su cinturón. Tampoco en sus gestos ni en el tono de voz que usaba para hablar ahora.
Se acercó a mí, ignorando mi presencia y saludando; como si solo existiera él, al que mi inocencia convirtió en su padre en mi despertar y que me presentó, minutos después, como don Alejandro.
Ambos me acompañaron escaleras arriba a lo que ellos llamaron mi habitación, que yo bauticé como mi prisión, y me explicaron cuáles eran mis múltiples obligaciones y mis escasos derechos.
Omar se fue, y Don Alejandro fue el primero de todos los que vendrían después. El peso de su cuerpo se durmió sobre el mío tras correrse dentro de mí, tras obligarme a besar su boca y tocar su piel. Tras eso, me pusieron nombre: Vanesa.

Me llamo Daryna.

La habitación ya no me parece tan grande como al principio y, ahora, ya no escucho el sonido de mis tacones que antes era la melodía de mi suplicio.
He dejado de recordar a mi madre y el olor de su café recién hecho o las tostadas con mermelada que me preparaba. Tampoco pienso en mis compañeras de clase, en los libros que dejé en mi habitación o en lo mucho que me gustaba ponerme el jersey rojo que conservaba de mi padre. Me quedaba grande y estaba lleno de agujeros, pero era la prenda que más me gustaba para abrigarme.
He dejado de pensar en las tardes de cine, los secretos entre amigas y los besos robados en las esquinas. Ya no atesoro los juegos con mi hermana en el arroyo ni las tardes de otoño.
Ya no me duelen los mordiscos ni los caprichos de los clientes, ni siento arcadas cuando sus lenguas entran en mi boca; la mía ya no huye como antes y se entrega al roce de las suyas. He dejado de lavarme la piel hasta dejarla roja y ahora soy yo la que escoge mi ropa.
Ya no me siento junto a la ventana a pensar en sus ojos azules, el jazz callejero o las promesas que jamás se cumplieron y he dejado de huir al recuerdo de sus abrazos para olvidar la violencia del sexo de otros cuerpos.
Ya no sonrío, ya no siento.

Me llamo Daryna .

Me llamo Vanesa.

 

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