¡Suélteme el brazo, señora! – @alternoso

Javier Morales @alternoso, krakens y sirenas, Perspectivas

Ya llevábamos unos cuantos minutos de discusión sobre los resultados de los tres partidos del día cuando apareció Lucho tras una serie de banquetas en el parque. Llevaba el pelo desordenado y grasoso, una barba dispareja y manchada de canas que apenas le añadía algo de sombra en el rostro y los ojos rojos. Se veía que no había dormido y que muy seguramente llevaba por lo menos un par de días sin ducharse. Lo miramos todos en silencio, unos buscaron su botella de cerveza que habían apoyado en el piso, otros ya la teníamos con el pico pegado a los labios casi para justificar el silencio. Lucho no miraba a ninguna parte, venía con la vista clavada al suelo y las manos enguantadas en los bolsillos de una sudadera del United.

Memo no aguantó y soltó un eructo tímido pero imposible de disimular, Carlos se rio por lo bajo y Toño le dio un manotazo en el brazo. Cristian fue el primero en atreverse a levantar un saludo. «¡Qué dice el Lucho!», le gritó. Pero casi al mismo tiempo se arrepintió pues a todos nos sonó falso y vimos cómo a Lucho se le hacían ahora más difíciles los pasos para llegar hasta donde estábamos. Eventualmente llegó, casi dando rodeos, casi regresándose, pero por fin plantó cabeza frente a nosotros y escuchamos que decía un inaudible «eh» a modo de saludo, a modo de queja, a modo de afirmación.

Dos semanas atrás estábamos todos reunidos en el mismo sitio, en el parque de siempre, luego de patear el cuero durante casi dos horas y de reírnos y putearnos por lo malos que somos. Pero de eso se trata, de patear el cuero y de tomar unas cervezas y volver a la casa con la esposa y los hijos, volver a los reproches y a la rutina del hombre acabado. Así lo vemos casi todos, Memo en cambio es un enamorado y lleva a la esposa y a los hijos al parque a que lo vean jugar, nosotros no lo envidiamos mucho, pero sí que aprovechamos para mirarle las tetas gigantes a su mujer que está en pleno sexto mes de lactancia de su segundo hijo. Memo lo nota pero se hace el idiota o lo hace a propósito sabiendo que en la noche se las estará chupando mientras el bebé duerme y nosotros no. El puto de Memo, cómo lo queremos. En realidad todos nos queremos y nos preocupamos por todos y por los problemas de familia que cada uno pueda tener. Nos damos consejos, nos prestamos dinero, nos reímos de todas y cada una de nuestras desgracias para que cada semana sea otra oportunidad para sobrevivir. Y así es cada domingo desde los últimos seis o siete años.

Aquel domingo, dos semanas atrás, Lucho llegó más tarde que todos, no dijo palabra mientras se estiraba los cuádriceps halando cada pie hacia sus nalgas y entró a la cancha sin siquiera mirarnos. No le dijimos nada porque el juego apremia y no lo vamos a joder por el mal humor de uno, pero cuando terminamos sí me le acerqué y le di un codazo amistoso en la espalda. Me miró y siguió en lo suyo guardando la ropa sudada en la maleta, entonces lo empujé y le dije que era un maricón. «Marica su madre», me dijo y me giré para partirle la cara pero se enderezó de un salto lo que me dejó sin margen para lanzarle el golpe. Nos encaramos e inmediatamente los demás corrieron a atajarnos. Fue entonces que se tomó la cabeza y, de cuclillas, empezó a decir que le había tocado una mierda de vida.

Cuando nos contó lo que pasaba la mayoría nos lanzamos al suelo de la risa. Al muy idiota le habían descubierto que se había pegado a la línea de cable de los vecinos y, aunque la empresa no lo iba a denunciar, se había quedado sin televisión por cable y sin internet en la casa. Una idiotez a todas luces, pero el asunto cobra relevancia cuando sabes que la semana siguiente empieza el Mundial de fútbol, ahí sí la mala suerte de Lucho era una verdadera putada para cagarse de la risa. Luego nos dijo que no era todo, que su suegra, que vivía en Cartagena, había decidido caer de visita por un par de semanas. La verdad es que en el grupo todos queremos a nuestras suegritas porque son todas unos ángeles con nosotros, pero de la suegra de Lucho solamente sabíamos que Andrea, su esposa, se había ido de la casa para poder casarse con él y que desde ahí le había marcado una cruz en la frente.

La conoció cuando nació su hijo Samuel, cuatro años atrás. Viajaron a Cartagena cuando el bebé tenía diez meses y se quedaron dos semanas de aquel diciembre en la casa de la matrona. El suegro había muerto cuando Andrea era una adolescente y, según nos contó Lucho, en el barrio todo el mundo rumoraba que la señora Nereida lo había matado de una rabia. En fin. Lucho nos contó que esas dos semanas fueron el peor infierno que nadie se pueda imaginar. No había puesto un pie en la casa, ni siquiera había metido las maletas, cuando doña Nereida le plantó una hoja de papel en el pecho y le dijo que esa era la lista del mercado y que tenía que ir de una vez pues cerraban a las seis. Iba a decir que más tarde podían ir a la cadena de supermercados que atiende hasta las diez pero lo miró con furia y le dijo que si no volvía con el mercado sencillamente no entraba a la casa y su esposa, su hijo y ella se quedaban sin comida hasta el año entrante; luego le tiró la puerta en la cara, cosa que no sirvió de mucho pues era como todas las puertas en la costa, de reja, así que pudo ver cómo se alejaba hacia el interior de la casa luchando con un bastón de madera en una mano y empujando suavemente a Andrea por la espalda con la otra. El resto del viaje de Lucho fue de esa misma intensidad, así que ni vale la pena contarlo.

Entonces entendimos, con risa por supuesto, la razón del empute de Lucho. Corría el riesgo de perderse el Mundial cuando un mes atrás había comprado un televisor 4K de 50 pulgadas, una belleza con la que nos calentó las orejas durante horas el domingo después de que lo compró. Un lujo de esos que solo te permite una tarjeta de crédito diferida ad infinitum y que te hace sentir menos pobre aunque en realidad está confirmando y aumentando tu pobreza. Por supuesto que estaba como un toro el pobre Lucho si parecía que se le venía el mundo encima. Y ustedes dirán, ¿no podíamos invitarlo a ver los partidos nosotros, sus amigos de juego de cada domingo? No, no había manera práctica de hacer eso cuando el mundial se juega en el este más este de Europa y la diferencia de horario hace que todos los partidos se jueguen antes de mediodía. No podíamos, ni él ni nosotros, ponernos en el plan de meter a un amigo a la casa desde las ocho de la mañana. No hay hogar que aguante eso y menos durante todo un mes. El asunto era grave para el pobre Lucho y por eso lo entendimos, y por eso hicimos lo que hicimos, sobre todo cuando se echó a llorar allí acuclillado babeando el pasto y tirando mocos que se le mezclaban con el sudor, una escena que nos asqueó tanto que propusimos hacer la vaca inmediatamente.

Reunimos ese mismo día lo necesario, y hasta un poco más que gastamos en unas cervezas extranjeras, para comprar el paquete de tv satelital que incluía un paquete para ver todos los partidos del mundial. La cara de niño de Lucho cuando salimos del supermercado era un poema. A todos nos dio un beso en la frente y nos dijo que éramos sus hermanos. Iba a llorar otra vez cuando le dijimos que se dejara de maricadas y lo metimos en un taxi que lo llevó hasta su casa abrazado a la caja de la antena satelital. Estaba tan feliz que se le olvidó que todavía le faltaba lidiar con el asunto de la suegra. Y bueno.

La suegra llegó un día antes de la inauguración del Mundial y se comportó según lo esperado, lo puteó apenas se bajó del taxi porque no le advirtieron que las carreras desde el aeropuerto en la capital eran más caras que enterrar a un marido, así gritó mientras el taxista le ayudaba a descargar las maletas del baúl. Eso me lo contó Lucho por teléfono esa misma noche, me llamó porque estaba preocupado, me dijo que no sabía cómo iba a hacer para levantarse tranquilamente a ver la inauguración del Mundial cuando su suegra iba a estar durmiendo ahí en la sala. Me dijo que temía por su vida, que sabía que algo iba a salir mal. Yo me reí y le dije que dejara tanto drama, que se levantara temprano a hacerle desayuno y café y que la mandara al parque con Samuelito para dejar la casa libre. Me dijo que era buena idea, pero me lo dijo sin el más mínimo convencimiento. Al otro día sucedió lo que todos, a grandes rasgos, ya sabemos.

Lucho se agachó para sacar una cerveza de la caja con hielo, la destapó y se tomó casi la mitad de un solo trago, dio dos pasos a un costado y se sentó en la banqueta que tenía más cerca. Todos lo seguíamos en silencio. Ninguno se atrevió a hablar porque todo indicaba que Lucho estaba a punto de decir algo. Cuando habían pasado por lo menos dos minutos empezamos a sentir la incomodidad del silencio y alguno se rascó una pierna o la espalda, o se puso en cuclillas y giró el tronco para mirar alrededor a ver si había gente mirándolos en el parque. Yo miraba a lucho y sentía también la incomodidad que subía como espuma. Cuando estuve a punto de decirle algo, lucho habló.

Yo no quise que las cosas sucedieran así, dijo —se llevó ambas manos a la cabeza y ya no se detuvo más—. Me desperté temprano, me duché en un par de minutos y salí hacia la sala. La vieja no estaba ahí, tampoco estaba en la cocina así que aproveché para poner la cafetera y untar dos tostadas con mantequilla. Volví a la sala y prendí el televisor, cuando estuve a punto de sentarme en el sofá la vieja apareció a mi espalda y me gritó que era un descarado, que si pensaba que me iba a plantar en medio de la sala toda la mañana a ver televisión y rascarme la barriga, estaba muy equivocado. Pensé que debía serenarme y responder con calma, pero ya me hervía la sangre. La miré y no pude decirle nada. Entonces me fui al cuarto para pedirle ayuda a Andrea pero estaba en el baño, fui al cuarto de Samuel y vi que seguía dormido. Maldije por dentro mil veces y regresé a la sala. Lo que vi me hizo perder todo lo que me hace humano, en ese instante me volví animal, en una fracción de segundo era un toro, un lobo, un ogro y un demonio, todo al mismo tiempo, creo que sentí el golpe de la presión sanguínea en mis sienes. La vieja estaba a cuatro patas en el rincón de la sala y tenía el cable de energía del televisor en la mano, desconectado. «¡Qué carajo hace, señora!», le grité; la vieja se puso de pie lentamente, apoyando una mano en una rodilla y luego el resto del cuerpo en el bastón, se giró para verme y me dijo que dejara el escándalo, que respetara el sueño de Samuelito y que buscara algo mejor que hacer pero que nadie se iba a quedar sentado como un vago viendo televisión todo el día. Yo no lo podía creer, no podía, no entendía nada, no sabía de qué iba a ser capaz, la inauguración del Mundial empezaba en cinco minutos y yo estaba ahí viendo cómo mi suegra de mierda se salía con la suya.

Apareció Andrea, que pasó de largo hacia la cocina con una toalla en la cabeza, y llamó a su mamá para que le ayudara a hacer el desayuno. La vieja ni me miró cuando se dio la vuelta, tiró el cable al piso y se fue caminando a la cocina como si nada hubiera pasado. Yo estaba al borde de la inconsciencia por la ira. Me lancé a coger el cable y conecté nuevamente el televisor. Un mosaico de personas, plumas y trajes coloridos, brillantes, luminosos, apareció en la pantalla en un plano cenital. Ahora sentía la mezcla de ira que me daba saber que me había perdido de la primera parte del evento y el alivio de saber que iba a poder terminar de verlo, que podría sentarme a ver el partido inaugural y que todo, a pesar de la odiosa presencia de mi suegra en la casa, estaría bien.

Samuel se despertó y se sentó a mi lado en el sofá, al rato le sirvieron el desayuno, a mí no me ofrecieron nada, tampoco me importaba, el partido estaba por empezar. Cuando llevaban cinco minutos de juego la humanidad entera y despreciable de la señora Nereida Rojas Cepeda se plantó entre el sofá y el televisor, dándome la espalda, con su brazo derecho en jarras y el otro firmemente apoyado en el bastón. Temiendo lo peor, me levanté de un salto y me paré frente al televisor, en ese momento me arrepentí de no haberlo instalado con el soporte pegado a la pared, pues sabía que si llegábamos a forcejear cabía la posibilidad de que empujáramos el televisor y se cayera del mueble, su tamaño y su angostura contribuirían a materializar lo que seguramente sería el sueño hecho realidad de mi suegra, verme llorando de rodillas junto a los pedazos de pantalla de un televisor que tardaría casi cuatro años en pagar. La suerte estaba echada porque no había terminado de pensar en ese desenlace cuando la mole del cuerpo de Nereida se abalanzó hacia mí, sus enormes senos me empujaron pero supe resistir y la contuve, se echó para atrás y me miró a los ojos, llena de odio. «Mira, cabeza’e verga blanda, te estoy diciendo que te quites», me dijo entre dientes pero con todo el derroche de entonaciones propias de la mujer cartagenera, blandiendo el bastón frente a mi cara. Pero mi rebeldía ya no daba tregua, así que le di la espalda y seguí viendo el partido, con la sorpresa de que se estaba dando en ese preciso momento un fenomenal contragolpe, la superioridad numérica era insalvable, el arquero ya corría hasta el borde del área, uno de los centrales del equipo que defendía se resbalaba y dejaba el camino libre para el pase del volante al goleador, que ya se contenía para mantenerse en línea con el último defensa, por un momento pareció que el volante se decidía a tirar un globo al arco aprovechando que el arquero ya había salido demasiado, pero al mismo tiempo el pase al número 9 de su equipo era demasiado fácil y lo dejaba con el arco de frente, con el arquero ya batido, esperando un simple pase al fondo de la red. Antes de que pudiera ver la resolución final, sentí que una mano áspera como una lija de cobre me tomaba del brazo y me propinaba un jalonazo descomunal.

En ese punto Lucho se detuvo, se puso de pie y caminó unos cuantos pasos alejándose de nosotros.

Les juro que pensé en matarla, siguió. Les juro que eso fue lo que pensé. Hubiera querido decirle «suélteme el brazo, señora», pero la muy bruja se aferraba a mí como a un muerto y fue entonces cuando oí el grito de gol en el televisor y ya no aguanté más. Me lancé sobre la vieja con todo el peso y la fuerza de mi cuerpo, caímos sobre la mesa de centro, que se estalló bajo el peso de ambos. Lo siguiente que recuerdo es su boca abierta, inmóvil, el hilillo de sangre detrás de su cabeza, y el rostro de asombro y terror de Samuelito sentado en el sofá. Estaba muerta la desgraciada. Eso pensé. Pero la verdad es que no fue nada grave, un corte y una contusión en la cabeza, una costilla rota y dos fisuradas, cuidado y reposo absoluto por un mes. Un mes, muchachos. ¿Saben cuándo dicen los médicos que se puede regresar para Cartagena? ¿Saben cuándo? El día después de la final del Mundial.

Esto último nos lo dijo dándonos la espalda, con las manos aún en los bolsillos de la sudadera del United. El resto de nosotros nos miramos sin saber qué decir. Carlos y Toño empezaron a recoger sus cosas. Memo terminó la cerveza que tenía en la mano. Yo recogí mis cosas del piso, me despedí con la mano y caminé hacia mi casa.

 

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