Su juguete favorito – @Eva_Zeta

Eva Zamora @Eva_Zeta, krakens y sirenas, Perspectivas

Mamá siempre decía que su juguete favorito era aquella muñeca que Ella colocaba estratégicamente para que no sospechara nada.

Su juguete favorito no existía siempre, sólo de día.

Mamá tomaba el café con amigas en el salón y Ella oía comentar que se pasaba las tardes jugando con sus juguetes, que sentía que todos habían sido un acierto, porque cuando no era esta muñeca, era aquella y que casi siempre era la misma la que estaba fuera de lugar.

La misma, la más llamativa, esa que no podía representar a una figura humana por desproporcionada y que tenía los ojos demasiado grandes, la nariz demasiado pequeña y la boca demasiado roja. Esa que nos acompañaba siempre en los viajes, como muestra de que la estrategia estaba funcionando.

Mamá no conocía el verdadero juguete favorito de Ella. Entre otras cosas, porque cuando Mamá entraba, ya no lo podía ver con la misma nitidez ni se atrevía a mirarlo por si pensaba que no era una niña normal. Aunque Ella ya sabía que no lo era. Entonces, lo que mamá veía era la habitación desordenada a propósito y a esa horrible muñeca tendida sobre la cama.

Ella había aprendido desde muy pequeña a no molestar en ese momento entre después de la comida y antes de la merienda. Había jugado a todo hasta que, una de esas tardes en las que Mamá intentaba inculcarle el noble hábito de la siesta, conoció la magia.

Se incorporó en la cama y observó con atención y cautela. Pasaron unos minutos hasta que decidió introducir su mano cuidadosamente en aquel haz de luz. El polvo suspendido en el aire bailaba sin orden ni concierto. Ella lo intentaba cazar, desordenando aún más el movimiento browniano, de aquí para allá, de allá para acá, bruscamente, frenando en seco y cambiando de dirección. Desdibujaba las líneas entre sus dedos, sentía que tocaba algo inexistente, algo mágico que se creaba cada tarde para ella.

Y así es como Ella pasaba las tardes, persiguiendo partículas coloidales, soñando con poder guardarlas en una cajita para poder jugar con ellas en las noches en las que era difícil dormir. Rastreándolas con los dedos, a veces despacio y a veces con energía, una y otra vez alborotando aquel desordenado espectáculo que era, en secreto, su juguete favorito.

 

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