Sonríe, extraño – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

[Tercera parte de «Ella es música» y «Flores para Martina»]

Observar no es un oficio. Ni siquiera una afición, pero es, quizás, la cosa más vocacional que existe porque es realmente difícil ver lo que sucede a tu alrededor y no interferir. Un poco como en esos documentales del National Geographic, donde unos cachorritos de león o de tigre, con aspecto de peluches adorables, se las ven y se las desean para sobrevivir en un mundo que constantemente intenta acabar con ellos, mientras unos señores con cámaras los siguen sin tener la más mínima intención de ponérselo un poco más fácil.
Con esto creo que quiero decir que, a veces, se me hace difícil observar ciertas situaciones; otras, insoportable y, en contadísimas ocasiones, imposible. No siempre es fácil dejar aparcada la empatía mientras tus ojos y tu mente emprenden viaje a solas.
¿Que por qué os cuento esto? No estoy segura. Quizás para que me entendáis un poco a mí o, por lo menos, qué me llevó a cometer el error que un día cometí.
El sol brillaba como llevaba semanas sin hacerlo, calentando las heladas baldosas de la Plaza Mayor. Los rayos se reflectaban en cada charco creando una suerte de pequeños arcoíris donde esconder ollitas llenas de monedas de oro con duende incluido. Paseaba entre los pequeños puestos navideños atestados de figuritas, bolas, guirnaldas y luces que coloreaban la ilusión en las decenas de ojos infantiles arremolinados a su alrededor. Sonrisas de colores dando vida a un mundo en blanco y negro donde la Navidad es solo un motivo para entristecerse y gastar dinero.
Algo en uno de los puestos llamó mi atención y tuve que acercarme a verlo mejor. Era una bola de cristal del tamaño de mi palma, con una base de madera lacada en negro y, dentro de ella, no había un muñeco de nieve, ni un bucólico paisaje invernal, no. Dentro se alzaban tres árboles completamente desprovistos de hojas. Tres tétricos árboles negros con un negrísimo y diminuto cuervo posado en uno de ellos. Sus ramas desnudas estaban cubiertas de motas blancas (tenía que haber nieve, al fin y al cabo, era Navidad) y toda ella parecía decirme “tócame, estoy aquí por ti”. Y la cogí, me quité los guantes, la levanté del atestado mostrador y la giré para poder ver cómo nevaba en la navideña colina de la muerte. No podía dejar de contemplar arrobada los pequeños copos cayendo sobre el minúsculo cuervo al que bauticé como “Jack”. Le imaginaba atusándose las alas y emprendiendo el vuelo en busca de refugio en mitad de la nevada, cuando empecé a sentir un hormigueo recorriendo mi espalda. “¿Alguien me está observando?” pensé extrañada. Nunca espero que nadie me observe, mi táctica es casi infalible y mi caja de la lavadora me hace prácticamente invisible. Miré hacia delante, poco convencida, por si era el dueño del puesto que venía hacia mí a punto de echarme una reprimenda por tocar la bola, pero estaba muy ocupado con un grupo de niños al que se le debían haber extraviado sus padres y que no dejaban de jugar con todas las figuritas de los portales de Belén.
“A la derecha”, me susurró impaciente mi intuición.
Y ahí, a mi derecha, le vi. Debía medir alrededor de un metro ochenta, llevaba una cazadora de cuero negro, vaqueros del mismo color y una braga gris al cuello. Estaba apoyado en una farola, con la mano derecha metida en el bolsillo y en la izquierda sujetaba un café para llevar. Tenía el pelo castaño oscuro despeinado por el viento, lo que le daba un aire algo bohemio que se completaba con unos ojos de color intenso, verdes o azules, no podía distinguirlo bien desde donde estaba.
Nos miramos a los ojos durante una eternidad concentrada en un único y larguísimo segundo. Entonces, se puso tenso. Se había dado cuenta de que podía verle. Estaba tan sorprendido como lo había estado yo un momento antes. “¡Somos iguales!”. No podía creerlo, pero sí. Si me esforzaba un poco, podía ver hasta los bordes de su caja de la lavadora, tan parecida a la mía.
“¿Qué hago?” pensé repentinamente sobreexcitada. “Dejar de mirarle así, por ejemplo. Él puede verte y le estás incomodando”, osó sugerir la parte más sensata de mi cerebro, esa que solo utilizo para las ocasiones especiales. Y era verdad. Se había puesto muy serio y la farola había dejado de disfrutar del contacto con su cuerpo. Yo me di la vuelta, ahora sí que me estaba mirando el dueño del puesto y no precisamente con una sonrisa en la cara, así que le di la bola para que me la envolviera, la pagué y, muy lentamente, procurando no mirar directamente hacia él, pero observándole con el rabillo del ojo, me dirigí hacia una terraza sorprendentemente vacía, a unos quince pasos de donde se encontraba y, con movimientos suaves como los que harías cuando tratas de no asustar a un ciervo en mitad del bosque, me senté mostrándole claramente mi perfil, saqué un libro y me puse a leer tratando de no mirarle. Bueno, debo confesar que lo hice, pero solo lo justo para constatar que seguía allí y fui muy discreta. Por suerte, no desapareció de vuelta al Averno como Eurídice al darse la vuelta Orfeo.
Podía sentir su indecisión en mi mejilla, aquella que exponía a su escrutinio, en algunos momentos, como una tímida caricia y en otros, como el arañazo de un ratoncillo nervioso. Súbitamente, dejé de sentirle. Iba a volverme para constatar que se había ido cuando le vi sentarse dos mesas más allá, en una silla estratégicamente colocada para poder verme, aunque alguien se sentara en las que nos separaban.
Esa fue la primera vez que le vi. Así conocí a Extraño, mi otro yo, unas semanas antes de Nochebuena, en la Plaza Mayor.
Extraño y yo nunca cruzamos una palabra, en la definición estrictamente verbal de la palabra “palabra” ni nos acercamos físicamente el uno al otro (los observadores tenemos nuestras leyes no escritas inquebrantables, aunque con algunas lagunas legales), aun así, nos hicimos lo que podría llamarse amigos.
La mayoría de las veces, coincidíamos en la Plaza donde nos habíamos conocido. Nos sentábamos en una terraza con una mesa como barrera y fingíamos leer despreocupados el uno del otro. Entonces, (no recuerdo de quién surgió la idea porque nuestras mentes eran una) uno de los dos sacaba la libreta, escribía (por ejemplo), “Trs mss drch. (“Tres mesas a la derecha” en clave, obviamente). No necesita un café, sino cianuro” y la ponía en vertical como quien no quiere la cosa, para que el otro lo leyera mientras seguía con la nariz metida en un libro del tipo “El Ulises de Joyce”, “Rayuela” o algún otro tostón infumable parecido, al que no prestaba ninguna atención, y soltara una carcajada invisible para todo el mundo excepto para la otra mitad de aquellas reuniones de 1+1= ∞ improvisadas. Poco a poco, los mensajes empezaron a ser más personales, algo así como: “Hoy ya no pareces resfriado”. “Tienes cara de cansada”. “¿Has probado el café nuevo de arándanos que ponen en Starbucks?”. “Hoy estás preciosa, tienes algo especial en la mirada”. “Gracias. Te sienta bien esa gorra (carita ruborizada)”.
Y era verdad. Podía ver un brillo en los ojos, que tenía algo de irracional y estúpido, al mirarme por las mañanas al espejo. Sabía que no podía ser amor porque, al fin y al cabo, Extraño era eso, un extraño, pero se le parecía más de lo que a veces el amor se parece realmente al amor.
Todo iba bien en la no relación entre Extraño y yo. Cada día nos conocíamos más desconociéndonos, hasta desarrollar una especie de instinto de protección animal hacia él.
Error. No puedes ser un observador imparcial de lo que ansías proteger.
Un día algo gris de los que no suelen presagiar nada bueno, llegué a la Plaza Mayor y Extraño ya estaba sentado en su mesa. Había llegado temprano y estaba especialmente guapo leyendo, con su pelo despeinado, la mirada algo perdida y una expresión meditabunda en el rostro, así que aproveché para contemplarle un poco en la distancia. De repente, un movimiento llamó mi atención a escasos tres metros de él. Era pronto por la mañana y la plaza estaba casi vacía, así que no me costó nada ver al tipo con malas pintas que se acercaba lentamente a Extraño por la espalda con la mirada fija en la cartera apoyada en la pata de la silla, junto a su pierna. Ni me lo pensé. Corrí hacia él y le intercepté justo cuando agarraba la cartera e intentaba salir corriendo con ella bajo el brazo. Casi tiramos a Extraño de la silla en el forcejeo, el hombre, soltó su presa al valorar que, al ser descubierto, el riesgo era mayor que la ganancia y salió corriendo. Me quedé durante un instante mirando sin resuello al presunto ladrón mientras corría, después bajé la vista a la cartera de cuero, de donde colgaba un llavero que ponía “Raúl” y luego, (seré idiota), me di la vuelta, me agaché junto a él, que me miraba espantado en la silla, y le dije: “¿Estás bien, Raúl?”. En respuesta, él bajó su preciosa mirada verde y repentinamente triste hacia la cartera que le ofrecía. La cogió, se besó dos dedos, los acercó a mi mejilla sin tocarla y se marchó sin mediar palabra. La poca gente que había en la plaza nos miraba con la boca abierta. “¿De dónde han salido esos dos?”.
Había quebrantado, por amor o lo que fuera, prácticamente todas las leyes inquebrantables de un observador. No interferir, no violar la intimidad ni el espacio vital y no desvelar jamás con mis actos a la gente corriente el escondite de otro observador.
No volví a ver a Extraño (siempre será Extraño para mí porque, al fin y al cabo, un llavero no tiene por qué decir la verdad, ¿no?), a pesar de buscarle durante días por todas partes.
Hasta hoy.
Hoy Extraño está sentado a tres mesas de mí, pero podría estar a cientos de kilómetros. Sé que me ha visto y él sabe que yo lo sé igual que yo sé que él sabe que yo lo sé, pero hace como si el saber sí ocupara lugar y no tuviera ganas de llevarlo encima. Observa su alrededor con mirada seria, como si hubiera olvidado sonreír o nunca hubiera sabido, mientras desconoce todo lo que algún día conocimos el uno del otro. Y yo le miro. Le miro con una lágrima que se suicida triste por mi mejilla y que lleva en su sal un mensaje para él de mi corazón.
“Sonríe. Sonríe siempre mi querido Extraño. Sonríe[me], por favor”.

 

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